María vivía feliz con sus padres y su hermano pequeño, con el que jugaba constantemente. Para ella era un muñeco de carne y hueso.

Carlos era un bebe de sólo doce meses que andaba todavía muy inseguro y al que María le daba la mano para ayudarle.

Por las tardes, después del colegio, solían ira al parque con las bicicletas y corre pasillos a jugar con otros niños, acompañados por su papa o su mamá.

Carlos se caía constantemente y siempre tenía algún que otro moratón.

Una tarde cayó de cara contra el suelo de piedra y comenzó a sangrar por la nariz y la boca, por lo que María y su madre se asustaron mucho y decidieron llevarlo a urgencias.

En la consulta del médico, este vio algún moratón que tenía Carlos y su madre le explicó que se caía constantemente porque aún no sabía andar con seguridad.

El médico emitió su informe y éste llegó a las Administraciones correspondientes y todo el engranaje burocrático se puso en marcha.

María contó meses después que unos hombres habían llegado a su casa y se habían llevado a su hermano, dejando a su mama y su papa llorando desconsoladamente y a ella sin entender por qué unos desconocidos se lo llevaban y su papa y su mama no podían impedirlo.

A Carlos se lo llevaron a un Centro de menores en acogida y durante días vivieron un infierno de desconsuelo y gestiones burocráticas para que pudiera volver a casa.

María dejó de hablar durante todo ese tiempo, temiendo también que algún día vinieran a por ella y se la llevaran, aunque no le importaba si la llevaban con su hermano.

Carlos fue devuelto a su familia al comprobarse que estaba bien protegido.

Todo el sistema había fallado en su afán de protegerlo.

María, en su mente infantil descubrió que el ser humano, el adulto, no solo hace daño intencionadamente. Descubrió que los adultos nos equivocamos y nuestros errores, a veces evitables, pueden herir en lo más profundo.

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