El círculo no gira: respira.
Eso fue lo primero que comprendí al mirar el Yin y el Yang como quien observa un reloj que no da la hora, sino la conciencia. Blanco y negro no como banderas enemigas, sino como antiguos amantes que aprendieron a no existir el uno sin el otro. Separados, sí, pero abrazados por una frontera curva, viva, incapaz de ser recta, porque la vida desconfía de las líneas perfectas.
Cuidado con los símbolos demasiado bien peinados; suelen ocultar un desorden innecesario.
Lo verdaderamente inquietante no es la división, sino ese punto minúsculo, casi insolente, del color contrario incrustado en cada mitad. Un lunar metafísico. Un error voluntario del universo. Como si la realidad, harta de dogmas, hubiese decidido sabotear cualquier intento de pureza. Porque la pureza —susurra el silencio— es siempre una forma elegante de la muerte.
En la luz más intensa habita una sombra que no pide perdón: es el límite, el cansancio, el recordatorio de que incluso el sol se pone. Y en la oscuridad más cerrada palpita una chispa que no se resigna: una esperanza clandestina, un futuro que ensaya su entrada por la puerta trasera del tiempo. Nada es total. Nada debería serlo.
(Los absolutos suelen hablar en mayúsculas y caminar en fila; desconfía de ellos.)
Así funciona mi mente —o así intenta funcionar—: como un territorio fronterizo donde las ideologías llegan con pasaporte falso. No me afilio a verdades que se proclaman eternas, porque he visto cómo envejecen. Prefiero el equilibrio inestable, ese arte menor y humano de sostener dos ideas opuestas sin que se maten entre sí. No por tibieza, sino por lucidez.
El mundo no cabe en un uno ni en un cero. Esa es la gran trampa de la época: creer que la realidad se deja reducir a un interruptor. Encendido o apagado. Conmigo o contra mí. Pero el mundo —ese animal contradictorio— es analógico, borroso, lleno de matices que no obedecen órdenes binarias. El mundo es humano, y lo humano duda, se equivoca, se corrige, sueña.
(Cuando alguien te ofrezca una verdad cerrada, pregúntale dónde dejó las ventanas.)
Buscar el equilibrio no es neutralidad cobarde, sino un acto de valentía silenciosa. Es aceptar que la verdad no grita, murmura. Que no se impone, se insinúa. Que a veces se esconde justamente en lo que no se dice, en ese espacio entre el blanco y el negro donde el círculo sigue respirando, ajeno a nuestras ganas de congelarlo.
Y quizá —solo quizá— lo real no sea que los opuestos convivan, sino que nosotros, criaturas torpemente conscientes, sigamos intentando comprenderlos sin romper el círculo.
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