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El poder y la bomba nuclear
Harry S. Truman heredó la presidencia de Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial con un país exhausto y un mundo devastado. Pero bajo su mando, el poder demostró que la rapidez de la decisión podía ser tan letal como cualquier enemigo en el campo de batalla. En agosto de 1945, Truman autorizó el uso de armas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, ciudades habitadas por cientos de miles de civiles. La explosión no distinguió edad ni sexo; el fuego, la radiación y la destrucción instantánea mataron a cerca de 200 000 personas, muchas de ellas al instante, y muchas más en los años siguientes por quemaduras, enfermedad y efectos de la radiación. No fue un accidente: fue la decisión consciente de usar la máxima fuerza destructiva disponible. El devastador poder de estas armas muestra cómo toda innovación armamentística termina siendo instrumento de guerra, capaz de borrar ciudades y vidas en segundos. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki no fueron casos aislados: la historia del siglo XX ha demostrado que la tecnología militar, cuando se pone en manos de líderes ambiciosos o ególatras, puede convertirse en herramienta de chantaje, expolio, imposición y terror. Hoy, esa lección sigue vigente. Líderes contemporáneos, con acceso a arsenales nucleares, podrían verse tentados a considerar la fuerza como medio de poder personal o político. La decisión de usar la violencia extrema no desaparece con el tiempo; persiste en cada gobernante que olvida que el poder nuclear no es un símbolo de gloria, sino un arma de destrucción masiva de vida. Truman actuó bajo el cálculo de la estrategia y la urgencia militar, pero su legado recuerda que la historia no perdona a quienes deciden el destino de millones con un gesto o una firma. Hiroshima y Nagasaki no son solo ruinas de piedra y ceniza: son advertencias eternas sobre lo que ocurre cuando la ambición y el poder se combinan con un poderoso ego y la capacidad de aniquilación total.

La historia ya dejó constancia de sus actos y de sus consecuencias: dictadores, tiranos y líderes que ejercieron el poder sin límites destruyeron vidas, ciudades y naciones enteras. Batista sometió a su pueblo bajo miedo y corrupción; Stalin construyó su imperio sobre purgas, hambrunas y campos de trabajo; Hitler convirtió la muerte en política de Estado; Truman transformó la tecnología en exterminio, borrando ciudades con bombas nucleares. Todas estas acciones revelan un principio inevitable: el poder absoluto no perdona, y la violencia sistemática deja una marca indeleble. Más aún, la historia muestra que toda innovación armamentística, por más técnica o científica que parezca, termina sirviendo a la guerra y al control, y que líderes contemporáneos podrían sentirse tentados a imitar métodos del pasado para imponer su voluntad por la fuerza. Por eso, leer estas páginas no es solo recordar lo que fue, sino advertir sobre lo que podría volver a ser. No se trata de ideologías ni de banderas, sino de hechos: cuando el poder se ejerce sin límites, cuando la ambición y el ego se combinan con la fuerza capaz de aniquilar, la humanidad entera se convierte en víctima.
Quien invoque hoy el terror, la exclusión o la aniquilación como herramienta de autoridad no ignora el pasado: lo desprecia. Por sus actos, los conoceréis.
Por sus actos los conoceréis: el poder sin límites destruye vidas, y la violencia sistemática deja huellas que ningún tiempo puede borrar. Por sus actos los conoceréis: el poder que ignora límites destruye pueblos. Por sus actos los conoceréis: cuando el ego gobierna con la fuerza, la violencia deja marcas eternas. Por sus actos los conoceréis: Dictadores, tiranos y líderes que usaron el poder para matar enseñan lo mismo: la ambición sin límites siempre devasta a los pueblos.
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