El murmullo de los días que fuimos

El murmullo de los días que fuimos

Soy de una generación que creció sin redes sociales. Nada de TikTok, Facebook, Instagram y mucho menos WhatsApp. ¡Cuánta felicidad! No sabíamos de notificaciones ni historias fugaces; no necesitábamos que alguien nos confirmara que existíamos. Todo era más directo, más intenso. Había tiempo para mirar, escuchar, tocar y para desaparecer de la vida de alguien sin que el mundo entero lo supiera.

Recuerdo los autitos de plástico. Les rellenábamos la panza con plastilina, y a veces les colocábamos una cucharita de café -robada del cajón de los cubiertos- para que corrieran más rápido sobre el piso de la cocina, que para nosotros se convertía en un circuito imposible. El trompo de madera, el balero, las canicas: pequeñas máquinas de felicidad que nos ocupaban el cuerpo y el tiempo, y que hacían que los días parecieran infinitos.

Recuerdo cómo el sol se filtraba por las ventanas y hacía brillar los autitos mientras los empujábamos con fuerza, escuchando el clac-clac del trompo que giraba hasta perderse en su propio impulso, o el clic-clac de las canicas chocando contra las baldosas. Había un olor a tierra mojada después de la lluvia, mezclado con el aroma de pan recién horneado que se colaba por las rendijas de las casas. Todo era sensorial, intenso y absolutamente real.

Las bicicleteadas eran sagradas. Salíamos con los amigos entrañables “los vagos”, -como nos llamaban nuestros padres- : el Gordo Rey, Michí, Sergio, el Flaco Campano, entre tantos. Nos perdíamos por calles que se estiraban hasta donde alcanzaba la vista. Cada esquina tenía su historia: una pared marcada por grafitis que nadie borraba, un árbol que nos servía de refugio, la esquina de la estafeta postal donde inventábamos relatos que defendíamos con firmeza, aunque fueran imposibles.

– ¿Se acuerdan cuando Sergio dijo que había visto un OVNI en la plaza? -preguntaba Michí-, con la voz temblorosa de emoción.
– ¡Mentira!  No vio nada. -respondíamos al unísono-

Pero todos queríamos creerle, porque imaginar era más importante que la verdad. Recuerdo los gritos, las risas que retumbaban entre las paredes del barrio, el sonido de las bicicletas pasando rápido, el chirrido de los frenos y el viento cortando nuestras mejillas. Había un olor a césped recién cortado, a pasto húmedo, a tierra mezclada con la humedad de las veredas. Cada tarde estaba llena de sonidos y olores que todavía guardo como una partitura para mi memoria.

Recuerdo las tardes de domingo, el fulbito en la plaza justo al lado de la calesita, los gritos de mi viejo alentando a su equipo desde la vereda, mientras el padre Cura Russo nos daba sándwiches de milanesa que sabían a gloria. Los carritos a rulemanes rugían sobre las vainillas que tenían las baldosas amarillentas, dejando un eco metálico que atravesaba toda la cuadra. Los vecinos tomaban mate en sillas gastadas, charlando de todo y de nada al mismo tiempo; el olor del mate y del pan tostado. Cada detalle era un hilo que tejía la textura de mi infancia, un entramado de sensaciones que todavía me atraviesa.

Pasó ese tiempo. Algunos amigos ya no están. A otros nos tocó crecer con la sombra de conflictos que apenas comprendíamos: el limítrofe con Chile, Malvinas. Fue una época que nos arrancó la inocencia, pero los recuerdos permanecen intactos, como fotografías que no se decoloran. Nunca más pudimos estar todos juntos, pero en mi memoria viven, completos, como si el tiempo no los hubiera tocado.

Hoy, con varios veranos encima, cada vez que paso por aquellos lugares, la garganta se me anuda. Alguna lágrima brota detrás del cristal de mis anteojos, que tantas veces se empañaron, a veces para protegerme del recuerdo, otras para recordarme que sigo sintiendo. Y siento nostalgia, sí, pero también una especie de gratitud silenciosa: por haber existido, por haber amado esos días, por haber reído tanto sin pensar en el mañana.

Mi cabeza es un torbellino. Pensamientos desordenados chocan entre sí, me dejan un vacío pesado en el pecho. Aunque estoy acompañado, a veces me siento solo, atrapado en mi propio silencio. Todo sigue su curso alrededor, y yo me quedo fuera, como un espectador que observa desde una ventana cerrada.

A veces dudo de mí mismo. Pienso que quizá no soy lo suficientemente bueno, que mis logros son pequeños, que nunca alcanzan.

—¿Y si no estoy haciendo lo correcto? —me pregunto en voz baja, casi temiendo la respuesta.

Vivo con esa sensación, como si fuera parte de mí, sin recordar cuándo se convirtió en una verdad susurrada por mi mente. Y aunque sé que no debería, a veces siento que no merezco lo que tengo, que soy menos que los demás, aunque nadie lo diga directamente.

Pero también hay momentos de luz. Días en los que me siento ligero, capaz, como si las piezas de un rompecabezas que llevaba años incompleto comenzaran a encajar. Entonces me digo: “Quizá estoy avanzando. Quizá todavía puedo cambiar mi historia.” Y durante un instante, todo parece tener sentido.

Comencé con gestos pequeños. Abrí cajones que había evitado, respondí mensajes que me daban miedo, dije en voz alta cosas que hasta entonces solo existían en mi cabeza. Nada heroico, solo real. Cada acto mínimo devolvía un poco de peso a mi cuerpo, me recordaba que existo, que sigo ocupando un lugar, que no estoy tan perdido como sentía.

Salí a caminar sin rumbo, como cuando era niño y las tardes parecían infinitas. Dejé el teléfono en casa, no por rebeldía, sino por necesidad: quería escuchar mis pasos, el ruido de los árboles, los saludos perdidos de vecinos que seguían ahí, testigos silenciosos de mi historia. Descubrí que el mundo podía sentirse propio otra vez, que todavía podía reconocerme en el espacio, en el barrio, en las calles que una vez fueron territorio de mi infancia.

El viento traía olores familiares: el pasto húmedo después de la lluvia, pan horneado en algún horno vecino, el humo de las parrillas, mezclado con hojas secas y tierra caliente. Escuchaba el crujir de las hojas ya secas de los tilos bajo mis pies, el canto de algún pájaro escondido en un árbol, los murmullos de los vecinos desde sus patios. Todo me recordaba que la vida continuaba, y yo con ella.

Llamé a un amigo con el que no hablaba desde hacía años. No hablamos de grandes cosas ni de nostalgias profundas; hablamos de la vida, de lo que duele, de lo que pesa. Y en esa conversación simple comprendí que el aislamiento muchas veces lo construyo yo mismo, ladrillo por ladrillo, con mis silencios. Entendí que pedir ayuda no es debilidad, que compartir el peso lo hace más llevadero.

– ¿Te acordás de cuando creíamos que podíamos conquistar el mundo? -me preguntó-.
-Sí -conteste-. Y de alguna manera, todavía podemos, aunque sea en pequeñas cosas. Fue parte de la conversación.

Empecé a permitirme fallar sin castigarme. Aprendí a distinguir entre rendirse y descansar. Acepté que no todo vacío se llena de inmediato, que algunos solo piden ser escuchados. En lugar de taparlos con ruido, los abracé con presencia. Volví a hacer cosas con las manos: arreglar un cajón roto, cocinar sin apuro, mirar cómo cae la tarde sin apretar el tiempo. Cada acto pequeño me devolvía la sensación de ser, de existir, de estar vivo.

Y entonces comprendí que los recuerdos no son cárceles ni cadenas; son un mapa. El barrio, los amigos, los juegos, los domingos de cancha: todo eso me muestra de dónde vengo y quién soy. No se trata de volver a ser aquel chico de la bicicleta y los autitos, sino de honrarlo, de sostenerlo en la memoria mientras hago lugar para lo que soy ahora.

Todavía hay días grises, claro. Todavía aparecen dudas y comparaciones. Pero ahora la oscuridad no me paraliza. Camino igual, con miedo y preguntas, con nostalgia y cansancio, pero sigo. Y cada paso que doy, aunque corto, tiene peso. Cada decisión, aunque simple, me recuerda que todavía puedo elegir, que la vida se construye en la acción diaria, en los gestos mínimos que suman.

Caminando por el barrio, los árboles me saludan, las calles me reconocen, los rincones guardan secretos que aún puedo descifrar. Los amigos que quedan, los que se han ido, los que regresan en memoria, todos forman parte de este tejido que soy yo. El pasado no me aplasta, el presente no me confunde. Todo es un continuo, una sucesión de días, recuerdos y pasos que me acercan, poco a poco, a quien quiero ser.

A veces me sorprendo sonriendo sin razón, mientras recuerdo un juego inventado, una bicicleta que derrapó sobre la tierra húmeda, un grito de alegría que se quedó flotando en el aire. “Todavía puedo sentir eso”, me digo. Todavía puedo ser capaz de vivir momentos simples y de honrarlos.

Sé que seguiré dudando, que habrá sombras que vuelvan a aparecer, pero ya no temo caminar con ellas. He aprendido que crecer no es alcanzar un lugar perfecto, sino caminar a pesar de todo, con honestidad, con atención, con memoria. Reconocer el dolor, reconocer la alegría, reconocer que estoy vivo y que eso, en sí mismo, ya es suficiente.

Hoy sigo adelante. Con la memoria intacta y el corazón cansado, sí, aunque despierto. Con las manos abiertas y los pies firmes, con los recuerdos de los autitos, las bicicletas y los amigos que me enseñaron a vivir. Porque mientras pueda recordar y avanzar al mismo tiempo, sé que todavía estoy vivo.

Y, en ese camino, descubro que mis pasos no han sido en vano. Hoy puedo mirar atrás y ver los frutos de años de esfuerzo: me formé como enfermero, aprendiendo a cuidar del otro incluso cuando yo mismo dudaba de mí; continué mis estudios hasta convertirme en licenciado, descubriendo que la mente también necesita disciplina, curiosidad y perseverancia; y completé mi formación como técnico en emergencias, aprendiendo a actuar cuando todo parece desbordado, a mantener la calma cuando el mundo grita, a ser útil incluso en medio del caos.

Cada título, cada certificado, cada noche de estudio interminable, cada guardia agotadora, no son solo logros académicos o profesionales. Son marcas de mi resiliencia, de la constancia que empecé a cultivar cuando me decidí a moverme aunque no tuviera todas las respuestas. Son la prueba de que, incluso con dudas y miedo, uno puede avanzar. Que la vida no espera la certeza absoluta para ofrecer oportunidades; que caminar es, a veces, la mejor forma de encontrarlas.

Y mientras camino, con el corazón que aún late con nostalgia, comprendo algo profundo: crecer no es solo cumplir metas externas, sino reconocer que cada paso, cada decisión, cada caída y cada logro forman un hilo en la tela de nuestra existencia. Que sentirse vivo es aceptar todo eso: el pasado, los vacíos, los logros y los amores imposibles.

Hoy puedo decir que sigo sintiendo, que sigo intentando. Y que, aunque el camino se vuelva cuesta arriba, mientras pueda dar un paso más, lo daré. Porque, al final, crecer es eso: avanzar, aprender, recordar, amar y superar.

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