Acaso el tiempo —ese artesano negligente— persiste. Hundió a Rodas y su centinela, dispersó la prudencia de Constantinopla, dejó al navegante sin la falsa aurora de Alejandría.
Acaso ordenó la confusión de Babel, zanjó disputas en Atenas, clausuró a Delfos y sus respuestas tardías; después, abandonó a los sabios.
Acaso ignora que el porvenir no le pertenece del todo: los intentos, los amores —buscados, hallados—, esa divinidad menor que usurpa el pensamiento.
Acaso esta vez erró, con una ceguera metódica, y dejó a un desdichado.
Acaso mi agonía no es su obra: ellos allá; yo, un recuerdo que no llega.
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