—San Tirudum, Santa Bárbara bendita…, San Santiago Apóstol— gritaban las mujeres y los chicos ante cada trueno que se sucedía sin descanso.
Los changos hacían cruces con orina y sal en el patio; las chicas, cruces de ceniza. Las mujeres encendían sus velitas bendecidas y sacaban las palmeras a la puerta, pues hubo un tiempo en que no dejaba de llover: llovía de noche o llovía de día, pero el cielo no dejaba de arrojar rayos ni centellas.
Los ríos bramaban sin cesar y las lagunas y lagunitas se colmaban. Todos vivían sin preocupaciones, felices.
Hubo un tiempo en que el hombre despertaba la mañana con su erquencho y la mujer con una copla al compás de una caja, templada por una sirena en la punta de los cerros.
Todo era tan hermoso que los burros retozaban cerca de las casas; el suri cuidaba a sus polluelos, que corrían por un suelo verde y húmedo; las cabras, ágiles y veloces, trepaban los peñascos en busca de pastos más tiernos. Las ovejas balaban por balar en los cenegales; el puco descansaba; el quigo cubría celosamente con sus alitas sus verdísimos huevos; el tero chillaba ante la presencia más insignificante de un ser vivo; la guayata subía a su nido y bajaba con sus polluelos hasta el charco más cercano.
No había necesidad de emigrar.
Don Cóndor, suspendido en un cielo fusco, a veces azulino, no dejaba de admirar la belleza del lugar.
Cardones, pazacanas, achacanas, salvias, muñas: todas, todas las plantas brotaban aquí y allá, coloreando y aromatizando el paisaje.
Pero un día dejó de llover y todo cambió. Una aridez espantosa arrasó con cuanto existía. Día y noche el viento silbaba en los cerros, en los aleros de las casas; en las lagunas levantaba polvaredas que causaban espanto. Muchos se fueron.
El tiempo pasaba y la lluvia seguía ausente.
El puco fue quien se animó a pedir agua al Señor de las Alturas:
—Gota, gota, gota…
Se lo escuchaba mañana y tarde, y nada.
Don suri, en vano, danzaba pidiendo agua.
—Todo está tojra— se lamentaron hombres y mujeres, y abandonaron sus tierras. Algunos animales también se fueron y ya no regresaron.
Los que quedaron pedían lluvia, humedad, rocío; algo, cualquier cosa.
Los sapos tenían la garganta tan seca que solo miraban cómo las plantas se negaban a asomar, y las que lo hacían rehusaban florecer para no ser aniquiladas por los rayos vigorosos del sol.
Durante mucho tiempo no se vio una puya-puya ni una flor de pazacana. Los guerajchos se internaron más de lo habitual en busca de agua.
Ante tanta desolación, los cardones no solo inclinaron su cabeza nevada, sino también sus brazos, y se resignaron a morir.
Entonces don quigo abandonó su nido y, junto al esqueleto de una canglia, se puso a cantar. Cantó tan fuerte que su canto se escuchó en toda la región. Al oírlo, cantó don puco, danzó don suri, gritó don tero, grasnó don cóndor, silbó doña perdiz y doña guayata. Doña tiutila corría de un lado a otro sin saber cómo ayudar.
—¡Ya sé!— dijo, y voló hasta donde estaba don quigo.
Los que pudieron volar, volaron; los que no, corrieron. Todos se unieron.
Cantaron y bailaron durante horas, levantaron tantas nubes de polvo que las nubes de otras regiones llegaron apresuradas a ver quiénes eran esas intrusas. Solo encontraron a los animales desparramados sobre el suelo árido.
Se entristecieron tanto que enlutaron el cielo de la comarca, y los duendes comenzaron a llorar.
Las lágrimas abundantes despertaron a los animales, que regresaron tambaleantes a sus lugares, ebrios de tanto girar alrededor de la canglia.
Al verlos así, los duendes les arrojaron granizo de todos los tamaños. Las nubes bramaban de furia y se las escuchaba a kilómetros.
Los duendes jugaron con los animales ese día, al siguiente y al siguiente.
Luego nacieron las plantas. También nacieron nubes de formas inimaginables.
Volvieron a cantar los ríos, a corretear los animales, y nacieron los polluelos: los puquitos de don puco, los teritos de don tero, las guayatitas de doña guayata.
Todo, casi todo, volvió a ser como antes. Pero los hombres y las mujeres no regresaron. De ellos solo quedó el canto, el erque ya no se escucha en la inmensidad del altiplano.
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