La pala entra en la tierra con un suspiro suave, como si la casa entornara una ventana. La tierra está templada, húmeda; huele a lluvia reciente y a algo áspero, como el té de la infancia. Estoy de pie en un solar detrás de casa, donde hace años tiraron un viejo almacén y derribaron cobertizos, y pienso que aquí habrá un jardín. Un jardín no para la cosecha ni para la belleza. Para la memoria.
Me traje diez estacas, cordel, guantes, un cubo, un cuaderno. En el cuaderno hay una lista de nombres. Es más corta que la vida, pero más larga que mi aliento.
La primera que planto es un manzano. Para mamá. En primavera, en casa siempre olía a flor de manzano: dulce, como si a alguien se le hubiera derramado azúcar en el bolsillo. A mamá le gustaba sacudir las alfombras, extender un periódico en el alféizar y colocar allí tazas con bolsitas de té “del elefante”; yo atrapaba con las manos los pétalos blancos, como nieve, y fingía que eran cartas.
—Cuida las manos —decía ella.
Todavía me descubro queriendo llamarla. Contarle cualquier tontería: que me he comprado un vestido nuevo, que el autobús vuelve a ir tarde, que me he resfriado. Antes era facilísimo: mamá siempre contestaba. Ahora lo sé: el teléfono calla para siempre. Y en ese silencio hay un vacío que no se llena con nada.
Mamá era mi aire. Yo no lo veía. Respiraba de ella, como respiran los niños a su madre: sin preguntas, sin agradecimiento. Su cuidado era natural como la mañana, como el pan en la mesa. Me acostumbré a que la sopa estuviera siempre en el fuego, a que mi ropa apareciera limpia, a que alguien se acordara de mi cumpleaños incluso cuando yo misma lo olvidaba. Ahora entiendo: detrás de todo eso estaba ella.
Recuerdo sus manos. Pequeñas, trabajadas, con grietas del agua. Siempre decía:
—Las manos no son para estar bonitas, sino para servir.
Pero para mí sus manos eran las más hermosas, porque sabían hacerlo todo: coser un vestido para la función del colegio, poner una tirita en mi rodilla, sacar un pastel del horno, abrazarme de tal manera que parecía que ya no había nada que temer. Sus manos olían a masa, a jabón, a veces a yodo.
Recuerdo el mercado en invierno. El frío mordía las mejillas, el aliento se volvía nubes, y mamá me llevaba de la mano, fuerte, como si yo pudiera perderme. Me guiaba entre manzanas y mandarinas y decía:
—Elige tú.
Yo iba a por las más rojas y ella, después, me enseñaba:
—Lo rojo no siempre es lo más rico.
Y yo aprendía a elegir. No solo manzanas. También personas, amigos, decisiones.
Recuerdo el verano. La casa de campo. Había una tumbona vieja con la tela rota. Mamá se sentaba con un libro, recogía las piernas y se dormía. Yo corría descalza por la hierba y pensaba: “¿Pero cómo puede dormir tanto? ¿No se aburre?”. Ahora lo entiendo: ella vivía en esos raros minutos de silencio. Cuando yo me cansaba de jugar, me tumbaba a su lado y escuchaba cómo respiraba. Era el mejor arrullo.
Recuerdo nuestras peleas. Yo daba portazos y gritaba:
—¡Tú no entiendes nada!
Ella se sentaba en la cocina, cortaba pan en silencio, y los hombros le temblaban. Pero por la mañana venía y decía:
—¿Quieres algo de comer?
Como si no hubiera pasado nada. Y yo me giraba, orgullosa, segura de haber ganado. Ahora daría lo que fuera por devolver cada una de esas peleas y abrazarla en vez de gritar.
Cuando enfermó, hasta el final no lo creí. Me parecía algo temporal, como un resfriado. Mamá no puede irse: es mamá. Ella sostenía a todos sobre sus hombros; ¿cómo va a caer alguien así? Pero la enfermedad se la llevó rápido. Demasiado rápido. No llegué a preguntarle qué ponía en la masa de sus pasteles, ni cómo se tejía aquel punto del bufanda que dijo que me enseñaría. No llegué a decir lo principal.
Camino por la casa y tropiezo con ella a cada rato. En una chaqueta vieja que no puedo tirar. En una taza con una grieta de la que le gustaba beber té. En el olor del eneldo, que me devuelve sus conservas de verano. Incluso ahora, a veces, en el espejo me encuentro su mirada —en la mía—, y duele y alumbra al mismo tiempo.
La gente dice: “El tiempo cura”. No es verdad. El tiempo enseña a esconder el dolor más hondo. Sonríes, vas a trabajar, cuentas historias graciosas, y en el pecho vive ese agujero. No se cierra. Se queda contigo.
Si mamá me oye, quiero decirle: “Mamá, me acuerdo. Intento vivir como me enseñaste. Te quiero. Y echo tanto de menos tu simple: ‘¿Vas a comer?’”. Y a veces, cuando me duermo, me parece oír en la cocina el roce de su bata y el tintineo suave de una cuchara contra el vaso. Abro los ojos: nada. Pero igual le contesto a la oscuridad:
—Sí, mamá. Voy a comer.
Sujeto el plantón como si fuera su palma: echo tierra, abro las raíces en abanico, enderezo la estaca, ato con cuidado. En la tablilla escribo: “Ma”. Letras gordas, como de niño. Me da miedo que la lluvia las borre. Luego pienso: si las borra, será que lo recordé bien.
Un poco más allá, un cerezo. Para la abuela. En su cocina siempre había un tarro en el que se quedaban quietos los destellos de la bombilla, y la tapa hacía “clac” cuando la mermelada se enfriaba: el sonido de una fiesta pequeñita. La abuela me reñía por hurgar la gelatina con la uña —“no se hace, le echas mal de ojo a lo dulce”— y al momento me acercaba una cucharita. Coloco el cerezo cerca del manchón de sol: que le alcance la luz.
Un roble, para mi padre. Papá era distinto. Era una piedra. Terco, fuerte, siempre contenido. No decía muchas palabras cariñosas, pero cuando me caía de la bicicleta me levantaba y decía:
—Arriba. Prueba otra vez.
Yo me enfadaba: “¿Por qué no me tienes pena?”. Ahora lo entiendo: eso era su amor. Quería que yo supiera mantenerme en pie. Me enseñó a clavar clavos, a cambiar una bombilla, a sujetar el manillar.
—No seas débil —decía.
Entonces yo me ofendía. Ahora se lo agradezco.
Cuando mamá enfermó, papá cambió. Escondía las lágrimas, pero yo oía cómo caminaba de noche por la cocina y fumaba junto a la ventana. Fingía que todo estaba bajo control, pero por primera vez sus hombros parecían pesados. La cuidó hasta el final: torpe, no tan suave como ella nos cuidaba a nosotros, pero de verdad, hasta el último aliento. Yo lo vi: su amor era más hondo que las palabras.
Y años después tampoco estuvo él. Cuando empezó el covid, decía: “Bah, un resfriado”. Dos semanas, y ya no está. Rápido, como si sacaran un clavo de la pared. En un solo día me quedé huérfana del todo. La casa se quedó vacía.
Planto el roble en la esquina, donde el viento tiene sitio: que se quede, que se agarre al cielo.
Escribo los nombres en tablillas finas de madera. Al principio trazo firme; luego alargo las letras, como si quisiera calentarlas. Por la tarde vuelve a chispear. Por la mañana, media tinta se ha corrido. Me quedo de pie con una taza y lo entiendo: así está bien. A la memoria no le gusta la tinta. Le sienta mejor el susurro.
La vecina, Juana, viene con un terrón y unas fresas con raíces.
—Plántalas por mi Pedro. A él lo quería todo el mundo…
y le tiembla la barbilla, como si fuera el viento. Pedro era el que quitaba la nieve en la entrada, bromeaba con los niños y llevaba salchichas a los gatos. Plantamos las fresas junto al camino, y Juana mete bajo la raíz un envoltorio de caramelo:
—Le gustaba el “agracejo”. Que la tierra se acuerde.
Yo asiento. La tierra se acuerda de todo lo que le dan.
Aparece Rodrigo. Y lo suelta tal cual:
—Yo soy Rodrigo. Tengo dos manos y una pala. ¿Dónde cavamos?
Me río. Él cava más hondo de lo necesario. Yo lo regaño. Él se toma el regaño como si nada:
—Vale, jefa.
En silencio sacamos piedras. Piedras distintas: grises, azuladas y rojizas; una con vetas como cuaderno de niño. Rodrigo las amontona —“para el bordillo”— y me guiña un ojo.
Plantamos un serbal por su tía: se fue despacio y con dificultad, y el serbal sabe aguantar hasta las heladas. Le susurramos a las hojas, como si le estuviéramos explicando que ahora será más fácil.
En verano viene un chaval del edificio de al lado y pide plantar “su arce”.
—¿Para quién?
—Para mi hámster. Estuvo conmigo dos años y se murió en la alfombra.
—Vale —digo.
Vamos a la media sombra y plantamos un arce pequeño, casi en la palma. El niño le trae una piña:
—Tenía tanto miedo… que tenga una casita.
Desde entonces vienen y vienen. Traen plantones, bulbos, esquejes… y las historias que vienen con ellos. Algunas son cortas, como cartas de soldado: “Mamá. Neumonía. En una noche”. Otras son largas, como series malas: “Primero una cosa, luego otra, y cuando ya parecía…”. Yo no pregunto de más. A la tierra le basta con lo que le entregan.
El jardín crece: para otoño ya se estiran sombras finas sobre la hierba, se rozan entre sí como cabellos largos. La gente viene con tazas, termos, las manos vacías. Cada uno tiene su recorrido: alguien da la vuelta entera; alguien va directo a un árbol, como si fuera una ventana. Oigo pasos y palabras. A veces el silencio pesa más que las palabras, pero yo conozco ese peso. Aquí no se hunde.
Con el ayuntamiento discutimos, pero lo hacemos a nuestra manera. Viene un hombre con casco y cinta métrica y dice:
—Aquí, según el plan, van plazas de aparcamiento.
Yo respondo:
—Aquí tengo memoria.
Él encoge los hombros:
—La memoria no sale en el Plan General.
Recogemos firmas. Juana hornea empanadillas y trae un montón de bolígrafos. Rodrigo dibuja un esquema con manzanos y murmura: “A ver quién se atreve a arrancarle a Juana una empanadilla”. Al final movemos el aparcamiento un metro. Un metro que sabe a victoria. Clavo una estaca alta con un cartel: “No entrar — raíces”. Da risa, pero funciona.
La primera nieve cae despacio, como polvo sobre los libros, y el jardín se vuelve a rayas: ramas y hilos blancos. Vengo tarde, cuando en las casas se apagan las ventanas, y me quedo junto al roble. Nieve como sal en la manga. Hablo con mi padre. No con palabras: con el hombro. Y parece que él se mueve desde dentro del tronco, como antes desde la cocina: “¿De qué sirve llorar? Vigila la pala”. Me río al vacío, y el vacío se vuelve más cálido.
En primavera colgamos cajas nido. Rodrigo las hace con tablas viejas, sin barniz, ásperas como una palma. El jardín se llena de ruido: los pájaros trazan rutas. Las abejas trabajan con oficio y el aire zumba como un transformador viejo. Me quedo quieta y respiro ese zumbido en lugar de una oración.
Mamá florece en una sola mañana: tan espeso que parece excesivo. Apoyo la frente en el tronco y atrapo el olor. Es como un cuchillo sin mango: lo coges… y duele.
Cuando me dicen el diagnóstico —el mismo que tuvo mamá—, justo tengo frambuesas en las manos. Leo las palabras del médico y, en vez de la consulta, veo una lata con agujeros, la tierra en granitos sobre la mesa. Asiento al teléfono:
—Entiendo.
El doctor dice algo sobre protocolos y prioridades. Yo contesto:
—Tengo que llevar unos plantones.
Él se queda en silencio y dice:
—Pero no hoy: hace calor.
Nos reímos los dos, como gente a la que le da vergüenza la misma cosa.
Ese día Rodrigo calla toda la tarde. Me lleva a casa y pregunta:
—¿Nos da tiempo?
—Claro —digo—. Al jardín le gustan los que llegan a tiempo.
Él aprieta el volante y asiente. Apaga el motor, baja, abre el maletero: tres sacos de estiércol.
Yo pensaba que iba a tener miedo. Lo tuve, pero de otra manera: no era miedo al dolor, era miedo a perderme una floración. Que el manzano de pronto se soltara en blanco y yo no estuviera. Por eso lo apunto todo: cuándo abrió la lila (nota al margen: “en casa de Juana huele a gas, pero no por la lila”); cuándo se retrasó la nieve; dónde aparecieron hormigueros; bajo qué rama el chaval encontró una pluma. Esas notas son como bordados en la manga: para cualquiera no significan nada; para mí son un mapa.
En Pascua plantamos un tejo por alguien a quien nadie nombra. Es una sombra dentro de una sombra. Rodrigo cava hondo, Juana sostiene el plantón, yo echo tierra.
—¿Por quién? —pregunta el niño.
Juana no responde: le besa la coronilla. Él no protesta.
A veces traen cosas raras: una raíz de lavanda en una maceta rajada, un tulipán sin bulbo, dos brotes en un frasco con agua turbia —“no sé qué es, pero a la abuela le gustaba”. Yo no lo sé todo. La tierra sabe más. Con ella hice un trato: yo pongo las manos; ella, la memoria.
En verano el jardín cobra fuerza. Al atardecer las hojas se oscurecen y los árboles se quedan de pie como si nos miraran con caras adultas. La gente trae bancos, tarros, cestas. Una mujer —alta, fina— se sienta mucho rato bajo el serbal y sostiene una foto: en la foto hay un chico con uniforme, y su sonrisa se le rompe en dos, como a tantos niños a los que les enseñaron a ser valientes. Ella calienta la foto con las palmas, como si se pudiera. Yo le sirvo té y ella dice:
—Gracias.
Solo eso. Pero dentro de ese “gracias” yo oigo un poema entero.
En otoño el manzano de mamá da cinco manzanas. Cinco, como dedos. Las lavo una por una, las seco con un paño, marco una estrellita con el cuchillo, y los tres —yo, Rodrigo, Juana— comemos despacio y haciendo ruido.
—Como en la infancia —dice Rodrigo.
—¿En cuál? —pregunto.
Él encoge los hombros:
—En la de cuando no había teléfono.
Y nos reímos, porque así es la memoria: allí siempre estás sin cobertura.
Al hospital me llevo el cuaderno. Camino por el pasillo de un lado a otro, como por un huerto, y cuento pasos: de la ventana a la puerta, siete; de la puerta a la historia clínica, nueve. Me digo que son hileras. En la sala huele a lejía y a pino: alguien trajo una ramita. La enfermera me cuenta que ella también tiene un jardín, pero de interior: “un ficus, una zamioculcas, una monstera… me miran cuando llego tarde”. Sonríe y me pone el suero. Pienso: cada uno tiene su jardín.
Vuelvo como puedo. A veces dos horas, a veces un día entero. Rodrigo y yo callamos, pero el jardín habla por nosotros. Salta un gorrión, le roba a alguien un tallo seco; protesta una urraca; se moja un hombre asustadizo que vino por primera vez: se queda en la entrada sin decidirse a pasar. Me acerco:
—Pase. Aquí no somos un museo.
Y pasa, como quien no esperaba que el “pasar” estuviera dentro.
En invierno, de pronto, me doy cuenta de que ya no cuento —ni tablillas ni ramas—: sé quién está dónde, por el tacto, por el sonido, por la sombra. Apoyo la palma en la corteza y lo oigo: esta es más áspera —la abuela, dedos viejos; esta es más tibia —mamá, aliento en la nuca; esta es la más dura —papá. Cierro los ojos y sonrío.
Rodrigo me pide:
—Déjame instrucciones. Yo, al final, lo mezclo todo.
Le escribo una hoja divertida: “Regar: cuando te entren ganas de hablar. Podar: cuando se te acumule la rabia. Recoger hojas: cuando necesites estar solo”. La lee y se ríe:
—Esto no es jardinería.
—No —digo—. Esto es lo otro.
La pega en la nevera con un imán de girasol.
En marzo el jardín huele a tela mojada, como si alguien hubiera colgado sábanas viejas en una cuerda y se secaran despacio. Estamos junto al manzano, con las yemas a punto de reventar, y Rodrigo pregunta:
—¿Tienes miedo?
Yo, cansada, contesto sin mentir:
—Sí. Pero no de esto.
—¿De qué?
—De no llegar a despedirme del olor.
Él asiente. Inspira. Nos quedamos tanto rato que el frío se nos mete hasta en las rodillas.
Por la noche me parpadea la lámpara. El hospital murmura, apagado. Miro el techo blanco: sobre él, como de niña, podría dibujar un mapa con la tinta de mis ojos. Yo dibujo: aquí el manzano, aquí el roble, aquí el serbal de la tía de Rodrigo, aquí las fresas de Pedro, aquí el arce del chaval con su piña, aquí el tejo ajeno. Sé encontrar cualquiera en la oscuridad. Oigo el sueño de alguien en la habitación, y se parece al viento. Me giro de lado y susurro:
—Espérenme de día.
***
Juana vino, extendió una servilleta limpia sobre el banco, sacó dos empanadillas y le dijo a las ramas:
—Come.
Nadie comió, pero se respiró mejor. El niño del edificio de al lado trajo una piña nueva.
—La otra se la llevó el perro —explicó.
Y era verdad: el perro corría en círculos y miraba a todo el mundo. Alguien encendió sin hacer ruido una velita y la puso dentro de un tarro de mermelada para que no se apagara. La vela estaba bajo el manzano y tiznaba el cristal. El jardín parecía más viejo y, por raro que suene, más joven.
…Y yo estoy aquí. Este “aquí” no es un punto en la tierra, sino un lugar templado entre las ramas, donde el aire parece más claro de lo normal. Oigo voces: las mismas que se me escapaban cuando intentaba atraparlas. No son palabras: son ritmos. Distingo la risa de mamá, el “ay-ay-ay” de la abuela, el silencio de mi padre, dentro del cual ahora hay un “bueno” bajito. Con un esfuerzo, como cuando afinas una radio, me engancho a la voz de Rodrigo: y él, en el jardín, en voz alta, lee: “Regar: cuando te entren ganas de hablar…” y resopla divertido. Yo sonrío.
Recorro el jardín como antes por el sendero, solo que sin pasos. El cerezo prepara huesos, el roble sostiene el cielo, el manzano se estira su vestido blanco y me susurra al oído con olor. Los pájaros discuten. El perro espía. Juana vuelve a envolver la empanadilla: “no le gusta fría”. Rodrigo apoya la palma en la corteza y no la aparta en mucho, mucho rato. Él calla. Y el jardín calla con él, pero no es vacío. Sostiene.
Mi jardín de la memoria. Un lugar donde los vivos y los que se fueron pueden encontrarse sin llamar, sin permiso. Simplemente entre las ramas. Oigo a alguien entrar sin ruido y detenerse junto al manzano.
—Hola —dice casi sin voz, como por dentro.
Yo respondo igual:
—Hola.
Y lo sé: el jardín aguantará. Hará ruido, olerá, florecerá y esperará. Sostendrá a los que traen y a los que se llevan.
Y yo me quedaré aquí: en el susurro de las hojas, en el frescor de la corteza, en el viento que toca la frente cuando duele.
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