El 31 de diciembre, a las seis de la tarde, el termómetro de la cocina marcaba cuarenta grados. No eran cuarenta de sensación térmica, no. Eran cuarenta reales, con el sol pegando en la chapa del techo como si estuviéramos adentro de un horno pizzero. En Crónica un zócalo rojo gritaba «¡Fin de año con alerta naranja!» y mi vieja, que ya había hervido los huevos para la ensalada rusa, se abanicaba con la tapa de una caja de zapatos Grimoldi.

Yo estaba en patas, con la remera pegada a la espalda y una birra en la mano que, a esa altura, era puro meo. Me acerqué a la heladera para buscar una de repuesto y ahí pasó: ¡PUM! Se fue la luz.

Primero pensé que era un bajón de tensión, pero cuando el ventilador dejó de girar y el silencio se volvió espeso, supe que la cosa venía en serio. Era un corte de energía de esos que no avisan, de los que no piden permiso; de los que te dejan con la mayonesa a medio batir y el vitel toné en penitencia.

Mi viejo, que estaba en la galería con la radio a pilas, pegó el grito sagrado:

—¡Otra vez estos hijos de puta! ¡Siempre lo mismo!

Mi tía Norma, que había traído una ensalada Waldorf que nadie iba a tocar, se persignó como si el apagón fuera el séptimo sello del Apocalipsis, y yo, resignado, metí la cabeza en el freezer como quien busca la salvación en lo inevitable.

A las nueve de la noche estábamos todos en cuero, con las ventanas abiertas y los mosquitos haciendo fila como porteños en la Noche de los Museos. El hielo se había rendido a la lógica del trópico suburbano, las gaseosas parecían caldo y la sidra, que habíamos comprado con tiempo para que a las 00:00 estuviera helada, tenía la temperatura de un mate mal cebado.

Siendo las once volvió la luz y hubo un aplauso tímido. No fue un aplauso de alegría, sino de puro sarcasmo, como cuando al mozo se le cae una bandeja, así. Corrimos a meter las botellas al freezer pero ya nada se podía hacer. A las doce, cuando brindamos, el líquido burbujeante estaba caliente, intomable, rasposo… Así que levanté la copa, miré al cielo y, con la solemnidad que solo te da el fracaso, dije lo que todos estábamos pensando:

—Edenor, la concha de tu madre.

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