La casa olía a polvo y a cera, como siempre. Julia revisó por tercera vez la cerradura, intacta. Sin embargo, cada mañana, el cuadro del pasillo amanecía torcido. Era una marina anodina, heredada. Lo enderezaba con un suspiro, atribuyéndolo a vibraciones del metro.

Esa tarde, al ajustarlo, notó una fisura ínfima en la pared detrás del marco. Con la uña, ahondó. El yeso cedió como arena seca. Un hueco negro la observaba. Introdujo la mano, temblorosa. Sus dedos rozaron una superficie fría y metálica. La extrajo sosteniendo una llave antigua, manchada de óxido. No era de su casa.

Algo crujió en el piso superior. Un arrastre lento, como de mueble. Julia vivía sola. Contuvo la respiración, escuchando los latidos en sus sienes. El sonido cesó. Miró la llave, luego la escalera sumida en sombras. La pregunta no era qué abría, sino quién la había escondido allí y por qué ahora se revelaba. Subió los peldaños, la llave apretando su palma. La puerta de la habitación de invitados, siempre cerrada, ahora estaba entreabierta. Desde la rendija, solo oscuridad y un frío que no venía de la ventana.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS