El platillo que preparamos esa tarde fue causa limeña con ceviche amarillo. La semana pasada habíamos hecho sushi y nos había quedado fenomenal, así que decidimos seguir con la comida de mar, pero complejizando un poco la tarea. Hacía ya varios meses que nos reuníamos a cocinar una vez a la semana, y aunque desde el comienzo me daba mamera asistir, era la única que nunca había faltado. Lo cierto es que prefería estar sola. La gente, en términos generales, me resultaba insoportable, lo cual no había sido siempre el caso. Aunque tímida, de pequeña nunca me hicieron falta dos o tres buenas amigas, y eran precisamente aquellas con las que luego me reuniría semanalmente; aunque en ese momento empezaran a fastidiarme. Aun así, me esforzaba por siempre asistir, principalmente porque no me gustaba la idea de aislarme completamente del mundo. No tan joven, por lo menos. Pero también porque las quería. Aunque cada vez me es más difícil entender qué significa aquello. En resumidas cuentas mis amigas eran mi polo a tierra. Aquello que me anclaba a la cordura y la realidad a las cuales no me sentía preparada para abandonar.
Jess era la mayor, y mi amiga más antigua. Nos conocíamos desde los 10, y durante los últimos años de colegio fuimos inseparables, pero una vez entramos a la universidad nos alejamos muchísimo. Ella hizo nuevos amigos y, aunque se esforzó siempre por incluirme en sus planes, yo nunca acepté. Desde que salí del colegio mi timidez aumentó exponencialmente, y junto con ella apareció un doloroso odio a las personas. Pasar a las aulas universitarias me abrió los ojos a la bajeza del ser humano. Paradójicamente, todos mis compañeros fueron siempre amigables y respetuosos conmigo, pero cada uno de ellos cargaba consigo un aire de superioridad que me enervaba hasta los huesos. Odié la universidad desde el primer día, o, luego lo entendería, odié la adultez. Por lo menos lo que había aprendido a llamar así. Y aunque aún me resulta extremadamente difícil racionalizar este odio, creo que se resume en mi aversión a las ideas.
No me gusta cuando las personas creen que saben algo. Cuando somos niños, no sabemos nada y fingimos saberlo todo. Pero, a nuestro modo, sabemos que fingimos. O por lo menos tenemos la hermosa cualidad de creerlo todo por igual. Cuando crecemos, evidentemente seguimos sin saber nada, pues estoy convencida de que nada se puede saber realmente, pero nos hacemos creer que sabemos mucho de una o dos cosas en concreto, y eso realmente lo detesto. En parte porque hace que las personas crean que pueden exigir o esperar algo de ellas mismas y de los demás, y yo nunca he sido buena para escuchar ni obedecer; y en parte porque yo sí sé que no sé nada, y me carcome la envidia al ver a quienes caminan con la cabeza en alto convencidos de lo que sea que creen saber. Entonces me aislo y me vuelvo, de cierta forma, igual que los demás. Convencida de que sé algo, así sea el saber que no sé, y sintiéndome superior. Me muero de pena y me deprimo, y solo quiero calmar mi cabeza: salir con mis amigas, estudiar y sobrevivir los días con calma. Y estos planes, sin duda ridículos, eran parte de mi terapia para alcanzar aquel simple objetivo.
También asistía a auténtica terapia todos los miércoles, y lo llevaba haciendo ya hacía años, y aunque entendía que las sesiones como tal realmente no me servían de mucho, el simple hecho de pararme de la cama y salir, a cualquier lugar, me hacía bien. Todo lo que implicaba interactuar con otras personas, por más que lo detestara, o más bien precisamente por ello, sabía que me ayudaba. Y en aquel entonces aún quería la ayuda.
El punto es que Jess, aquella tarde, estaba más habladora que de costumbre, lo cual es mucho decir. Había conseguido un nuevo trabajo y sentía aquella repugnante necesidad tan común en las personas, pero sin duda más en nosotras las mujeres, de compartir su alegría. Bebía de su copa de vino tinto mientras aleteaba con las manos como gaviota y nos contaba a las demás de sus nuevos compañeros, sus proyectos, su salario y un sinfín de cosas que, aunque me gustaría poder decir que no me importaban, en realidad me empezaban a sacar de quicio. Yo revolvía una mezcla de papas con no sé qué cosas y escuchaba en silencio. Miraba fijamente la cuchara dar vueltas y vueltas, evitando a toda costa ver sus ojitos claros resplandecer y sus delicados labios rojos sonreír. Yo ni siquiera me había graduado de la universidad y hacerlo, en ese entonces, parecía una imposibilidad. Me sentía una verdadera perdedora, y aunque me pasaba seguido, siempre dolía igual.
Vale, quien era un par de años menor que ambas y estaba haciendo su tesis en ese momento, y Juliana, una amiga de Jess de la universidad, la escuchaban con lo que tengo que suponer era un interés fingido, y reían con ella. A la risa de Vale ya me había acostumbrado, pero escuchar a la otra me generaba una inmensa ira. ¿Esa aparecida quién se creía que era? Bebí mi copa de vino de un sorbo, me serví otra e interrumpí el discurso.
-Deberíamos salir a bailar para celebrar-
-Eh.. bueno, no es una mala idea, Andre. Podría ser-
-Recuerda que mañana iremos a almorzar con Lucas y Sebastian-, intercedió la sapa de Juliana, dirigiendo una penetrante mirada a Jess.
-Invítenlos. Creo que la noticia amerita más que un par de copas de vino-, respondí con una sonrisa forzada.
Vale no dijo nada, pero sabía que ella haría lo que Jess le dijera. Yo la quería, y su nobleza era de admirar, pero la pobre carecía completamente de voluntad. Siempre fue una criatura débil. Sus padres la tuvieron cuando ya se disponían a disfrutar de su vejez, y nunca le prestaron mucha atención. Sus hermanos eran mucho mayores que ella y casi no tenía relación con ellos, y en el colegio prefería aislarse y dibujar en su cuaderno. Jessica y yo nos hicimos amigas de ella únicamente porque supimos que siempre tenía casa sola. Nos gustaba pasar el rato allá. Al principio maquillándonos y viendo pelis, y unos años más tarde tomando y llevando a nuestras parejas. Estaba un par de cursos más abajo, así que se esforzaba mucho por impresionarnos. Al comienzo la utilizábamos, y me cuesta creer que ella no lo supiera, pero poco a poco fuimos cogiéndole cariño. Era tímida. Lo suyo eran el estudio, el dibujo y el cine, pero, bien sea por falta de carácter o por una oculta necesidad de nuevas experiencias, nunca le decía que no a nada. Sobre todo si Jess era la que se lo proponía. Desde hacía unos años pensaba que estaba enamorada de ella. Sabía de un par de manes con los que había estado, pero nunca había tenido una relación seria, y miraba a Jess con ojos que bien podían ser de admiración, pero había empezado a sospechar que eran de deseo. Era bajita y delgada. No tenía cola ni tetas, pero su rostro pecoso e inocente era angelical, y usaba unas inmensas gafas redondas que resaltaban sus exóticos ojos azules. Y aunque nunca me gustaron las mujeres, había empezado a sentir celos de que jamás hubiese mostrado aquel aparente interés en mí.
Brindamos y destapamos otra botella de vino. Jess y Juliana llamaron a sus chicos y acordamos encontrarnos con ellos en Theatron a las 11. Odiaba ese lugar, pero necesitaba del ruido, la oscuridad y el alcohol. Y, por sobre todo, necesitaba sentirme deseada.
Comimos y salimos a eso de las 9 pasadas. Ni siquiera pude disfrutar lo que preparamos porque mi cabeza ya estaba en el bar, pero supongo que nos quedó bien, pues lo que vomité horas más tarde tenía buena pinta.
Paramos en casa de Juliana, quien hacía poco se había mudado y vivía, con una roomie, a pocas cuadras de Jess. Era diseñadora y le gustaba ser la que nos arreglaba antes de salir. Nos maquilló con ayuda de su compañera de cuarto, quien había accedido a acompañarnos, y nos prestó algunas prendas a cada una. Mientras pintaba mis labios miré fijamente sus ojos negros y quise largarme de allí. Siempre que me maquillaba sentía que lo hacía por obligación o por pesar. Contuve las ganas de escupir en su cara y cerré mis ojos. Quería llorar. Apreté mis puños con fuerza mientras me contaba, con una clara mezcla de sadismo y presunción, sobre las maravillas de vivir sola.
Juliana era la más nueva del grupo. Jess la había conocido en la universidad. Era una tipa alta y acuerpada. Sus piernas eran enormes y aunque no tenía la cara más agraciada, sabía maquillarse y vestir a la perfección. Como Jess, era extrovertida, y también como ella, nunca estaba corta de pretendientes. Jess nos había presentado en uno de sus cumpleaños, y nunca compaginamos. Ella fue querida conmigo en un principio, pero desde que la conocí me fue inevitable pensar que había tomado mi lugar. Que me había arrebatado a mi mejor amiga. No podía ni siquiera hacerle buena cara, por lo cual simplemente se cansó de intentar agradarme y aceptamos nuestra sutil enemistad.
Así prefiera la soledad, he tenido siempre un ego enorme, casi masculino. No me gustaba ver cómo el mundo que había conocido avanzaba sin mí, aun así no sintiera ninguna verdadera motivación de echarme a andar con él.
Cuando llegamos a Theatron los dos tipos nos esperaban en la entrada. A Sebastián, el novio de Jess, lo había visto ya un par de veces, y al otro no lo conocía. Los dos estaban buenos, claro. Sebastian era alto y acuerpado. Torpe como solo los hombres saben ser, y repulsivamente encantador. No muy diferente al sinfín de novios que le había conocido. Lucas era amigo suyo, y simplemente deduje que tenía que ser igual, aunque un poco más chaparro. Me fumé un cigarrillo con Vale mientras los demás vapeaban. Sentí una extraña vergüenza y, disimuladamente, le escribí a mi padre contándole mis planes. Me respondió al instante que no llegara muy tarde a casa. Apagué mi celular y contemplé salir corriendo muy lejos y huir para siempre, pero sabía que no era capaz. Nunca lo fui y nunca lo sería, así que rápido llevé mis pensamientos a otra parte. Los carros pasaban a toda velocidad y el mundo se sintió extraño.
Haciendo la fila para entrar, digna de una atracción de Disney, me sentí terriblemente falsa. Como si yo no fuera yo. Como una vaquita entrando al matadero. Pero levanté la cara determinada y no dejé que el malestar se apoderase por completo de mí. Apenas entramos me dirigí a la barra y compré dos botellas de aguardiente. Le di una a los demás y me quedé con la otra. Moví el culo de lado a lado y bebí largos sorbos. Solo veía las luces en el aire, y los gritos de mis amigos no eran más que ruido de fondo. La música entraba por mis poros y salía hecha sudor. Dios mío, Dios mío, ya todo estaba bien.
Bailamos todos en círculo un rato, pero rápido empecé a sentir que sobraba y quise irme por mi cuenta. Aunque me incomodaba un poco ver a las dos parejas besarse y tocarse, lo que realmente me afectaba era que se rehusaran a tomar a mi ritmo. Había algo en la aceptación de la sobriedad de los otros que me hacía sentir averiada y sola. Empecé a deprimirme, así que tomé a Vale del brazo y le pregunté si iría a dar una vuelta conmigo. Me miró insegura y volteó a ver a Jess, como esperando su aprobación, pero esta estaba en su cuento con Sebastián y ni la determinó. Entonces aceptó no muy convencida y, tomadas de las manos, nos fuimos de allí.
Subimos a otro piso mucho menos lleno donde sonaba música de cantina y nos sentamos en una mesita. Bebimos unos cuantos shots sin hablar demasiado. Vale se notaba incómoda, y si no hubiese bebido tanto y tan rápido, sé que yo también lo habría estado. Evitaba mi mirada, como si cruzarse con ella la pudiera lastimar. Me sorprendió caer en cuenta de la poca confianza que nos teníamos. Me pregunté si siempre había sido así o si con el tiempo nos habíamos alejado sin siquiera darme cuenta. Me dolió la realización de que quizás mis amigas no eran más que espejismos o lejanos recuerdos, así que serví otro par de tragos y le pregunté a Vale sobre sus cosas.
Nos terminamos la botella de aguardiente mientras ella me contaba un poco de todo. No prestaba mucha atención, pero estaba realmente conforme con la bonita mezcla que el licor y la charla habían creado. Le dije que iría por unas cervezas, y al ponerme de pie me encontré de frente con la roomie de Juliana, Cristina. Ni recordaba que nos había acompañado. Me preguntó si podía unirse a nosotras, que los de abajo estaban ya muy emparejados y melosos, y aunque quise decirle que no, por supuesto accedí. Noté que la cara de Vale se iluminó al verla, y aunque seguramente no había nada detrás de aquello más que simple cortesía, me pareció que celebraba no tener que estar más tiempo a solas conmigo.
Agotada, seguí mi camino. Descansé mis codos sobre la barra y mi frente sobre mis manos, y me estuve allí un buen rato. Me dolía la cabeza de tanto pensar. Me pregunté si todo el mundo era así y se cuestionaban cada cosa que les pasaba, por pequeña que fuera. Por supuesto que no. Quise concluir que eso me hacía especial, pero aquello era tan estúpido que simplemente me causó gracia. Así que reí a carcajadas como una pobre desquiciada. Pedí media botella de ron y me fui. A donde la música me llevara.
Envuelta por cuerpos masculinos y el retumbar de la música electrónica, saltaba y movía la cabeza rítmicamente. Mi cabello era como agua andando entre los surcos de la decadencia. Sentí como alguien apretaba mis nalgas y dejé escapar un grito, que no fue de ira, miedo ni excitación. Simplemente un aullido repleto de nada. Como si llamara a algo a venir por mí, a entrar en mí. Me di media vuelta y con rudeza pegué mis pechos al tipo que me había tocado. Sincronizamos el latir de nuestros cuerpos y bailamos sin intercambiar palabra. Me besó, y al hacerlo pasó una pastilla de su boca a la mía. La tragué inmediatamente y la bajé con un gigantesco trago de ron. Lo tomé de la mano y, abriéndome paso entre la mar de cuerpos sudados, lo llevé al baño.
En la quietud del baño vi que se trataba de Sebastián. Nos miramos en silencio un par de segundos, mientras nuestras manos se tocaban con dulzura. Sentí un infernal calor que emanaba de mi coño y le pregunté si también lo sentía.
-Es la pastilla, Andre. Ja ja-
-No, soy yo, Sebastían, soy yo-
-¿Si? ¿Estás ardiendo?- Me tomó por el culo con fuerza bestial.
-Ayúdame, por favor-
-Tranquila. Solo es la pasta. Te lo prometo- Me besó
-No. No, no, no-, alegué tras apartarlo de mí- mira
Metí mi mano en mi pantalón y mis dedos en mí, y luego la puse justo frente a su cara. Él inhalo largo y profundo, y deleitado chupó mis dedos, con su mirada fija en la mía.
-Vas a estar bien, Andrea… ambos vamos a estar muy, muy bien-
Puso una de sus enormes manos sobre mi hombro y empujó con fuerza hacia abajo. Me dejé caer, convencida de que esto tenía que pasar. Sacó su verga, impresionantemente dura para alguien que llevara ya varias horas de fiesta. De rodillas, sentí una incomprensible necesidad de rezarle a aquel ser que me hacía frente. Era todo lo que había. Lo único cierto en aquel mundo horripilante. Las llamas que emanaban de mi entrepierna me empezaban a quemar y se hacían insoportables. ¡Me arrepiento, me arrepiento! Me tragué su miembro y lo introduje lo más que pude en mi garganta. Lo saqué casi todo y repetí la tarea. Una y otra y otra vez. Casi inmediatamente empecé a dar arcadas, pero una vocecita, que no sabía si estaba en mí o afuera de mí, me decía que no podía parar, costara lo que costara. Entonces seguí, metiéndolo cada vez más adentro. ¡Lo siento, de verdad lo siento! No soy capaz de ser mejor. Mis ojos se aguaron, tanto por las ganas de vomitar como por una inexplicable e insoportable nostalgia. Escuchaba a Sebastián gemir y sabía que estaba cerca de ser absuelta. Sabía que pronto todo acabaría, y aunque no sabía ese todo qué era exactamente, estaba convencida de que necesitaba que acabase. Pero entonces el cuerpo me venció y vomité con su verga aún en mi boca, y aun así no me detuve. Era como si una fuerza ajena a mí me impulsara. Un ángel que tomaba mi cabeza y la empujaba y la jalaba, y la empujaba y la jalaba. Sebastían soltó un grito e intento apartarme, pero lo abracé con fuerza y me aferré. No habría una segunda oportunidad. Seguí en lo mío, convencida de que mi vida dependía de ello. Entonces me empujó con todas sus fuerzas y caí hacia atrás, golpeando mi cabeza con el inodoro. -¡Maldita puta. Estás loca!-, gritó y salió del cubículo.
Yací allí tendida en un charco de vómito y lágrimas, y las llamas que me abrazaban se apagaron, o quizás me consumieron por completo. No lo sé, pero no sentía nada. Las paredes se hicieron líquidas y luego desaparecieron. Ya nada me aprisionaba. Era libre. Libre para darme por vencida. Puta y loca, pensé. Puta y loca. Me reincorporé lentamente, limpié mi boca con la manga de mi camisa y salí del baño. Ojalá no lo hubiera hecho.
Parada frente al baño observé a las personas bailar. La droga se sentía bien, pero extrañaba mi botella de ron y no tenía idea dónde la había dejado. Mi corazón latía con el ritmo de la música. Mi sangre estaba helada. Mi coño descansaba. Tomé una enorme bocanada de aire y al exhalar cerré mis ojos, y sin embargo aún podía ver. Qué cierto es eso de que viendo no se ve. Me invadió la tristeza al pensar que mis amigas no venían a buscarme, pero al instante la realización de que ya no eran mis amigas me tranquilizó. Puta y loca.
Me recosté en la pared y dejé mi cuerpo deslizarse hasta quedar sentada en el suelo. Mirando con los ojos cerrados, vi las cenizas que habían quedado del incendio en mi interior. Jamás vi algo más triste y más tranquilo, y allí descansé por primera vez en muchos años.
Sentí que alguien me tocaba el hombro, así que abrí los ojos y alcé la mirada. Era Cristina, y no tenía alma. Agachada, podía ver bajo su blusa dos pezones rosados y pequeños mientras me hablaba sin emitir sonido alguno. Me reincorporé de golpe y escuhé que me repetía una y otra vez que si estaba bien. Le dije que sí. Se puso de cuclillas frente a mí y me contó que Jessica estaba ebria y se había agarrado con Sebastián, y que ya se iban a ir. Se enderezó y me tendió la mano. Me puse de pie con su ayuda sin decir nada y le mandé la cara. Nos besamos hasta que me apartó. Luego nos besamos una vez más.
De ella no sabía nada más aparte de que era la compañera de cuarto de Juliana, que su cabello era tan negro y tan corto como la noche. No bajaba de sus hombros. Y que besaba espléndidamente bien.
-Vamos nosotras a otro lado. No quiero ir a mi casa-
-No, no. No puedo dejar botada a Juliana-
-Puedes hacer lo que quieras bebé-
-No sé, no me parece buena idea-
-A mí me parece la única buena idea- Me miró pensativa mientras mordía su labio inferior.
-¿A dónde quieres ir?-
-A cualquier lugar donde podemos hablar, tomar y besarnos tranquilas-
-No pensé que te gustaran las viejas la verdad-
-Creo que no me gustan-
-Ja ja. Eres un caso, Andre-
-Vamos- La tomé de la mano.
-Bueno, pero por lo menos debo ir a avisarle a las demás-
-No debes hacer nada, Cris. No hoy, no nunca-
Montada en el taxi miraba por la ventana. Me sentí complacida por haber sido capaz de escapar por primera vez de las terribles cadenas de la grima. Aún podía sentir su peso y sus marcas en mis muñecas y tobillos. La mano de Cristina descansaba sobre mi pierna y mi mano sobre la de ella. Vi a un indigente tirado en un andén y no quise ser él, y me sorprendí tanto que casi suelto un grito. Fue como estar flotando en medio del océano de repente. Tan lindo y tenebroso. Puta y loca, volví a pensar. Volteé a ver a Cris, quien me sonrió con ternura. Sentí muchísima pena por ella y orgullo se apoderó de mí, y las aguas me tragaron. Ojalá no hubiera salido del baño. Ahora creía en algo. Sabía de verdad. Maldita sea.
– M
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