Instrucciones para no corregirse en el tiempo.

Instrucciones para no corregirse en el tiempo.

Debo confesarlo desde el principio: yo estuve allí, aunque no debería haber estado. No en el sentido físico —que siempre es la forma más pobre de estar— sino en esa otra presencia que uno adquiere cuando observa a alguien vivir con la misma atención con que se mira un pez dorado en una pecera. Así seguí a Manuel desde los doce años, cuando él sabía casi todo, que es la manera más eficiente de no saber nada y aun así sentirse dueño de un mapa que todavía no existe.

(Los niños que creen saberlo todo deberían venir con una advertencia: frágil, no agitar.)

Sus padres eran muebles bien ubicados, necesarios pero inmóviles, y la vida —eso que todavía no se llama vida— parecía ocurrir en otra habitación. Yo lo vi agacharse para mirar por la rendija, como quien espía el futuro sin saber que el futuro también lo está espiando a él.

A los dieciséis, la rendija se volvió burocrática. Se llamaba ejército, y yo, que ya había leído demasiados reglamentos para mi propio bien, supe que Manuel estaba entrando en una maquinaria que no perdona a los que piensan. Artillería estriada y reactiva: nombres que parecían inventados por un poeta con vocación de verdugo.

( Toda palabra que suene a metal debería venir acompañada de un manual de desobediencia.)

Manuel entró voluntariamente, convencido de que la voluntad es una palabra que sirve para todo, incluso para equivocarse con estilo. Yo lo seguí, aunque él nunca me vio. Los narradores tenemos esa ventaja: somos invisibles hasta que decidimos no serlo.

Cuatro años después —que para él fueron un parpadeo y para mí un capítulo entero— Manuel descubrió que no era libre. Era una pieza. No un jugador, ni siquiera un dado: un peón desplazable, prescindible, educadamente sacrificable. Yo lo vi sentir el tablero en la espalda, como si alguien hubiera dibujado líneas invisibles sobre su piel.

Los sueños entraron en huelga. Y yo, que soy un narrador, pero también un poco sindicalista, entendí perfectamente la protesta. Vinieron las acusaciones, los expedientes, las palabras que hieren sin explicar. Incluso su esposa fue arrastrada al caso, como si el amor fuera un delito administrativo.

A los treinta, el pasado empezó a hablarle con voz de contable. Yo escuché cada “si hubieras”, cada “si no te hubieras metido ahí”, cada “si no hubieras confundido huir con avanzar”. El “sí” es una palabra peligrosa: se reproduce sola, como los conejos o los remordimientos.

En los setenta trabajó con mediciones, instrumentos ópticos, planos por computadoras. Yo lo observaba desde el borde de la página, viendo cómo los topógrafos jóvenes lo rodeaban con esa mezcla de sabiduría precoz y arrogancia que solo tienen los que aún no han vivido lo suficiente para equivocarse de verdad.

(La juventud es un instrumento óptico defectuoso: amplifica lo trivial y empequeñece lo esencial.)

En los noventa ocurrió lo inadmisible. Manuel descubrió una meditación que no prometía iluminación sino traslado. No del cuerpo —eso sería vulgar— sino de la conciencia. Yo, que ya había visto cosas peores en otros cuentos, no me sorprendí. El tiempo es un animal doméstico cuando uno aprende a llamarlo por su nombre.

Manuel podía llegar a sus dieciséis años y tocar, apenas, la mente del muchacho que había sido. No poseerla, no corregirla: insinuarse. Yo lo acompañé en esos viajes, aunque él nunca supo que yo también estaba allí, sentado en la penumbra de su respiración.

El contacto ocurrió sin efectos especiales. El adolescente se estremeció. Pensó que era cansancio, o hambre, o una idea mal acomodada. No supo que estaba siendo visitado por su propio futuro, que es una forma muy sofisticada de invasión. Yo lo vi sentir pensamientos que no eran suyos, consejos sin voz.

Y entonces vio —no con los ojos, con algo más difícil— fragmentos de un futuro que todavía no existía pero ya dolía. Dos hijos. Una mujer. Una vida que lo esperaba como quien espera un tren que no sabe si llegará.

(El futuro siempre llega tarde, pero cuando llega exige propina.)

El Manuel de dieciséis años pensó, y pensar fue suficiente.

Si no soy yo ahora, no seré nunca. Si evito este error, evito también ese amor.

Y decidió. Entró voluntariamente al ejército, como quien acepta un mal necesario sin saber todavía que lo será. Yo, que ya sabía el final, no pude intervenir. Los narradores no corregimos destinos; apenas los contamos.

El Manuel del futuro lo entendió tarde, que es la única manera en que se entienden las cosas importantes. Dejó de insistir. Dejó de corregir. Comprendió que hay errores que sostienen una vida como columnas defectuosas pero imprescindibles.

Desde entonces Manuel medita, pero no para cambiar nada. Medita para recordar que el pasado, a veces, sabe más que el futuro.

Yo lo observo todavía, desde el borde de esta historia. Y aunque no debería decirlo, lo diré:

A veces los personajes entienden antes que los narradores.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS