La vaca invisible y el oficio de ser el otro

La vaca invisible y el oficio de ser el otro

Se fue cansando de pedir ayuda, no por soberbia ni por silencio aprendido, sino por una intuición lenta y amarga: al todo solo le interesaba ser parte.

(El todo era un club exclusivo”, pero prefirió no enemistarse con el egoísmo).

Y las partes —en su individualismo sin nombre, en su cómoda miopía— rara vez sienten la urgencia de empatizar con el todo.

Él lo sabía desde antes de saberlo, como se saben ciertas verdades que no necesitan demostración. Aun así, hizo lo único que podía hacerse sin traicionarse: Dijo lo que sabía que no iba a suceder, al menos no de manera fácil, ni rápida, ni indolora.

Había observado que las personas se acostumbran a que la leche llegue en cajas de cartón o en pomos plásticos perfectamente sellados, como si la blancura naciera ya pasteurizada, sin mugidos ni amaneceres.

(“El lector urbano creerá que esto es metáfora; el mundo rural sabrá que es tragedia”)

Si de pronto ven una vaca, se asustan. No la relacionan con la leche, ni con el esfuerzo, ni con el otro. La vaca se vuelve una anomalía, casi un error del paisaje. (Toda anomalía es solo una costumbre que llegó tarde)

Existen incluso quienes creen que la leche no existe, o que fue apenas un comestible primitivo, propio de una época remota en la que el hombre —pobre criatura arcaica— dependía de las ubres y del tiempo… Esto puede provocar discusiones ontológicas antes del desayuno.

Hoy, piensan, quizás, que todo nace en las cabezas del otro.

Fue entonces cuando, sin darse cuenta, empezó a pensar en términos filosóficos, que es una forma elegante de conversar con uno mismo sin levantar sospechas.

(“Pensar filosóficamente es rascarse donde no pica: puro placer de existir”).

—El otro —se dijo— es mucho más que alguien distinto de mí.

Y continuó, como si alguien invisible tomara nota:

El otro es aquello que me enfrenta a mis límites. Aquello que no soy y que, precisamente por eso, me constituye. El otro rompe la ilusión —tan cómoda como infantil— de que el mundo gira en torno a mí.

Me recuerda que no soy el centro, que existen deseos, dolores y sueños que no controlo ni comprendo del todo.

El otro es aquello que no soy, aquello que me revela quién soy, aquello que me obliga a salir de mí, aquello que jamás puedo dominar por completo. El otro es la frontera viva donde mi yo aprende, con torpeza, a no ser absoluto.

(“Las fronteras vivas suelen moverse. A veces respiran. A veces gruñen. A veces se enamoran”).

Al terminar esa reflexión, se invocó a sí mismo. No a la imagen que los demás tenían de él, ni al personaje que había aprendido a representar, sino a ese yo desnudo que aparece cuando nadie mira. Y entonces ocurrió algo propio de lo real maravilloso: una luz interior —no brillante, no mística, sino íntima y persistente— le habló sin palabras, como hablan las certezas verdaderas.

Le susurró:

Cuando no estés, cuando no hables con ellos, cuando no te puedan ver, ríete de todos. Porque para ellos siempre serás el otro idiota.

(“Es un consejo peligroso. Usarlo lejos de reuniones familiares”)

Y por primera vez no dolió.

Porque comprendió —con una serenidad casi alegre— que ser el otro no era una condena, sino un oficio. El trabajo silencioso de recordar la vaca en un mundo de cartones, el origen en una época de envoltorios, el todo en una era de partes satisfechas.

Entendió que no había fracasado al no ser comprendido: había cumplido. Había señalado la vaca, aunque nadie quisiera mirarla.

(“Señalar vacas es un arte antiguo. Algunos lo confunden con terquedad; otros, con lucidez”)

Sonrió entonces, no con burla, sino con gratitud.

Y siguió caminando, ligero, sabiendo que mientras existiera alguien dispuesto a ser el otro, el mundo —aunque no lo supiera— aún tendría leche y administradores de redes sociales.

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