Yo estaba al fondo.
No por distancia, sino por pudor. Hay dolores que no se colocan en primera fila. Se escuchan mejor desde atrás, donde uno puede llorar sin interrumpir el ritual.
El funeral era imaginario, claro. Nadie lo habría entendido del todo. No había ataúd, ni flores obligatorias, ni discursos ensayados para la muerte correcta. Aún así, todo ocurría con una solemnidad indiscutible: la gente subía, saludaba, bajaba la cabeza, se secaba los ojos como si supiera exactamente qué debía hacerse cuando se despide a alguien que fue hogar.
Desde el fondo vi cómo algunos se acercaban con torpeza, como pidiendo permiso para sentir. Otros lloraban sin entender por qué. Yo sí lo sabía. Ívar no había sido “solo” un gato. Ívar había sido una forma de estar en el mundo.
Escuché palabras que no nombraban del todo la pérdida, pero la rodeaban con respeto. Gratitud. Compañía. Presencia. Amor. Nadie decía su nombre en voz muy alta, como si temieran que al pronunciarlo algo se quebrara definitivamente.
Cuando mencionaron la dedicatoria —A mi sol, mi luz— sentí que el aire se volvía espeso. No era una metáfora exagerada: Ívar había iluminado días enteros sin hacer ruido. Había sostenido rutinas, silencios, madrugadas. Había enseñado que el amor no siempre se explica; a veces simplemente se queda.
Vi a alguien subir los escalones con los hombros vencidos. Saludar. Llorar. Decir gracias por algo que no sabía cómo nombrar. Vi cómo otro se levantaba solo para asentir, como quien reconoce una verdad íntima que no necesita palabras.
Yo no subí.
Me quedé atrás, escuchando todo el proceso: el orden fingido, el duelo real, la despedida que no termina de ser despedida. Porque Ívar no se iba del todo. Permanecía en los gestos, en los espacios, en la memoria que insistía y sobretodo en mí.
Cuando todo terminó —cuando ya no quedaba nadie por saludar ni lágrimas visibles— entendí que ese funeral no era para la muerte, sino para la huella. Para esa marca indeleble e infinita que dejan los amores que no piden nada y lo dan todo.
Desde el fondo, pensé algo simple y definitivo:
hay presencias que no mueren.
Solo cambian de forma.
Y salí en silencio, como se sale de los lugares sagrados. Salí sin vida de ahí.
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