La historia me fue referida en una de las mesas del fondo del café La Paulina, entre el humo de los cigarrillos y el desgano de una tarde de 1942. Se dice que el protagonista fue un tal Pedro Salvadores, o quizás un oscuro pariente de los Acevedo; lo cierto es que su vida, hasta aquella noche, no había sido más que una serie de fechas sin importancia y de trámites burocráticos en una oficina de rentas.
Spinoza ha escrito que todas las cosas anhelan perseverar en su ser; Salvadores, sospecho, solo anhelaba la costumbre. Sin embargo, el destino —que como se sabe es ciego e implacable— le tenía reservada una revelación en un callejón de extramuros.
Fue una noche de barro y de luna resentida. Salvadores caminaba hacia el Maldonado cuando lo detuvieron tres hombres. Eran los instrumentos de una vieja venganza de la que él ni siquiera formaba parte, pero el odio, como la geometría, no requiere de la voluntad de sus elementos. El filo de un puñal brilló con una luz que pareció venir de otro tiempo.
En ese instante de terror, algo ocurrió. Salvadores no vio su pasado, sino que comprendió su porqué. Entendió que su vida entera —los domingos de lluvia, la aridez de los libros de contabilidad, el sabor del café frío— había sido una lenta y laboriosa preparación para ese encuentro. Supo que él no era el hombre que temía, sino el hombre que aceptaba.
Esa certidumbre —ese porqué— lo transfiguró. Los «cómos» de su muerte inmediata (la herida en el pecho, el frío que sube por las piernas, la soledad del barro) se le antojaron meras contingencias físicas, tan triviales como la tipografía de un libro cuyo argumento ya conocemos. Se dice que no retrocedió. Se dice que recibió el acero con una suerte de cortesía, casi con alivio, porque en el centro del peligro había encontrado, por fin, la justificación de su sombra.
Al fin y al cabo, cualquier destino, por vasto que sea, se reduce a un solo segundo: el segundo en el que el hombre sabe, de una vez y para siempre, que es más fuerte que su propia muerte.
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