A medio metro de la gloria

A medio metro de la gloria

Sergio Solis

12/01/2026

El 22 de noviembre de 2022 aprendimos, de la manera más amarga posible, que el destino suele ser un tipo bastante arbitrario y que en el estadio Lusail, contra todo pronóstico y contra cualquier lógica razonable, la Selección podía caer ante Arabia Saudita en un debut que todos suponíamos ganado de antemano. 

Estaba en los papeles y en las charlas de café, pero los partidos hay que jugarlos porque las probabilidades, por más que jueguen a tu favor, no son más que una construcción teórica, una estadística fría que siempre deja abierta una pequeña hendija por donde se cuela la posibilidad de que el resultado sea adverso y te deje mirando el pasto sin entender absolutamente nada.

Así me siento hoy, después de que esa mujer que esperé ver durante años finalmente me invitara a salir, permitiéndome creer que la historia estaba escrita antes de empezar. Aunque la pasamos genial, nos reímos y hubo ese ida y vuelta que uno siempre sueña encontrar, el resultado final no fue el esperado y nos quedamos sin eso que hubiera cerrado la noche con justicia. Yo soy muy partidario de esa idea de que lo que viene fácil se va de la misma manera, pero tampoco hay que abusar de la pavada, porque hay momentos donde uno siente que ya hizo todo el gasto y que la pelota, por una cuestión de decencia, simplemente tiene que entrar.

Todavía no logro explicar por qué no se dio, si estaba ahí, servida, apenas a medio metro de la gloria, exactamente la misma distancia que separaba su boca de la mía en el silencio de la despedida. Pero bue, los goles hay que hacerlos y no sirve de mucho andar explicando por qué no entraron, porque podés analizar mil variables y buscar excusas en la táctica, pero al final del día una jugada planeada y estudiada no sirve para nada si no tiene un resultado que la acompañe. 

Ese consuelo de la «nobleza de los recursos» se lo dejo a Bielsa. Yo, qué querés que te diga, a esta altura de mi vida soy bilardista. A mí me falta el gol. A mí me falta el beso. Y me queda esta sensación amarga de haber jugado el partido de mi vida, solo para descubrir que el fútbol, como el amor, no sabe absolutamente nada de justicia.

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