CAPÍTULO I
LA GUERRA NO CAMBIA NUNCA
—¡La guerra no cambia nunca! —exclamó John, ante el espejo. Esa frase era parte fundamental del discurso que estaba ensayando.
—Esta noche vas a arrasar en el Salón de Veteranos, cielo —dijo una voz femenina tras él.
Se trataba de su mujer, Caroline, que venía de atender al pequeño Damien, el hijo de ambos. El bebé había estado llorando todo el tiempo que John había pasado en el cuarto de baño, ensayando el discurso que daría esa noche ante cientos de veteranos del ejército, como lo era él mismo.
La mayoría eran veteranos de la batalla de Anchorage, contra las tropas chinas. John no podía evitar recordar aquellos días pavorosos. Un recuerdo permanente de ello lo tenía plasmado en la cara en forma de cicatriz. Empezaba en la frente, por el lado derecho, bajando hacia su mejilla. Había sido un corte profundo; pero, por suerte, no había afectado al ojo.
John trató de borrar sus recuerdos de Anchorage de su mente, a pesar del recordatorio constante que suponía esa cicatriz y otras que tenía en el cuerpo. Trató de centrarse en su discurso y lo amuebló mentalmente. Se ayudó pensando en que Caroline había conseguido calmar por fin a Damien. A él se le daba muy bien calmar al niño, pero en ese momento y ese día no estaba para otra cosa que memorizar su discurso y ensayarlo. No quería bloquearse esa noche delante de sus antiguos compañeros del ejército y ni mucho menos delante de otros veteranos, cuya forma de pensar y sentir era tan distinta a la de su generación.
—¿Crees que estaré a la altura de las expectativas? —preguntó John finalmente.
Caroline se le acercó por detrás, deslizó sus delicadas manos por la cintura de su marido, le besó en la nuca y al fin dijo:
—Vas a estar fantástico. Tan solo procura mantener la cabeza fría. No te pongas nervioso. Tampoco es que vaya a estallar otra guerra… ¡Ahora termina y deja de acaparar el espejo!
John se sintió más calmado con esas palabras de su mujer. Se giró y encaró a Caroline, mirando de forma tierna a sus ojos verdes. No cruzaron más palabras, pero él la besó. Era su forma de agradecerle su apoyo. Ambos se fundieron en un abrazo más estrecho.
El sonido del timbre de la casa interrumpió a la pareja. Caroline se separó un poco de John. La mirada verde de ella se cruzó de nuevo con la de John. Sonrió y dijo:
—Ve a ver quién es. Seguro que se trata otra vez del vendedor de Vault-Tec. Lleva varios días viniendo y preguntando por ti. Yo iré a ver cómo está el otro hombre más importante de mi vida.
—Iré a ver qué quiere vendernos —respondió John, mientras se alejaba de su mujer hacia la puerta del cuarto de baño.
John salió del cuarto de baño hacia el pasillo de su casa, el cual se comunicaba directamente con la cocina de estilo americano y el salón recibidor. Una vez allí observó que el televisor estaba encendido y había comenzado el telediario. John no hizo el menor caso a lo que allí se decía, aunque observó que el conductor del noticiero estaba hablando de las nuevas tensiones entre China Roja y la Unión Americana.
Por instinto, John volvió a rememorar la batalla de Anchorage. En aquella ocasión, los chinos habían invadido Alaska con el fin de hacerse con las reservas de petróleo de la zona. El gobierno americano reaccionó de inmediato, movilizando al ejército y enviando tropas para repeler la invasión comunista. Pero, para ello, los americanos debían cruzar Canadá.
Canadá se había mantenido neutral en el conflicto y sus relaciones con la Unión Americana no pasaban por su mejor momento. De manera que, el gobierno americano decretó de forma unilateral la anexión de su vecino del norte, como lo había hecho antes con Méjico.
Antes de enfrentarse a los chinos en Anchorage, el joven John Francis Gaunt y su unidad, serían desplegados en Canadá, donde la Unión Americana, tendría una actuación digna de un estado totalitario.
El timbre de la casa volvió a sonar de forma insistente y con gran estridencia, sacando a John de lo más profundo de sus recuerdos.
—¡Voy enseguida, no se impaciente! —dijo John en voz alta, confiando en que el vendedor de Vault-Tec le escuchase.
Acto seguido, John se encaminó a la puerta de entrada de su casa y la abrió.
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