El hombre descubrió a las serpientes una tarde cualquiera, cuando el mundo aún parecía obedecer a una lógica reconocible. No estaban en el suelo —como dictaba la costumbre— sino sentadas en los bancos de la plaza, con las manos cruzadas y el gesto atento de quien escucha verdades ajenas.

Hablaban bien. Demasiado bien.
Usaban palabras antiguas, palabras que habían sido honestas antes de ser gastadas: orden, destino, bien común. Las pronunciaban con una dulzura tan medida que nadie notaba el leve temblor del veneno cayendo en las fuentes donde los sueños iban a beber.

El hombre, que había leído algunos libros y, más importante aún, había aprendido a desconfiar de la facilidad, observó en silencio. No era un héroe ni un sabio: solo alguien que conservaba el hábito —cada vez más raro— de pensar antes de asentir.

Las serpientes se pavoneaban como dueñas del suelo. Decían haber nacido allí, aunque sus sombras no coincidían con la dirección del sol. Decían proteger a los hombres de sí mismos. Decían muchas cosas. Y la multitud, agradecida por no tener que decidir, aplaudía.

—No recuerdan el frío —pensó el hombre—. Han olvidado los nidos lejanos donde fueron puestas sus primeras sombras.

Una noche, una de ellas se le acercó. Tenía ojos humanos y una sonrisa perfectamente ensayada.

—Ven —le dijo—. Arrástrate un poco. Solo al principio. Luego caminarás como nosotros.

El hombre sintió la tentación: el alivio de no pensar, la comodidad del coro, la tibieza de pertenecer. Pero algo —quizás una frase leída en un libro olvidado, quizás la memoria de una pregunta no resuelta— lo detuvo.

Miró al suelo.
Miró el rastro que dejaban.

Y comprendió entonces una verdad sencilla y feroz: ninguna altura que exija renunciar a la verticalidad es verdadera.

No discutió. No denunció. No gritó advertencias. Simplemente, dio un paso atrás y permaneció erguido. Pensar, descubrió, era un acto de resistencia silenciosa.

Las serpientes siguieron reinando. El tiempo, paciente, no se apresuró. Masticó décadas como
migas de pan.

Hasta que llegó el día —inevitable y exacto— en que la más altiva de ellas sintió el escalofrío. No fue castigo ni caída estrepitosa, sino algo peor: el recuerdo.

Recordó el primer movimiento.
Recordó el arrastre.

Y en ese instante supo que jamás había caminado.

El hombre, ya viejo, pasó por la plaza. Las fuentes estaban secas. El suelo seguía allí. Pensó que tal vez la eternidad no premia, pero siempre desenmascara.

Siguió andando.
Vertical.
Como quien sabe qué pensar es, al final, la forma más humilde de dignidad.

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