I. La familia en Nochebuena
—¡Lo que hace falta es otra guerra! —gritó el abuelo, al tiempo que descargaba un puñetazo sobre la mesa.
—¡Vaya! —objetó la abuela —Ya empezamos a decir tonterías.
—¡Ni tonterías ni hostias! —se sulfuró aún más el abuelo —Yo hice la guerra por la República. No había más que hambre y piojos. Y, encima, perdimos. Todo para que esta ralea de politicastros robe a manos llenas… Si yo volviese a ser joven, se iban a enterar estos socialistas… Y los derechones de la oposición también.
—¡Cálmate, papá, que no te conviene alterarte! —suplicó la tía Marta.
—¡Déjale que se desahogue! —le cortó Elena a su hermana.
Esdras, de ocho años, observaba a su abuelo expectante, deseoso de que al fin soltase prenda y contase alguna de sus experiencias en la guerra. Pero, a buen seguro, la perorata o nueva pataleta de su abuelo con los politicastros del telediario no tomaría ese rumbo. De nuevo echaría a la familia un nuevo mitin cargado de idealismo e ideología sin revelar ni un solo detalle de su participación en los frentes varios en los que estuvo.
Esdras, que era un niño superdotado (de los que hoy llaman de altas capacidades, sin que nadie hoy, como entonces, se preocupe por ellos ni tampoco de orientarlos), quería conocer la historia de su abuelo en aquella terrible guerra de la que él no quería hablar… Mucho menos la abuela. Contempló a su abuelo ansioso y, antes de que aquél siguiese hablando, el niño pestañeó dos veces y se atrevió a preguntarle al abuelo:
—¿Mataste a muchos en la guerra, “lelo”?
El abuelo se quedó estupefacto y calló de repente, al tiempo que enrojecía no ya por la cólera de antes, sino también por el brete que suponía que su nieto de ocho años le preguntase aquello. No se lo había contado ni a sus hijos; pero su nieto favorito era otra cosa. No sabía dónde meterse ni cómo escurrir el bulto esa vez. Ni siquiera iba a soltar el famoso: “calla niño, me cago en la hostia”, que le había soltado siempre a sus hijos ante esa pregunta.
—Bueno, “madremiongo”… verás… —comenzó a decir de forma atropellada el abuelo.
El padre de Esdras y el tío Gonzalo, que era el marido de la tía Marta, no podían disimular la risa, pero se guardaban mucho de explotar en carcajadas delante y a costa de su suegro.
Así, hasta que la abuela acudió al rescate con una frase lapidaria:
—Mira lo que consigues con tus chorradas. ¡Bastantes fantasías tiene este chiquillo en la cabeza como para meterle más! Tú y tus bobadas…
Todos respiraron aliviados; el abuelo, en especial. Todos menos Esdras, que se había quedado con dos palmos de narices y porfiaba en su interior por insistirle a su abuelo. Pero, la oportunidad ya había pasado.
El abuelo, que de tonto no tenía un pelo, se dio cuenta y, para salir del todo de aquella incómoda situación que él mismo, sin querer había provocado, le pasó la mano por la cabeza a su nieto y le dijo:
—Mira a ver, “madremiongo”, si sintonizas la tele otra vez y ponla en la primera cadena. Esa vieja tele no hace más que desprogramarse.
Esdras no dijo una palabra, pero esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Una vez más, su abuelo le pedía ayuda para arreglar el viejo televisor en blanco y negro y, una vez más, su abuelo confiaba en sus capacidades. A buen seguro, si conseguía arreglarlo, su abuelo le recompensaría con veinte duros para jugar en las máquinas recreativas del salón que había debajo de casa de los abuelos o, tal vez le dejase fisgar en su nutrida colección de libros sobre la guerra.
El abuelo no soltaba prenda. Pero, al ojear los libros y revistas que su abuelo guardaba sobre la guerra civil, Esdras se imaginaba a su abuelo participando en cada batalla.
—Ayudadme un poco vosotras a preparar la cena —les dijo la abuela a Elena y a la tía Marta —A ver si, mientras tanto, van llegando los demás.
El televisor en blanco y negro del abuelo era viejísimo. Esdras no tenía ni idea de los años que aquel aparato podría tener. Pero su abuelo le había dicho que era, por lo menos, diez años más viejo que él mismo.
Lo único que Esdras sabía es que debía, como la primera vez que metió mano a aquel aparato, sintonizar la banda UHF y buscar así los canales de televisión. La primera vez lo había averiguado por pura intuición y ni se acordaba de cómo consiguió convencer a su abuelo para que le dejase meter mano a “la tele”. Dejó a su abuelo complacido y con la boca abierta. Ahora era más fácil todavía.
Sin embargo, Esdras no sólo se demoró en sintonizar la primera y segunda cadenas, sino también las recientemente introducidas Antena 3 o Telecinco. Cualquier cosa con tal de complacer de nuevo a su abuelo.
Una vez que consiguió arreglar el televisor diez años mayor que él, Esdras, fue a sentarse sobre las rodillas de su abuelo. Se quedó un rato allí, esperando que su abuelo le dijese algo. Pero, una vez más, el abuelo se había quedado pasmado y con la boca abierta, mientras aguantaba estoicamente el peso de su nieto sobre sus viejas rodillas.
Ninguno de los hombres que allí habían quedado habló en un rato. Y sí, Esdras se sentía como un hombre, igual que su abuelo, su tío o su padre allí presentes. Y aquéllos, pese a ser la autoridad, le hacían sentir como otro hombre en ocasiones. Todos se quedaron viendo a Concha Velasco en la tele.
Las mujeres, desde la cocina, hablaban de otras cosas mientras hacían la cena de aquella Nochebuena de 1991. Sólo la tía Marta parecía discutir sobre la situación y no tenía muy buena cara. Pero, con los abuelos presentes, poco se podía discutir.
En cualquier caso, Esdras no les prestaba más atención de la debida, entre otras cosas porque no entendía nada.
Tampoco prestaba más atención de la debida a la tele. El programa no le interesaba. Aunque Concha Velasco le caía simpática. Ya estaba entrada en años entonces, pero seguía teniendo unas piernas espectaculares. Sin embargo, Esdras la veía como a una maestra del colegio.
Al cabo de media hora, tocaron al timbre de la puerta de la casa de los abuelos. La tía Marta fue a abrir de forma apresurada y, seguramente, deseando escapar de la cocina por un rato.
Al punto se escuchó el alboroto de tres niñas. Eran las primas Mónica y Lorena. Esdras estiró el cuello para verlas mejor, pues hacía varios meses que no las veía. Con ellas venía la hermana de Esdras, de diez años, igual que los que tenía la prima Mónica. La prima Lorena era casi tan vieja como la tele para Esdras. Ella tenía dieciséis años.
Aquel jolgorio de niñas no tardó mucho en entrar en el modesto piso de protección oficial de los abuelos. Las tres niñas entraron primero a la cocina y luego al salón, para saludar a todos los allí presentes. Cuando fueron a saludar a Esdras y al abuelo, a los que habían dejado para el final, el abuelo, que no aguantaba un minuto más al nieto en las rodillas dijo:
—“Madremiongo”, toma veinte duros y baja con tu hermana y con tus primas a jugar a las maquinitas.
No era que el abuelo no disfrutase de su nieto, pero aquellas viejas rodillas, que en otro tiempo se habían arrastrado por el barro y las trincheras, ahora ya no estaban para muchos trotes.
Esdras, cogiendo los veinte duros que le daba su abuelo, se incorporó de un salto, logrando que el abuelo se doliese en silencio. El anciano suspiró aliviado, acto seguido, cogió su inhalador en aerosol e inhaló profundamente un par de veces, para aliviar sus viejos pulmones, en uno de los cuales tenía una mancha del tamaño de una moneda.
Esdras y las tres niñas, con grande alborozo y jolgorio, salieron del piso y bajaron atropelladamente hacia el salón de juegos de debajo. Su alboroto aún podía oírse mientras bajaban por las escaleras del portal.
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