Qué calor insoportable. Un día más, el sol se agarra con fuerza al techo de chapa de mi casa y, adentro, todo parece estar ardiendo. Estoy acostada en el suelo frío, que no dura mucho, pues el mismo calor de mi cuerpo se desparrama por el piso como agua caliente y enseguida necesito moverme para buscar una superficie más fría.
Es la hora de la siesta, sagrada para todos, pero yo me aburro como loca. Aunque con diez años no necesito mucho para entretenerme, cualquier grieta en la pared o cualquier bicho perdido me sirve para divagar horas.
Entonces, espero a las cuatro, cuando todo el mundo parece volver lentamente a la vida. Las persianas cerradas para repeler el sol comienzan a subir para dejar entrar el aire fresco y yo salgo al patio. En el fondo hay una planta de passiflora que está enredada en el gallinero de la vecina y cayendo hacia mi casa. A veces uso el fruto para crear venenos mortales e intentar matar a algún inocente caracol y otro bicho que justo se encuentre por ahí, aunque la verdad no recuerdo si alguna vez funcionó y yo tampoco me esfuerzo mucho.
En fin, en estas tardes de verano, cuando la escuela queda olvidada y yo paso mis días enteros inventando misiones para mantenerme ocupada, suele aparecer Ana. Su patio está separado del nuestro apenas con alambre tejido; bueno, en realidad lo separa más que eso, porque el patio de Ana está lleno de plantas y flores y gallinas. Hay membrillos y naranjas, las gallinas ponen huevos que Ana utiliza para cocinar y su huerta está llena de tomates, acelgas, perejil y frutillas. Mi mamá a veces siembra zapallo y tomate en nuestro suelo duro y estéril, pero nuestro patio sigue sin parecerse en nada al de Ana, verde y húmedo.
Entonces, cuando la veo aparecer encorvada, porque los 90 años le pesan como ladrillos, me la quedo viendo con curiosidad y ella algo ve en mí, y me invita con ella al patio increíble. Salgo corriendo y me doy la vuelta a la esquina para llegar a la parte de adelante de su casa y ella me deja entrar. Ana siempre está sola, como yo. En una casa muy grande para una viejita de apenas 1,50 m. Siempre está cocinando algo y a veces me explica cómo hacer manteca. Juntamos huevos y le ayudo a limpiar el jardín. Ella me da algo dulce o un caramelo y yo vuelvo a mi casa como en una fantasía.
En las noches de verano me quedo despierta hasta muy tarde, acostada en la vereda panza arriba y mirando las estrellas, porque en mi pueblo se ve un cielo tan infinito que el horizonte nunca acaba.
Aún ahora, después de tantos años, cuando me preguntan por mi mamá, las ideas se me entrecruzan en la cabeza y siempre respondo lo mismo. Una desconocida para mí, distante y frágil. Siempre parecía necesitar ayuda. Nunca se peleaba con nadie, nunca se defendió, no había en ella garras de leona. Qué cruel, pienso mientras escribo, y sí, lo soy. Pues todos estos años de recuerdos se fueron transformando en rencor e indiferencia.
Me acuerdo del asunto de mi nacimiento, cuando tenía 5 o 6 años y caminaba por el pueblo con mi mamá de la mano y algunas viejas le preguntaban: ¿es ella?, ¿Milagros?, y me miraban asombradas. No entendía. Solo sabía que había algo en mi casa que nunca se hablaba. Un día un vecino vino a traer un recorte de una noticia vieja, la metieron rápido en un cajón. La leí.
La nota decía así:
El 15 de agosto de 1998, su mamá, Aurelia Kissner, con una panza de casi nueve meses, se dirigió a la letrina que compartía con una vecina y, casi sin querer, dio a luz.
La beba cayó al pozo ciego, de casi dos metros de profundidad, donde permaneció los primeros 30 minutos de su vida, a 5 grados de temperatura.
Media hora después de haber caído al pozo, la beba fue rescatada por el oficial Marcelo Aranda y puesta inmediatamente en manos de un equipo médico encabezado por el doctor Barcat Isa, quien comprobó un buen estado de salud general.
El policía que me sacó del pozo me visitó una vez, me regaló un reloj muy lindo y me dijo que el día que nací él tenía una hija unos meses mayor que yo y que de alguna manera también me sentía como una hija. A veces me pregunto si me debería sentir diferente, más agradecida. Es difícil sentirme así. Fue mi primer contacto humano al salir al mundo; sin embargo, sin esos recuerdos, para mí es un desconocido. Igual siempre pienso en él, cómo se debe sentir y cómo se sintió ese día, salvándole la vida a una bebita muy parecida a la que él tenía en casa y que seguramente había visto nacer en un lugar seguro y más saludable que una letrina.
Aurelia, la mamá, es una mujer de pocas palabras, aunque alguna sonrisa, sobre todo cuando se refiere a “Marcelita”, se dibuja, tímida, en su rostro.
“Lo pasé difícil —se sincera—. Me asusté y, cuando sentí a la nena caer en el pozo, creí que estaba muerta”.
La noticia estaba acompañada por una foto que mostraba a mi mamá muy flaca, en la cama de un hospital. Sostenía en brazos un bebé feo y arrugado.
La chiquita no estaba en los planes del matrimonio, ni mucho menos, tal como lo asume Aurelia. [No decía que ninguna de las 4 habían estado en los planes] “Si los chicos andan bien y son sanos, se crían solos y rapidísimo”, señala.
En el hogar de los Robein, los cumpleaños no se festejan. Pero Marcela de los Milagros, esta vez, aunque sea en la guardería, sopló sus cinco velitas. Así lo quiso el destino.
La familia de Marcela, apenas nació, se mudó a una vivienda con servicios que antes carecía: gas, luz y agua.
Su mamá, a cambio de un plan Jefas y Jefes de Hogar, recibe una ayuda mensual de 150 pesos y cursa el sexto grado de la EGB.
Su papá, Alberto Robein, hace changas siempre que puede.
Y sus hermanas, María de los Ángeles, de 14 años; Zulema Beatriz, de 13; y Alejandra, de 11, estudian. Y aquí, en el pueblo, dicen que son “chicas excelentes”.
Tantas cosas no se decían.
Hay muchas cosas que recuerdo de mi mamá. Por ejemplo, un día, en el jardín de infantes, era el día de fotos, esas que después te dan impresas: una tuya y una con todos tus compañeros. Yo estaba tan despeinada que la señorita me miraba con una lástima desbordante (se ve que eso no se lo enseñan en la universidad). Me intentaba peinar y, en el camino, me tiraba el pelo. Yo estaba llena de una vergüenza caliente que se me acumulaba en los ojos y me mordía los labios para no llorar. Era tan humillante para mí sentirme ajena a esas nenas limpias y felices que correteaban en el patio con las trenzas que sus mamás les hacían con paciencia y dedicación. Ese día me sacaron mi delantal sucio y gastado y me pusieron el de una compañera, para la foto, para que no me sintiera después diferente a los demás. ¡Ja! El delantal era lo de menos.
Ahora pienso que tal vez ella nunca pensó en eso, mi mamá, digo. Yo más bien me sentía una niña perdida, que rara vez llevaba a la escuela los útiles que le pedían; de eso siempre se ocupaban las seños, que me daban cosas del cuartito de la biblioteca, donde guardaban los útiles que mandaba el Estado.
¿Qué le importaba peinarme si a duras penas me podía dar de comer? Trabajaba cuidando viejitas, le pagaban 50 pesos y vivíamos en una casa prestada. Nunca festejé un cumpleaños y, cuando me invitaban a uno, comía tanto que la panza se me ponía dura y no me podía mover.
A la hora de la siesta me gustaba salir a caminar por las calles de tierra solitarias. En ese tiempo mi imaginación de niña volaba y yo caminaba horas imaginando historias fantásticas. Volver a casa me daba nostalgia, porque aquel mundo de fantasía hubiese sido para mí el mejor hogar. Y fue en esas tardes también, caminando entre campos secos, caldenes y eucaliptos, que me enamoré para siempre de mi tierra. Había algo en la inmensidad de la llanura y el silencio terrenal que me marcó para siempre. Si me quedaba parada y sin hacer ruido, parecía que mis pensamientos fantasiosos se me escapaban por las orejas y se hacían realidad frente a mi.
A los 8 o 9 años comencé a percibir que mi supervivencia dependía solo de mí y esa autonomía me hizo una niña difícil y solitaria. Nadie me peinaba ni me decía que me tenía que lavar los dientes. Nadie me vestía y casi nunca usaba medias. En la escuela no quería que me dijeran cómo leer o qué leer. No me gustaba que el profe de gimnasia me dijera que podía saltar más alto o más lejos. Años después, esas actitudes me convertían en una adolescente que hacía de todo, pero no era buena en nada, pues no permitía ni una sugerencia de ningún profesor.
En esos años me encantaba ir a la escuela. Me gustaba llegar temprano, antes que el portero, y quedarme sentada en las escaleras del salón de actos, sola, imaginando que ese salón enorme me pertenecía. Era rebelde, pero aprendía rápido.
El sexto año fue el peor. Tenía una amiga más grande que yo, que ya tenía algún noviecito. Nos quedábamos caminando por el pueblo hasta muy tarde en la noche y la escuela dejó de ser prioridad para mí.
Un mediodía, cuando ya estábamos formados para despedirnos de la directora y salir del colegio, comencé a sentir murmullos bajitos que, de a poco, fueron llegando hasta el final de la fila, donde era mi lugar. Comenzaron a mirarme con pena y, cuando les devolvía la mirada, ellos miraban el piso como avergonzados. Algo grave había pasado y yo lo podía sentir.
Cuando por fin salimos, mi hermana mayor me esperaba afuera. Hacía años que nadie me iba a buscar al colegio. Estaba seria.
—La casa se prendió fuego —me lanzó.
Mi mamá había encendido la salamandra a leña, que era la única calefacción que había en la casa, y alrededor había puesto ropa a secar, muy cerca, demasiado cerca. Se quemó todo. Solo nos quedó la ropa que teníamos puesta.
Duramos semanas viviendo fuera de casa, mientras otras personas lavaban las paredes y reconstruían la casa con cosas donadas. Nosotras vivíamos en una habitación en el comedor comunitario. Mi mamá no hizo nada, no limpió ni pintó ni nada. Simplemente, cuando la casa estuvo lista, nos volvimos a vivir ahí. Una actitud demasiado pasiva ante semejante situación.
Ahora, ya grande, recordando todo esto, pienso mucho en Porota, nuestra vecina de al lado, que después me dijo que el día del incendio llovió y ella pensó que yo no había ido a la escuela. Cuando vio el humo saliendo negro y espeso por la ventana, pensó que yo me moría adentro. Llamó a los bomberos y gritó como loca. Después le dijeron que adentro no había nadie, pero cuando me lo contó, los ojos los tenía húmedos.
Ella vivía al lado de casa con su marido Roberto, que a la hora de la siesta roncaba tan fuerte que las paredes temblaban. De vez en cuando, golpeaba la puerta de casa para ver cómo estaba. Su casa tenía un jardín de flores que ella cuidaba mucho y, detrás del patio, una parra de uvas verdes. También tenía una gata tuerta (le faltaba un ojo), que de vez en cuando quedaba preñada y, cuando los gatitos nacían, Porota llamaba a mi mamá; ella, igual que un trámite, los ahogaba en un balde con agua y los enterraba en el patio.
Yo no quiero ser como ella.
Tuve suerte, la verdad. De nacer pobre y casi muerta. De criarme casi sola. De tener a mis hermanas, que no he nombrado en estos párrafos porque no les quiero robar sus propias historias, que ellas decidirán cómo y cuándo y a quién contar. Pero han sido mis ejemplos y mi refugio y, aun a 9.200 km de distancia y hablando poco y nada, tengo la
certeza de que donde están, está mi hogar.
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