Crónica del brujo y el jefe.

Dicen —y uno nunca sabe si los que dicen son los mismos que inventan— que hubo un tiempo en que la humanidad todavía no había aprendido a pronunciarse. No su nombre, no: pronunciarse, es decir, decirse a sí misma sin temblar. El hombre caminaba como recién salido del sueño de otro, desnudo de certezas, con la piel erizada por un miedo que aún no tenía biografía. El trueno rugía, y no era ruido: era un dios que todavía no sabía que lo era.

“El trueno siempre sospechó que era un poeta, pero le faltaba público”.

En aquella edad donde la palabra se tallaba a golpes de asombro —como quien talla una piedra sin saber que está inventando la escultura— nació la primera tribu: un puñado de seres temblorosos, reunidos por el hambre, el fuego y la necesidad de creer en algo que no los devorara.

En el centro del círculo de piedras, dos sombras se alzaron como los primeros arquitectos del poder: el jefe y el brujo.

“Toda arquitectura empieza con dos sombras que se creen columnas”.

El jefe sabía cazar al mamut, trazar la frontera, imponer el silencio con el peso de su brazo. Era músculo que ordenaba, carne que mandaba, territorio que se expandía a fuerza de grito. Su poder era visible, tangible, brutal. Era el amo del miedo que se puede tocar.

El brujo, en cambio, hablaba con lo que no se ve. Sus ojos no miraban: atravesaban. Sus palabras no explicaban: encantaban. Curaba con hierbas, sí, pero también con símbolos, con gestos que no se entienden pero se obedecen. Donde el jefe gobernaba los cuerpos, el brujo domesticaba las almas. Era el traductor de lo invisible, el intérprete del trueno, el que decía: “Esto significa algo”.

“El brujo inventó la metáfora para no tener que explicar nada”.

Ambos sabían mentir. Y cuando alguien —un loco, un poeta, un niño, que al final son la misma criatura en distintos calendarios— decía la verdad, cuando gritaba que el trueno era solo trueno y no mensaje, que el jefe no protegía sino que dominaba, que el brujo no curaba, sino que manipulaba, entonces ese alguien era borrado. No por maldad, sino por eficiencia. El pueblo obedecía, y el jefe y el brujo se entendían sin palabras, como se entienden los depredadores cuando huelen la misma presa.

Así nació el equilibrio —o la eterna farsa— entre la fuerza y el misterio, entre la lanza y el conjuro, entre el orden impuesto y el sentido inventado. El jefe sin el brujo era músculo sin relato; el brujo sin el jefe, palabra sin eco. Juntos fundaron la obediencia, la jerarquía, el mito del poder.

“El poder es un baile: uno marca el paso, el otro inventa la música”.

Y cuando el brujo perdió su aura, apareció el comisario político, brujo nuevo con traje y dialecto, que ya no invocaba espíritus sino ideologías. Cambiaron los amuletos por consignas, pero la alquimia era la misma.

De esa alianza —que aún respira en los pasillos del poder, en los púlpitos y en los noticieros— descendieron los reyes y los sacerdotes, los presidentes y los gurús, los generales y los influencers. Cambiaron los nombres, sí, pero no la estructura: seguimos adorando al que promete seguridad y creyendo al que dice tener la clave del misterio.

Quizás, en el fondo, el ser humano nunca abandonó la tribu. Solo cambió las pieles por trajes, los tambores por discursos, los conjuros por leyes. Pero bajo la epidermis civilizada, aún escuchamos al viejo brujo que susurra y obedecemos al jefe que ordena.

“La civilización es apenas un disfraz que se compra en liquidación”.

Porque toda historia humana —desde las cavernas hasta los parlamentos— nació aquella noche en que un hombre temió al trueno y otro dijo saber lo que significaba.

Y hoy, quien dice ideas que no son ni del brujo ni del jefe, es repudiado. Hay que volverse sombra para no ser visto. Porque cuando de tu verso brota una verdad sin permiso, tus propios hermanos —los que bailan alrededor del fuego— te acorralan. No por odio, sino por miedo. Porque la verdad, cuando no tiene dueño, asusta.

“La verdad es un gato: aparece cuando quiere, araña cuando puede y jamás pide disculpas”.

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