Arco I – La inocencia rota
El orfanato estaba vivo con risas y voces infantiles. El patio, aunque polvoriento y con paredes desgastadas, era un mundo entero para los niños: allí una pelota vieja se convertía en tesoro, una cuerda en puente hacia lo imposible, y una piedra tallada en amuleto de aventuras.
El protagonista, aún niño, observaba desde la ventana del dormitorio. Tenía esa mirada que mezcla alegría con melancolía, como si supiera que la felicidad nunca dura demasiado.
Las cuidadoras trataban de mantener el orden, pero los juegos siempre terminaban en carreras, gritos y pequeñas disputas que se resolvían con abrazos. Había un aire de inocencia que parecía eterno, como si nada pudiera romperlo.
Pero entonces, el aire cambió.
Primero fue el silencio: los pájaros dejaron de cantar, el viento se detuvo, y hasta los insectos parecieron esconderse. Luego, el cielo. El azul brillante se tornó gris, y en cuestión de segundos, una oscuridad espesa cubrió todo. Los niños se detuvieron, confundidos. Algunos rieron nerviosos, creyendo que era un juego, otros corrieron a buscar a los adultos.
El protagonista sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era un simple cambio de clima. Algo más estaba ocurriendo.
Y entonces aparecieron.
Luces extrañas comenzaron a flotar en el firmamento. No eran estrellas, ni relámpagos, ni nada que pudiera explicarse con palabras humanas. Eran presencias, brillantes y frías, que parecían observar desde arriba. Una voz resonó en todas las mentes, profunda y solemne, como si el universo mismo hablara:
«En treinta años volveremos. Este mundo será nuestro.»
Las cuidadoras intentaron tranquilizar a los niños, pero el mensaje ya estaba grabado en sus corazones. El patio, que minutos antes había sido un lugar de juegos, ahora estaba lleno de miedo y silencio.
El protagonista apretó con fuerza la cuerda que tenía en la mano, símbolo de sus juegos y su infancia. Miró al cielo oscuro y pensó en silencio:
«Treinta años… cuando llegue ese día, yo estaré listo.»
Ese fue el instante en que la inocencia murió, y nació el destino.
Arco II – La forja del héroe
Diez años pasaron desde aquel día en el orfanato. El recuerdo del cielo oscurecido y la voz que prometía regresar en treinta años seguía vivo en la mente del protagonista, como una herida que nunca cicatrizaba. Ahora, con dieciocho años, su destino lo alcanzaba.
Una mañana, vehículos militares llegaron al orfanato. No hubo explicaciones, solo órdenes. Sesenta jóvenes fueron seleccionados y llevados a un complejo oculto, lejos de cualquier ciudad. El lugar parecía más una prisión que un centro de entrenamiento: paredes metálicas, pasillos interminables, luces blancas que cegaban y un silencio que pesaba más que cualquier grito.
Los rumores corrían entre los chicos: algunos hablaban de convertirse en héroes, otros de ser armas vivientes. El protagonista, en cambio, guardaba silencio. En su interior sabía que nada de aquello era bueno.
Los experimentos
El proceso comenzó con agujas y cápsulas microscópicas: los nanoboxes. Se implantaban en la sangre, en los huesos, en cada rincón del cuerpo. Los médicos observaban como si fueran dioses crueles, anotando cada reacción.
Los cuerpos reaccionaban violentamente: convulsiones, gritos desgarradores, piel que se rompía desde dentro. Uno tras otro, los jóvenes caían muertos en las camillas. El olor metálico de la sangre mezclado con el sudor llenaba el aire.
De sesenta, solo siete sobrevivieron junto al protagonista. Los demás quedaron como sombras, nombres borrados por la ciencia.
El despertar
Los sobrevivientes despertaron en camas médicas, cubiertos de cicatrices y con un dolor que parecía quemarles desde dentro. Pero algo había cambiado: podían sentirlo en cada músculo, en cada respiración.
Uno de ellos levantó una cama con una sola mano. Otro corrió por el pasillo a una velocidad imposible. El protagonista apretó el puño y sintió que su fuerza era más grande que cualquier cosa que hubiera imaginado.
El exoesqueleto orgánico
La primera activación fue un espectáculo grotesco. Sus cuerpos se cubrieron de una estructura de músculo y hueso, un exoesqueleto vivo que se desplegaba como una segunda piel. No era metálico ni artificial: era carne endurecida, hueso flexible, tejido que se retorcía con cada movimiento.
Los científicos aplaudían como si hubieran creado monstruos perfectos. El protagonista se miró en un espejo y apenas se reconoció. Sus ojos seguían siendo los mismos, pero todo lo demás era distinto.
El pacto silencioso
Los siete se miraron entre sí. No necesitaban palabras: sabían que estaban unidos por el dolor y la supervivencia. Cada uno había visto morir a decenas de compañeros, y ahora cargaban con el peso de ser los únicos que quedaban.
El protagonista pensó: “No pedí este poder… pero si debo usarlo, será para proteger.”
Ese día, los siete dejaron de ser simples jóvenes. Se convirtieron en armas vivientes, en la primera línea contra los Lights of Death. Y aunque el mundo los veía como héroes, ellos sabían la verdad: eran sobrevivientes de un sacrificio que nunca debió ocurrir.
Arco III – La era de las misiones
Los siete sobrevivientes ya no eran simples jóvenes: se habían convertido en armas vivientes. El mundo los miraba con esperanza, como si fueran la última muralla contra la oscuridad que se avecinaba. Los gobiernos los desplegaron en misiones cada vez más arriesgadas, y pronto su nombre comenzó a resonar como leyenda.
Las primeras victorias
La primera misión fue contra una avanzada de los Lights of Death que había aparecido en un desierto remoto. Los siete descendieron del transporte militar, sus exoesqueletos orgánicos desplegándose como monstruos de músculo y hueso. El suelo tembló bajo sus pasos.
La batalla fue breve pero brutal: los seres fueron aniquilados, y por primera vez la humanidad sintió que podía resistir. Los sobrevivientes regresaron con cicatrices nuevas, pero también con una confianza que los unía más que nunca.
La rutina de la guerra
Las misiones se multiplicaron. Ciudades, selvas, montañas… cada rincón del planeta se convirtió en campo de batalla. Los siete enfrentaron criaturas imposibles, ejércitos enteros, y siempre regresaban victoriosos.
El protagonista llevaba la cuenta: misión tras misión, anotaba en silencio el número. No era orgullo, era memoria. Cada victoria era un recordatorio de que estaban desafiando lo inevitable.
La hermandad
En medio de la guerra, los siete se convirtieron en familia. Compartían risas en los pocos momentos de descanso, recordaban a los que habían muerto en los experimentos, y se prometían nunca rendirse.
Uno de ellos decía siempre antes de cada misión: “Si caemos, que sea de pie.” Esa frase se convirtió en su lema, grabado en cada corazón.
La cifra legendaria
Con el tiempo, alcanzaron las 290 misiones exitosas. Era un número que parecía imposible, un récord que los convirtió en mito viviente. La humanidad los celebraba como héroes, estatuas comenzaron a levantarse en su honor, y los niños soñaban con ser como ellos.
Pero el protagonista sabía que la gloria era frágil. Cada victoria los acercaba más al verdadero enemigo, y en su interior sentía que el día de la caída estaba cerca.
El cierre del arco
En la última celebración, mientras la gente los aclamaba, el protagonista miró al cielo oscuro y recordó la voz de los seres: “En treinta años volveremos.”
Pensó en silencio: “Hemos ganado 290 veces… pero la guerra aún no ha comenzado.”
Arco IV – La caída
La misión número 291 comenzó como cualquier otra. Los siete guerreros descendieron en un terreno devastado, listos para enfrentar a otra avanzada de los Lights of Death. El aire estaba cargado de tensión, pero ellos confiaban: habían sobrevivido a todo, habían vencido a ejércitos enteros.
Sin embargo, esa vez no era igual.
La fuerza élite
Del horizonte emergieron figuras distintas a las que habían enfrentado antes. No eran simples soldados: eran la fuerza élite de los Lights of Death, acompañados por su comandante. Sus cuerpos brillaban con una luz oscura, como si fueran estrellas vivientes envueltas en sombras.
Los siete se miraron entre sí. Sabían que esta batalla sería diferente.
El sacrificio de los compañeros
La lucha fue brutal. Uno tras otro, los compañeros del protagonista cayeron, pero ninguno se rindió. Cada golpe que recibían era respondido con otro, cada herida era ignorada.
Murieron como solo un guerrero puede morir: de pie, sin rendirse, sin tocar el suelo. Sus exoesqueletos orgánicos se quebraban, sus cuerpos se consumían, pero sus espíritus ardían hasta el último instante.
El último en pie
El protagonista quedó solo. Su brazo derecho había sido arrancado, su cuerpo estaba cubierto de heridas mortales, pero aún sostenía la mirada fija en el comandante.
El suelo estaba manchado de sangre y cenizas, y el silencio de sus compañeros caídos pesaba más que cualquier herida.
Con un grito que parecía romper el cielo, se lanzó contra el comandante. La batalla fue feroz: logró herirlo de gravedad, atravesando su armadura luminosa y dejando una marca que nunca sanaría.
La derrota inevitable
Pero no fue suficiente. El comandante, aunque herido, seguía en pie. El protagonista, exhausto y mutilado, cayó de rodillas.
Los seres lo rodearon, y el comandante se acercó lentamente. Su voz era seria, solemne, casi respetuosa:
«Tienes espíritu y gran valor. Te respeto por eso. Así que te daré una muerte rápida.»
El protagonista lo miró con odio y orgullo al mismo tiempo. Sabía que había perdido, pero también sabía que había dejado una cicatriz en el enemigo.
La captura
En lugar de morir, fue tomado prisionero. Su cuerpo destrozado fue arrastrado hacia las naves de los Lights of Death. La humanidad perdió a su último guerrero, y el mito de los siete se convirtió en tragedia.
El cielo se oscureció una vez más, y el mundo comprendió que la verdadera guerra apenas comenzaba.
Arco V – El renacimiento oscuro
Diez años habían pasado desde la caída. El mundo lo creía muerto, un recuerdo enterrado junto a sus seis compañeros. Pero en las entrañas de una nave de los Lights of Death, el protagonista despertó.
Sus ojos se abrieron en una celda metálica, atado por cadenas que parecían vivas, pulsando como venas. El aire estaba frío, impregnado de un olor químico que quemaba los pulmones. No era un lugar para prisioneros, era un laboratorio.
Los experimentos peores
Los seres no lo habían matado. Lo habían reservado para algo más cruel. Cada día era sometido a pruebas que desgarraban su cuerpo y su mente. Los nanoboxes que alguna vez le dieron poder ahora eran manipulados, alterados, forzados a evolucionar.
Cada mejora venía acompañada de un castigo: debía enfrentar a un campeón, un monstruo creado por los Lights of Death. Si lo derrotaba, sobrevivía. Si fallaba, el sufrimiento se multiplicaba.
El ciclo era interminable: dolor, combate, victoria, más dolor.
La transformación
Su cuerpo cambió. El exoesqueleto orgánico se volvió más grotesco, más fuerte, más flexible. Sus huesos se endurecieron como acero, sus músculos se regeneraban más rápido, pero cada mejora lo alejaba de su humanidad.
Los seres lo miraban con fascinación, como si fuera su obra maestra. Para ellos, ya no era un prisionero: era un arma.
El silencio y la capucha
Con el tiempo, dejó de hablar. Su voz se apagó, no por debilidad, sino por decisión. No quería darles nada, ni siquiera palabras.
Le cubrieron el rostro con una capucha oscura, símbolo de su esclavitud. Nadie podía ver sus ojos, nadie podía reconocer al humano que alguna vez fue. Para los Lights of Death, era un espectro bajo control total.
Pero en su interior, su voluntad seguía intacta.
El guerrero encapuchado
Lo usaron como su campeón. Lo enviaron a conquistar mundos, a destruir civilizaciones enteras. Y así, uno tras otro, los planetas caían bajo su fuerza.
La cifra se convirtió en ironía cruel: 290 mundos conquistados, la misma cantidad de misiones que había cumplido junto a su equipo antes de caer.
Cada victoria era un recordatorio de lo que había perdido, cada mundo destruido era una cicatriz en su memoria.
El cierre del arco
En un mundo habitado solo por guerreros, apareció junto al comandante. Su figura encapuchada imponía silencio, su presencia era más aterradora que cualquier ejército.
Los seres creían que lo tenían bajo control total. Pero estaban equivocados.
Su voluntad era más fuerte que cualquier cadena, más fuerte que cualquier experimento. Y aunque no hablaba, su espíritu gritaba en silencio: “No soy tu arma. Soy tu condena.”
Arco VI – La rebelión del espectro
Durante años, los Lights of Death creyeron que lo tenían bajo control. El guerrero encapuchado era su arma perfecta: silencioso, implacable, capaz de conquistar mundos enteros sin mostrar emoción.
Pero en su interior, la voluntad del protagonista seguía intacta, esperando el momento de despertar.
El eco de las 290 conquistas
Cada planeta destruido era un recordatorio. Cada civilización sometida era una cicatriz en su memoria. El número se repetía como una maldición: 290 mundos conquistados, la misma cantidad de misiones que había cumplido junto a sus compañeros antes de caer.
Los seres lo veían como un símbolo de su poder, pero para él era un recordatorio de lo que había perdido.
El encuentro con los prisioneros
En una de las campañas, lo enviaron a un mundo de guerreros. Allí, tras la batalla, se encontró frente a un prisionero derrotado. El hombre lo miraba con miedo, esperando la muerte.
Por primera vez en años, el protagonista habló. Su voz era grave, rota, pero cargada de ironía:
«Qué ironía… 290 mundos me obligaron a conquistar, la misma cantidad de misiones que cumplí junto a mi equipo antes de caer. Todo por culpa de esos seres que cambian de nombre como máscaras: los Lightsdeath, los Lights of Oblivion, los Lights of Doom… pero en mi mundo siempre fueron conocidos como los Lights of Death.»
El prisionero lo escuchó con terror, comprendiendo que aquel espectro no era un simple verdugo: era un hombre que había sufrido más que nadie, y cuya voluntad aún ardía.
La grieta en el control
Los seres lo observaron desde la distancia, convencidos de que seguía bajo su dominio. Pero no entendieron lo que acababa de ocurrir: al pronunciar esas palabras, el protagonista había demostrado que aún tenía memoria, que aún tenía identidad.
El silencio que había mantenido durante años se rompió, y con él, las cadenas invisibles que lo ataban.
El enfrentamiento con el comandante
El comandante, el mismo que lo había derrotado y capturado años atrás, apareció una vez más. Al verlo, reconoció la cicatriz que el protagonista le había dejado en la batalla final.
Por primera vez, el comandante dudó. El espectro encapuchado no era un esclavo: era un enemigo que había regresado, más fuerte, más oscuro, más indomable.
El cierre del arco
El protagonista levantó la cabeza bajo la capucha. Sus ojos, ocultos, brillaban con una voluntad que ningún experimento había podido quebrar.
Los Lights of Death creían que lo tenían bajo control total. Pero estaban equivocados.
Ese día, comenzó la rebelión.
Arco VII – El legado
El universo ardía. Los Lights of Death habían desplegado su fuerza definitiva, y el comandante, marcado aún por la cicatriz que el protagonista le había dejado años atrás, lideraba la ofensiva.
El guerrero encapuchado, convertido en espectro por el dolor y los experimentos, fue llevado al campo de batalla como su arma más poderosa. Los seres estaban convencidos de que seguía bajo su control.
El despertar definitivo
La batalla comenzó con un rugido de mundos enteros colisionando. El protagonista luchaba como siempre lo habían programado: implacable, silencioso, devastador. Pero en medio del caos, algo cambió.
Los recuerdos de sus compañeros, de las 290 misiones que habían cumplido juntos, regresaron como un fuego imposible de apagar. Cada rostro, cada risa, cada sacrificio se levantó en su memoria.
Y entonces, por primera vez en años, habló.
La frase de los siete
Su voz resonó en el campo de batalla, grave y firme, como un eco que atravesaba la oscuridad:
«Si caemos, que sea de pie.»
Los guerreros del mundo que defendía lo escucharon y comprendieron que aquel espectro no era un esclavo, sino un hombre que había vuelto a ser libre. Los Lights of Death se estremecieron: la voluntad que creían quebrada había regresado.
El enfrentamiento final
El comandante avanzó, su luz oscura envolviendo todo. El protagonista se lanzó contra él, cada golpe cargado con la fuerza de sus compañeros caídos. La batalla fue titánica: carne contra luz, voluntad contra dominio.
El comandante, aunque poderoso, comenzó a retroceder. La cicatriz que llevaba desde la primera batalla ardía, recordándole que este enemigo no podía ser doblegado.
El sacrificio
El protagonista sabía que no saldría con vida. Su cuerpo estaba destrozado, su energía consumida. Pero no importaba. Lo único que importaba era cumplir la promesa que había hecho junto a sus compañeros: caer de pie.
Con un último grito, atravesó al comandante, dejando una herida mortal. El impacto fue devastador: ambos cayeron, pero el protagonista lo hizo erguido, sin rendirse, cumpliendo su lema hasta el final.
El legado
Los guerreros que presenciaron la batalla nunca olvidaron sus palabras. “Si caemos, que sea de pie.” se convirtió en un mantra, repetido por generaciones, símbolo de resistencia contra la oscuridad.
El protagonista murió, pero su espíritu trascendió. Ya no era solo un hombre, ni un arma, ni un espectro. Era un mito, un legado que viviría en cada batalla futura.
escrito por: Dani Usech
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