La señora que se robaba el sol

La señora que se robaba el sol

Marce Rovein

07/01/2026

Los días de niño lo mantenían sumamente ocupado. Salía de la casa dando un portazo y cruzaba la calle, que ardía como lava en esos días de verano. Siempre andaba descalzo; no había forma de que su madre lo convenciera de usar zapatos. A veces lo obligaba y a él no le quedaba otra, pero más tarde, cuando salía de casa, se quitaba las zapatillas y las medias y las dejaba atrás de un arbusto. Así, descalzo, cruzaba la calle hirviendo y golpeaba la puerta de Lucas.

Eran inseparables. Querían comer, dormir, mirar la tele e ir a la plaza con la familia, todo juntos. Qué fantasía en esos días. Eran dueños del mundo.

A veces jugaban a que eran oficinistas descalzos y dibujaban sus computadoras en pedazos de cartón. Cuando terminaban el diseño, ya se habían cansado del juego y saltaban a otra cosa, así sin más.

Se subían a los paredones a robar ciruelas verdes, que eran horribles, amargas y duras. Igual se las comían. Calientes.

Buscaban caracoles y gusanos y bichos bolita, y los estudiaban como biólogos especializados.

Un día escucharon en algún lado que podían juntar aluminio y vendérselo al chatarrero del barrio a cambio de algunas monedas.

Se pasaron días enteros juntando chatarra y preguntándole a su papá qué era aluminio y qué no. A su papá no le importaba. En realidad, le daba algo de orgullo que su hijo sea así de emprendedor. Ah, pero su mamá era otro cuento. Le hubiese dado un discurso sobre la dignidad y la vergüenza, y que él no necesitaba hacer esa estupidez, no vaya a ser que los vecinos piensen que estaban pasando necesidades. Así que nunca le dijo a su madre.

Cuando tuvieron dos bolsas arpilleras llenas de latas y cacharros, fueron con el chatarrero, orgullosos y sonrientes. El tipo era un panzón sucio, siempre con gorra; pesó las bolsas, les sonrió con lástima y les dio una moneda de cincuenta centavos a cada uno, seguramente más de lo que merecían.

Ellos se gastaron el dinero en golosinas y alfajores, que en 30 minutos ya no existían.

Qué deliciosos esos días. A veces se acostaban al sol, panza arriba en el pasto, y charlaban por horas de universos posibles.

En el hospital del pueblo había dos nogales gigantes, que a veces escalaban y convertían en castillos y ciudades en guerra. Cruzando la calle del hospital vivía Remigio, que en la siesta del pueblo se sentaba en el camioncito de pintor que estacionaba frente a su casa y los observaba con binoculares.

A las 4, su mamá, o la mamá de Lucas, los llamaban para merendar. Chocolatada fría. A veces veían caricaturas, pero claro que preferían el mundo de oportunidades del exterior, porque ahí afuera la imaginación no tenía límites.

Su mamá era enfermera en el mismo hospital donde ellos salían a jugar. Él estaba acostumbrado a entrar y salir como si fuera su casa. Conocía cada rincón y cada habitación, y todos lo conocían.

Por nada hubiese cambiado esos días felices y plenos. Pero nadie le dio la opción.

Fue un día que entró corriendo al hospital por la puerta de atrás, que daba al pasillo de habitaciones. Tenía la misión de encontrar a su mamá. El hospital estaba en silencio absoluto, con sus paredes blancas y frías y sus camas de metal. Entró de golpe a la habitación que hacía días ocupaba una viejita del pueblo. La muerte lo chocó de frente, dura y escalofriante. Él se quedó parado, de golpe, a pasitos de la anciana que reposaba en la cama. La panza se le llenó de aire pesado y sofocante, angustiante que le dejó doliendo la garganta, como gritos atrapados. La risa, y el sol, y la infancia que traía pegada cayeron detrás de él como ropa sucia. La mujer tenía los ojos abiertos y la boca, ¡ay!, esa boca entreabierta apenas, nunca podría olvidarla. Como si un ser invisible le aspirara desde arriba la vida. Olía a suero. Olía a pañales de adulto y a la limpieza clínica. Un poco de la niñez se le escapó esa tarde. No, más bien se rajó, como una pared vieja. Ay!, pero esa boca entreabierta y la piel pálida, casi transparente, casi translúcida, casi como una cortina de gasa que apenas cubría los huesos. No entendió bien entonces. Alguien lo encontró así, parado y sin poder decir ni A, y lo sacó en el aire. Y lo mandó a la casa. Como si nada. La vida continuó. Ah, pero esa boca con esos labios finitos, con esa dentadura postiza que sobresalía un poco de la boca, y la boca apenas entreabierta. La muerte, la viejita sola, translúcida y muerta.

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