Juan solía detener la clase justo cuando los alumnos comenzaban a sonreír ante aquella antigüedad absurda. Cerraba el libro —un objeto ya exótico en el año 4026— y miraba por la ventana transparente, donde flotaban, como peces quietos, los jardines aéreos de la ciudad.
—No fue una guerra lo que acabó con eso —decía entonces—. Tampoco una gran revelación.
Los estudiantes, niños y niñas de rostros serenos, esperaban. En sus pupilas no había ansiedad ni fervor; eran ojos entrenados para comprender, no para vencer.
—Las ideologías —continuaba Juan— murieron de cansancio.
Les contaba que, durante siglos, los humanos creyeron que pensar era alinearse, que opinar era pertenecer. Que cada tribu defendía su verdad como si fuera un órgano vital, y que perder una discusión equivalía a una amputación del alma. Por eso se gritaban, se cancelaban, se expulsaban del lenguaje mismo. La miseria, como un animal astuto, cambiaba de dueño según el discurso del día.
—¿Y cuándo cambió todo? —preguntó una niña, sin levantar la voz.
Juan sonrió. Esa pregunta siempre aparecía, como una campanada inevitable.
—Cuando el mundo empezó a quedarse sin culpables.
Explicaba que llegó un tiempo en que ya no quedaban izquierdas puras ni derechas intactas. Los sistemas se mezclaron como ríos cansados de llevar nombre propio. Las promesas incumplidas se parecían demasiado entre sí. Y entonces ocurrió lo impensable: la gente empezó a escuchar sin intención de responder.
No fue un acuerdo global, ni una carta magna nueva. Fue algo más pequeño y más peligroso: la duda honesta. Los humanos comenzaron a sospechar que ninguna ideología los contenía por completo, que el ser humano desbordaba cualquier consigna. Y esa sospecha, al principio tímida, se volvió costumbre.
Juan les hablaba de los últimos partidos políticos, convertidos en museos vivientes, donde ancianos vestidos con viejos eslóganes repetían lemas como rezos olvidados. Nadie los prohibió; simplemente dejaron de ser necesarios.
— ¿Y el poder? —Insistía algún alumno—. ¿Quién mandaba?
—Durante un tiempo —respondía Juan—, nadie supo muy bien.
Y ahí estaba la complicación, el nudo que nunca simplificaba: hubo confusión, errores, retrocesos. Se intentó gobernar desde la lógica pura y fracasó; desde la emoción colectiva, y también. Hasta que alguien —no se recuerda quién, porque ya entonces los nombres importaban poco— propuso algo insólito: gobernar desde la pregunta, no desde la respuesta.
Las decisiones comenzaron a evaluarse no por su origen ideológico, sino por su efecto humano medible: cuánto sufrimiento evitaban, cuánta dignidad preservaban, cuánta belleza añadían al mundo. No era perfecto, pero era corregible. Y eso fue suficiente.
Juan se levantaba entonces y activaba el viejo archivo sensorial. El aula se llenaba de imágenes del pasado: multitudes gritando banderas, rostros tensos, ciudades rotas por ideas demasiado rígidas para doblarse ante la vida.
—Ellos creían que luchaban por el futuro —decía—, sin saber que el futuro no se conquista, se cuida.
Al final de la clase, cuando la campana luminosa anunciaba el descanso, Juan añadía siempre lo mismo, como si fuera una nota al margen de la historia:
—Las ideologías fueron necesarias. Fueron peldaños. Pero nadie vive en una escalera.
Los niños salían al corredor flotante, hablando de otras cosas: de música no clasificada, de ciencias que todavía no tenían nombre, de sueños compartidos, sin fronteras mentales.
Juan se quedaba solo un instante más. A veces pensaba —con una ternura casi supersticiosa— que el verdadero progreso humano no había sido tecnológico ni moral, sino una forma nueva de humildad: aceptar que el ser humano es demasiado complejo para caber en dos bandos.
Y en ese pensamiento, que nadie le había enseñado, pero que todos parecían comprender ahora, descansaba silenciosamente el año 4026, no como una utopía, sino como una normalidad que por fin desarmaba el odio.
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