Dije una vez que el tiempo se ocupó de Babel y que dejó al navegante sin la luz de Alejandría. Dije que yo era un recuerdo lejano, una agonía formulada para el olvido de otros.
Pero hoy, el tiempo me ha devuelto la vista. Ustedes están allá, estáticos, figurantes de un teatro cuyas luces ya se han apagado, mientras yo camino por una ciudad que no los nombra.
No hay desamparo en este silencio, hay la paz de quien ya no espera ser rescatado. Si el recuerdo quema, es porque yo le doy fuego; si el recuerdo muere, es porque le niego el aire.
Ya no soy el pasaje hacia el olvido de nadie, soy el dueño de mi propio vacío, libre de la carga de ser recordado, vivo en la gloria de no ser, por fin, de nadie.
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