Cuando éramos pequeños no dejábamos de hacernos preguntas. Preguntas estúpidas, por supuesto, como: ¿Por qué la luna no se cae? o ¿Por qué sabemos que existimos?. La cuestión es que a esas diminutas cabezas pensantes no les parecían estúpidas, y por eso seguían preguntando, insaciablemente, hasta quedar satisfechos con un argumento, una explicación o una historia, si es que era posible. Y es que, verdaderamente no eran estúpidas. Muchas de las inquietudes que antes nos atormentaban, son los grandes retos de la humanidad ahora, aunque a una escala mucho mayor.                                                                        

A medida que vamos creciendo cometemos el error de perder esa capacidad de cuestionarnos las cosas con tanta ansia, con tanto afán y vemos sofocadas estas preguntas con los problemas mundanos, rompiendo poco a poco con la curiosidad que ha permitido a la especie humana avanzar.                                                  

 Es evidente que lo cotidiano requiere atención, puesto que la hipoteca, el trabajo, o los labores de la casa ocupan un espacio esencial y necesario en nuestras vidas. Sin embargo, siempre deberíamos tener momentos para la reflexión, cuestionarnos, y aburrirnos.                                                                              

 De la reflexión y el cuestionarnos podemos obtener un análisis de nuestros actos, decisiones y experiencias, y de alguna manera reconducir la dirección que queremos en nuestra vida, que es en muchos casos, el componente ausente. Por otra parte, del aburrimiento pueden nacer las mejores ideas, los mejores proyectos, las soluciones perfectas.                                                                                                                

Es precisamente por esto último, por lo que ése pequeño necesitaba entender todo aquello que existía a su alrededor, todo era importante, todo merecía su pertinente explicación. 

En una sociedad hiperconectada, donde el aburrimiento está desapareciendo, estamos diariamente recibiendo estímulos nuevos y adictivos, los cuales -especialmente en las edades de desarrollo- son difíciles de controlar., por lo que dar cabida al aburrimiento puede ser realmente diferenciador.

Decía Stefan Zweig que el aburrimiento era como un motor de la acción humana y una condición existencial. Y es que ¿Qué sería de nosotros si alguien no se hubiera puesto a pensar sobre nuestra función, condición o misión en este planeta? ¿Habríamos avanzado igual. ya sea individual o colectivamente? ¿O si los grandes científicos o escritores hubiesen permanecido resolviendo complejas operaciones matemáticas o perfeccionando ensayos, en lugar de pararse a pensar en lo que se extendía ante ellos? 

Las grandes ideas nacen desde la calma, la claridad, la reflexión. No podemos olvidar aquello que nos hizo crecer, ni ocupar el escaso tiempo que tenemos en abusar de actos actos superfluos o banales… 

Y entonces, seremos nosotros mismos, desde la serenidad, quienes contestemos y volvamos a formular nuevas e infinitas preguntas a aquel muchachillo inquieto que soñaba con conocerlo todo, que ansiaba saberlo todo, con una curiosidad genuina. Porque, ese niño, realmente nunca desapareció del todo, nunca se fue, solo está esperando la respuesta a una pregunta más. 

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