EL SURGIMIENTO DEL CONSEJO DE LOS CUATRO

EL SURGIMIENTO DEL CONSEJO DE LOS CUATRO

fran

19/01/2026

En los confines oscuros de la galaxia más lejana, donde el polvo estelar forma remolinos como brasas encendidas en un fuego eterno, cuatro imperios se extendían como cicatrices sobre la carne del cosmos. Cada uno gobernado por un pretexto de dios, un alienígena, portador de siglos de dominio y engaño. Pero los tiempos habían cambiado. Los Narsagad, con su sabiduría y sus flotas incorruptibles, habían comenzado a doblegar las sombras. Y los Nurios, hombres de pie obsidiana, cansados del látigo de sus amos, murmuraban en secreto palabras prohibidas: libertad, rebelión, destino. El equilibrio de poder, mantenido durante milenios por la fuerza y el miedo, se empezaba a fracturar como el cristal bajo presión. Fue entonces, entre guerras imposibles y planetas arrasados, cuando los cuatro más poderosos de su raza decidieron reunirse. Ninguno confiaba en el otro, pero el miedo es un arquitecto eficaz. Los mensajes fueron enviados en frecuencias ocultas, codificadas en símbolos antiguos y palabras determinantes que solo las mentes más astutas podían descifrar. Las órdenes decían lo mismo: “Aquel que no asista, no será recordado”.

Ra-O, el Señor de la luz, fue el primero en aceptar. Desde su trono de oro en Nabydah, comprendió que el universo se le escapaba entre los dedos. Cronotus, señor del tiempo y la guerra, fingió indiferencia, pero reunió a sus flotas con la precisión de un general que sospecha una trampa. Apophirus, la Serpiente nocturna, se río al recibir la invitación. Su risa resonó como un trueno, pues ninguno disfrutaba tanto del caos como él.
Y Nirrith, la tejedora de genes, acudió en silencio, oculta tras máscaras de luz. Su ambición era distinta: ella no deseaba gobernar, sino rehacer la vida misma. El punto de encuentro fue el planeta Kaleth, una luna muerta en el corazón del espacio neutral. Allí, bajo un cielo perpetuamente gris, se alzaba un templo que databa de los primeros tiempos, construido cuando se creían dioses auténticos.

Los cuatro llegaron en naves de guerra, rodeados de ejércitos Nurios que observaban en silencio. El aire de Kaleth olía a metal y traición. Dentro del templo, las estatuas de los antiguos dioses —esculpidas en piedra— parecían observarlos con desprecio.

Ra-O fue el primero en hablar; su voz era como un trueno en cámara cerrada.
—“El universo ya no nos teme. Los Narsagad avanzan sobre nuestras colonias, los Chauri desafían nuestras leyes y nuestros Nurios dudan de su fe. Si no actuamos juntos, desapareceremos como las estrellas viejas”.

Apophirus sonrió, ladeando la cabeza.
—“¿Juntos? ¿Desde cuándo un dios comparte su trono? No, Ra-O. Lo que propones no es alianza…

Cronotus interrumpió, golpeando el suelo con su bastón.
—“No somos dioses, aunque nuestros súbditos lo crean. Somos herederos de un poder que se desmorona. Si los Narsagad destruyen uno, destruirán a todos”.

Nirrith observaba en silencio; sus ojos centelleaban con cálculo frío.
—“Y si no hacemos nada, los Narsagad no necesitarán destruirnos. Nuestros propios esclavos lo harán en su lugar”.

Ra-O se inclinó hacia adelante.
—“Por eso propongo el Consejo de los Cuatro. Una unión temporal. Cada uno mantendrá su dominio, pero coordinaremos nuestras fuerzas. Ninguna flota se moverá sin consenso. Ningún secreto será guardado al resto”.

Apophirus rió nuevamente, pero su risa ya no era burlona.
—“¿Un pacto entre serpientes?. ¿Qué garantiza que uno de nosotros no devore a los demás cuando llegue el momento?”.

Ra-O levantó su mano. En el centro brillaba un cristal dorado.
—“La garantía es simple. Un juramento bajo los antiguos símbolos de Ra-Horakhty. Si alguno rompe el pacto, su flota será destruida”.

Cronotus asintió lentamente.
—“Juro mantener este Consejo mientras sirva a mi poder”.

Nirrith susurró:
—“Y yo, mientras me acerque a la perfección”.

Apophirus sonrió, alzando su copa.
—“Entonces que el universo tiemble. El Consejo de los Cuatro ha nacido”.

Durante los primeros ciclos, el Consejo funcionó. Las flotas combinadas de estos alienígenas aplastaron rebeliones, sellaron portales estelares y aniquilaron sistemas enteros que habían osado resistir. El nombre del Consejo se convirtió en un lema que, al pronunciado, infligía temor incluso entre los enemigos más lejanos.

Ra-O, como líder nominal, controlaba las rutas comerciales y la red de portales más extensa. Cronotus coordinaba la defensa; sus ejércitos eran los más disciplinados.
Nirrith proveía tecnología, utilizando su ciencia prohibida para crear soldados más poderosos y longevos. Apophirus, mientras tanto, se encargaba de lo que ninguno quería nombrar, pero todos querían: el espionaje, el sabotaje, el terror psicológico.

Pero, el que mucho abarca, poco aprieta y, con cada victoria, el Consejo se volvía más frágil. Que se expandían hacia las fronteras más lejanas, las alianzas internas se tensaban, y los egos —tan vastos como los sistemas que gobernaban— comenzaron a resquebrajar la unión; cuando alguno haya escuchado “divide y conquistarás”, se habrán preguntado, ¿fue a esto a lo que se refería?.

Fue Nirrith, la más inteligente, la más astuta, quien primero quebró el silencio del pacto.
Sus experimentos genéticos habían creado una nueva raza de anfitriones, híbridos de humanos y alienígenas. Criaturas hermosas y letales, como víboras, destinadas a servir sin cuestionar. Ra-O lo descubrió demasiado tarde. Cuando los informes llegaron, sus templos en Nabydah ya habían sido infiltrados por esos engendros del mal.

—“¿Crees poder jugar a la diosa?” —rugió Ra-O cuando la encaró en Kaleth.
—“No juego” —respondió ella con calma—. “Creo que la evolución no necesita dioses, sino ingenieros”.

Cronotus exigió su ejecución, pero Apophirus intervino con una sonrisa venenosa.
—“Matarla sería un desperdicio. Propongo algo más entretenido: usemos sus criaturas contra los Narsagad. Si sobreviven, servirán. Si mueren, el problema se resuelve.

Ra-O aceptó, pero en su interior, el fuego de la desconfianza había sido encendido.
Desde ese día, el Consejo había comenzado a fracturarse. Los Narsagad no tardaron en detectar el renacer del poder de estos alienígenas. Desde los mundos del norte galáctico, lanzaron ofensivas quirúrgicas, destruyendo colonias enteras antes de que pudieran responder. Los alienígenas, pese a su alianza, eran torpes en la cooperación. Cada victoria se convertía en motivo de disputa, cada derrota en motivo de recriminación y acusación. Ra-O exigía obediencia. Cronotus respondía con orgullo. Nirrith jugaba con el silencio.
Y Apophirus… sembraba rumores.

Decía que Cronotus planeaba traicionar al Consejo. Que Nirrith había vendido información a los Narsagad. Que Ra-O deseaba absorber el dominio de todos. El Consejo, nacido del miedo, se alimentaba ahora de su propio veneno.

En un ciclo estelar marcado por eclipses consecutivos, estalló la Guerra de los Mil Soles.
Las flotas combinadas del Consejo combatieron a los Narsagad durante décadas, pero cada batalla costaba más que la anterior. Las pérdidas eran irreparables. Los mundos conquistados quedaban vacíos, sus poblaciones reducidas a polvo. En el centro del caos, Ra-O mantenía la esperanza de restaurar el equilibrio. Sin embargo, su voz ya no imponía el mismo respeto.

El Consejo volvió a reunirse en Kaleth, el mismo lugar donde había nacido la alianza.
El templo estaba casi en ruinas; las estatuas antiguas se habían agrietado, y los ecos de sus propias voces parecían burlarse de ellos.

Ra-O habló primero.
—“Hemos sacrificado millones por mantener este poder. Si seguimos así, no quedará galaxia con que gobernar”.

Cronotus golpeó la mesa de piedra.
—“Entonces sugiere rendición, ¿acaso?”.

—“Sugiero estrategia” —replicó Ra-O —. “Los Narsagad no buscan exterminarnos, sino limitar nuestro alcance. Si les damos lo que desean, sobreviviremos”.

Apophirus se levantó, riendo suavemente.
—“El señor de la luz, suplicando clemencia. Qué irónico”.

Nirrith intervino.
—“Tal vez no esté equivocado. Si fingimos debilidad, los Narsagad podrían retirarse. Entonces podremos reconstruir nuestras fuerzas”.

Pero Ra-O los miró con cansancio.
—“No quiero fingir. Quiero paz”.

Silencio.
Ninguno había pronunciado esa palabra en milenios.

Apophirus se acercó lentamente, su mirada como un abismo.
—“La paz… es la ilusión de los débiles. Lo olvidaste. Nosotros no somos hombres. Somos dioses”.

Ra-O lo observó largamente.
—“Dioses… que sangran”.

El eco de sus palabras quedó flotando entre ellos como una sentencia.

Los Narsagad atacaron de nuevo, esta vez con precisión quirúrgica.
Destruyeron los templos orbitales de Ra-O, aniquilaron las estaciones de Cronotus y sabotearon las instalaciones de Nirrith. La red de portales comenzó a colapsar, y con ella, su estructura de poder.

Apophirus aprovechó el caos. Liberó una serie de virus diseñados para eliminar la influencia de los demás. Mientras las flotas ardían, proclamó su supremacía.
—“El Consejo había terminado. Solo puede haber un dios”.

Pero incluso Apophirus subestimó la magnitud del derrumbe. Los ejércitos Nurios, exhaustos y desilusionados, se rebelaron. Las ciudades templo cayeron una a una, y los mundos que antes les cantaban himnos se llenaron de silencio. Cronotus murió defendiendo su mundo natal, con su nave convertida en un sol moribundo. Nirrith desapareció, llevándose consigo sus laboratorios y sus híbridos. Ra-O fue herido mortalmente en una emboscada cerca de Nabydah. Apophirus sobrevivió, pero su imperio se desintegró, reducido a fragmentos y sectas en conflicto.

El Consejo, nacido del miedo, se extinguió en el mismo fuego que lo había engendrado.

Miles de años después, en un planeta olvidado, un grupo de arqueólogos humanos halló ruinas antiguas. Entre ellas, un mural de piedra que representaba a cuatro figuras rodeadas de estrellas. Uno sostenía un sol en la mano. Otro, una espada. El tercero, un frasco con algo vivo. El cuarto, una serpiente enroscada. En la parte inferior, una inscripción en un lenguaje desconocido. Tras años de estudio, fue traducida por una lingüista llamada Alenya Sorel. La frase decía:

“Los dioses se unieron por miedo, y el miedo los devoró. Solo aquellos que compartan sin ambición sobrevivirán al vacío.”

Nadie supo quién la escribió. Algunos creyeron que fue obra de sus esclavos que sobrevivieron al colapso. Otros, que fue una advertencia de los mismos alienígenas antes de desaparecer. Sea como fuere, el mensaje se convirtió en una importante reflexión.

En las academias galácticas, los estudiantes recitaban una lección nacida de aquel mito:
“El poder absoluto no une. Solo la compasión sobrevive al tiempo.”

Mientras tanto, en los abismos silenciosos del espacio, entre restos de naves y templos olvidados, los ecos de los cuatro seguían vagando, como fantasmas de un pasado que se negaba a morir. A veces, en las noches sin luna, los exploradores juraban escuchar una voz que susurraba desde el vacío:

“Aquí terminó la era de los dioses.
Aquí nació la era del recuerdo”.

Mientras, a años-luz de distancia, una estrella vieja parpadeó. De su órbita surgió un fragmento de nave, cubierto de polvo cósmico, y dentro de ella, una cápsula sellada. Cuando fue rescatada por una misión de exploradores, encontraron un cristal dorado, aún intacto. En su interior, una grabación.

Una voz, serena y grave, habló:

“Soy Ra-O, señor de la luz, último de los Cuatro. Si escuchas esto, recuerda nuestras fallas.
El poder no nos hizo dioses, nos hizo prisioneros. La guerra no nos dio gloria, solo ruina.
Si alguna vez vuelves a mirar las estrellas y crees que te pertenecen, recuerda a los que las perdieron por su orgullo.”

El mensaje terminó. El silencio volvió. Y la nave que lo transportaba siguió su curso, perdiéndose entre las estrellas, llevando consigo el último vestigio de un imperio que había querido ser eterno. Los historiadores del futuro escribirían que fue el mayor intento de unión entre los alienígenas, y también su más trágico error. Que cuatro dioses fingieron ser hermanos en una familia disfuncional, y en esa farsa perdieron su eternidad. Pero algunos sabios, más poetas que académicos, sostendrían que el Consejo no fracasó del todo. Porque en algún rincón del cosmos, la lección sobrevivió:

La grandeza sin compasión es ceniza.
Y hasta los dioses, al final, necesitan aprender a temer su propia sombra.

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