Cuando el karma le visita.

El hombre descubrió el karma una tarde cualquiera, sin relámpagos ni revelaciones, mientras barría el patio de su casa y encontraba, por tercera vez en la semana, la misma hoja seca regresando al mismo rincón. No era la hoja lo que le inquietaba, sino la insistencia del mundo en repetir un gesto ya vivido, como si la realidad tuviera mala memoria o, peor aún, una memoria demasiado fiel.

Pensó entonces —con ese pensamiento que no pide permiso— que el universo debía de ser un animal doméstico: aprende por repetición, se acostumbra a nuestras manías y acaba imitándonos.

Cada vez que el hombre mentía, el aire se volvía un poco más denso, como si las palabras falsas engordaran la atmósfera. No era culpa ni castigo; simplemente costaba más respirar. Cuando decía la verdad, en cambio, algo imperceptible se acomodaba en los objetos: la silla dejaba de cojear, el reloj recuperaba un segundo extraviado, la sombra coincidía por fin con el cuerpo.

Nadie le explicó nunca que eso era el karma. Nadie se lo enseñó en libros ni en templos. Lo supo del mismo modo en que se sabe que va a llover: por una tensión en los huesos, por un silencio sospechoso de los pájaros.

Con el tiempo comprendió que el karma no llevaba cuentas, no tachaba nombres ni levantaba actas. Era más bien un eco mal educado: devolvía todo lo que uno arrojaba, pero con la voz cambiada. Un insulto regresaba convertido en una piedra en el zapato; una ternura olvidada reaparecía como un vaso de agua justo antes del desmayo. Nada era inmediato, nada era justo, pero todo era exacto.

El error más común —y él lo cometió durante años— fue creer que el karma vivía en los acontecimientos. En la enfermedad, en la pérdida, en la ruina, en ese amor que se iba sin despedirse. Tardó en descubrir que el karma no estaba en lo que pasaba, sino en la manera en que él se sentaba frente a lo que pasaba. La desgracia podía atravesar la casa como un viento fuerte, pero era la respuesta del dueño lo que decidía si las ventanas se rompían o si el polvo encontraba al fin su lugar.

Un día, sin saber cómo, dejó de reaccionar. No por sabiduría, sino por cansancio. Y ocurrió entonces algo insólito: el karma, privado de alimento, empezó a adelgazar. Los viejos rencores ya no encontraban dónde colgarse, las culpas se deshacían como papeles mojados, y hasta los errores del pasado parecían pedir disculpas antes de retirarse.

Comprendió —con una claridad que no hacía ruido— que el karma no era una condena heredada, sino una costumbre mal vista. Algo que persiste solo mientras no se lo mira de frente.

Desde entonces, el hombre camina con cuidado, no por miedo al castigo, sino por una cortesía elemental con la realidad. Sabe que cada pensamiento deja una huella, como los pies mojados sobre el piso recién limpiado del mundo. Y también sabe algo más inquietante y liberador: que basta ver la huella en el instante en que se produce para que el suelo vuelva a secarse.

Porque el karma —ese viejo narrador invisible— no se disuelve pagando deudas, sino despertando en mitad del cuento y descubriendo que la pluma siempre estuvo en la propia mano.

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