En la ciudad de San Telmo de Arriba, donde los trenes se atrasaban por pudor y las sombras tenían la costumbre de conversar entre ellas antes de acostarse, vivía Evaristo, un hombre que coleccionaba verdades pequeñas, de esas que caben en el bolsillo, pero pesan como un ladrillo mojado.

Evaristo trabajaba en la Fábrica de Voluntades, un edificio tan antiguo que las paredes recordaban conversaciones que nadie había dicho. Allí, cada tarde, el capataz anunciaba con voz de misa:

—Compañeros, hoy toca trabajo voluntario obligatorio.

Y todos asentían, porque en San Telmo de Arriba la lógica era un animal doméstico que se dejaba acariciar pero nunca desobedecer.

Una noche, mientras Evaristo caminaba hacia su casa, la luna salió antes de tiempo, como si tuviera prisa por supervisar el turno nocturno. Entonces, desde un banco de la plaza, un hombre flaco, despeinado y con un abrigo que parecía hecho de metáforas mal dormidas, le dijo:

—La noche llega cuando sale la luna, pero no porque quiera, sino porque alguien tiene que marcar el inicio de las cosas.

Evaristo lo reconoció de inmediato: era  el maestro del pueblo, o al menos una versión suya escapada de un libro que nadie había terminado de leer.

—Maestro —dijo Evaristo—, yo colecciono verdades muy cortitas. ¿Quiere escuchar algunas?

Julio sonrió como quien abre una ventana para que entre un pájaro.

—Lánzala, —pidió.

Evaristo respiró hondo, como si fuera a sumergirse en un río.

—La tecnología usada para el trabajo aumenta la productividad —dijo—, pero no la alegría.

El maestro chasqueó la lengua.

—Eso no es una verdad —corrigió—. Eso es un espejo. Y los espejos, cuando se los mira demasiado, devuelven mordiscos.

Siguieron caminando juntos. La ciudad parecía escucharlos, inclinando sus balcones como orejas antiguas.

—Otra —pidió Julio.

—El día sin sol es un desperdicio —dijo Evaristo.

—No, querido —respondió el profesor—. El desperdicio es creer que el sol viene de arriba. El sol lo fabrica uno, con lo que tiene a mano: un recuerdo, un té tibio, una mujer que se ríe de costado.

Llegaron a la esquina donde empezaba el barrio de los Socialistas Imaginarios, un lugar donde las paredes tenían consignas que se borraban solas para no comprometerse. Allí, Evaristo dijo su última verdad:

—La plusvalía absoluta y la plusvalía relativa son enormes en los países llamados socialistas.

El maestro se detuvo. Miró el cielo, como si buscara una nota al pie escrita en las estrellas.

—Eso sí que es una verdad cortita —dijo—. Tan cortita que duele. Porque las palabras “absoluta” y “relativa” se pelean entre sí, pero al final siempre ganan las dos.

Evaristo guardó silencio. La luna, que había estado escuchando, bajó un poco para alumbrarles mejor el pensamiento.

— ¿Y qué hago con estas verdades, maestro? —preguntó.

Julio se encogió de hombros.

—Lo mismo que hago yo: contarlas. Las verdades cortitas son como los mininos. No sirven para obedecer, pero acompañan.

Y así, mientras la noche se acomodaba en los techos como una lechuza enorme y satisfecha, Evaristo comprendió que sus verdades no eran solo suyas. Eran semillas. Y que algún día, en algún lector, crecerían como árboles torcidos pero necesarios.

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