Cuando el dolor hecho víbora me mordió el corazón, sentí mucha ira, pero después le agradecí, porque su veneno hecho sufrimiento no podía sentarle mejor a mi casi extinta vida. Pues solo cuando se está expuesto a la muerte se aprecia la vida.
Le agradecí con lágrimas en los ojos por haberme traído hasta aquí, por darme la oportunidad de recordar lo que fui; juguete y sentimiento. Fui juguete de aquel que decía me amaba y convencida de ese amor detuve el tiempo a mis pies para recibir las mieles que solo el amor ofrece; recibí ilusión, melancolía, dolor, soledad, miedo y finalmente abandono y silencio. Con el silencio despertó en mí el grito y el tiempo corrió de mis pies, dejándome lejos y yo corrí detrás de él para que no me dejará sucumbir y así jugó él conmigo y yo con él.
Fui sentimiento, ese enfrentamiento eterno entre la racionalidad y la emoción, esa guerra parecida a un pozo sin fondo. Fui sentimiento que recibió demasiado silencio, abandono y duda. Yo siendo lo que soy, recibí y tragué hasta que mi corazón se llenó y siendo un ser solitario como soy, me fui con un adiós atragantado en la garganta y el cadáver de un amor que no pudo florecer en medio de tu yerta emoción. Así que, después de todo, si algún día decides sacar de su soledad a un solitario para amarlo, vale pues que no lo devuelvas vivo, si lo devuelves a su rincón, asegúrate pues primero de matarlo.
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