Aquella mañana el tiempo amaneció cansado.

Aquella mañana el tiempo amaneció cansado.

No detenido —eso habría sido demasiado espectacular—, sino fatigado, como un viejo funcionario que sigue sellando papeles, aunque ya no cree en los formularios. El hombre lo notó al mirarse las manos: no parecían venir de ayer ni ir hacia mañana. Simplemente, estaban allí, cumpliendo su humilde oficio de existir.

Recordó entonces una frase que nunca había leído, pero que sabía suya desde siempre:
el tiempo no pasa por el reloj, pasa por la mente.

Desde niño había vivido acumulando instantes como quien guarda recibos inútiles: agravios, culpas, glorias mínimas, promesas rotas. Ese archivo invisible era su karma. No una cuenta pendiente con el universo, sino una memoria insistente que se repetía bajo disfraces nuevos.

Cada ofensa recordada era el pasado reclamando futuro.
Cada miedo anticipado era el mañana colonizando el presente.

Y así el tiempo psicológico —ese del que hablaba Krishnamurti sin nombrarlo nunca dos veces igual— seguía fabricándose a sí mismo.

El hombre comprendió algo inquietante: el karma no se movía en el mundo, se movía en él. El universo, en cambio, permanecía inocente. Las piedras no guardaban rencor. Los árboles no acumulaban biografías. El río no recordaba sus curvas pasadas. Solo la mente insistía en prolongarse.

Una tarde, mientras observaba una hormiga cargar un trozo de pan más grande que su historia personal, ocurrió lo imposible: no pensó nada. No interpretó, no comparó, no recordó. No hubo observador separado del hecho.

En ese instante —breve como una respiración que no se nombra— el tiempo psicológico se deshilachó.

No hubo iluminación.
No hubo música.
No hubo promesa de salvación.

Pero el karma, privado de pasado y de futuro, no encontró dónde apoyarse.

Dijeron los maestros que cuando hay atención total, no hay acumulación. Y sin acumulación, no hay continuidad del yo. Y sin yo, el karma se vuelve un cuento que ya nadie está contando.

El hombre lo vio con claridad: cada vez que reaccionaba desde la memoria, el mundo parecía responderle. No porque el universo escuchara, sino porque él se estaba escuchando a sí mismo una vez más. Repetía el mismo gesto interior esperando un desenlace distinto.

Pero cuando hubo solo observación —sin elección, sin huida, sin aplauso— la realidad dejó de repetir.

Desde entonces, vive con una extraña ligereza. No porque haya resuelto su pasado, sino porque ya no lo arrastra hasta el presente. El futuro, por su parte, perdió autoridad: dejó de dictarle amenazas y recompensas.

El karma no fue redimido.
Fue disuelto.

Como se disuelve la niebla cuando nadie intenta empujarla.
Como se disuelve el tiempo cuando el pensamiento deja de perseguirse a sí mismo.

Y el universo —ese vasto escenario sin intención— siguió siendo lo que siempre fue: un silencio perfecto, al que solo el pensamiento humano le había puesto eco.

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