La cadena de televisión para la que trabajo había sido invitada a cubrir una cumbre de mandatarios. Dos colegas y yo fuimos los afortunados de cubrir el evento. El jefe nos llamó a su oficina y nos explicó la tarea.
La idea de ir a cubrir un evento de mandatarios que posan para las cámaras y jamás llegan a un acuerdo no sonaba nada difícil. ¿Quién puede negarse a una asignación que suele terminar con una buena compañía y un cóctel en la mano?
Pensar en ello me vuelve a mi juventud, a esos años en que soñaba con ser el mejor reportero del país. A mi padre eso no le agradaba; siempre decía que sus hijos tenían que ser o abogados o ingenieros. Que se debía mantener un oficio decente. ¡Periodista! No son más que una tanda de chismosos, decía mientras se acomodaba en su sillón a leer el periódico o a escuchar el noticiero en la radio; pero esa es otra historia; no quiero desviarme del tema principal, que es relatar cómo conocí a Narcisa, la diosa que dejó impregnados su olor y sus recuerdos en mis adentros.
Narcisa, aquella hermosa mujer que me platicó su vida, sus sueños, sus mil batallas por cumplir su sueño de ser actriz, y cómo fue abandonando dicho anhelo, para convertirse en quien era. Una dama hermosa y elegante que vendía placer a quien pudiera llegarle al precio.
—Necesito una gran historia. —¡Si no la consiguen, ya pueden considerarse sin un empleo! ¡Por aquí no los voy a aceptar ni como pisapapeles! nos gritó Sebastián Carriles, nuestro editor en jefe.
Una vez detallado todo y con los tickets de avión en la mano, decidimos abordar y buscar nuestros asientos. Después de un contratiempo con una pareja de ancianos que insistía en que nuestros asientos eran los suyos, pudimos descansar por algunas horas en todo el vuelo.
Ya en el hotel, cada uno fue a su habitación a refrescarse con una buena ducha, quedando en vernos en una hora para salir a visitar la ciudad y sus alrededores.
Mientras esperaba a mis camaradas en la planta baja, pasaron por mi lado dos hermosas damas, quienes dejaron el olor de su perfume en la atmósfera. El mánager del hotel, un hombre canoso y elegante, se me acercó y me brindó una tarjeta personal, o eso creí.
—Usted lo que necesita es relajarse —dijo, mirándome sonriente, y haciéndome un guiño, volvió a sus asuntos tras el mostrador.
Al llegar mis compañeros, les expliqué la jugada y los tres salimos decididos a pasarlo de lo mejor.
Tomamos un taxi a la salida del hotel y le pasé la dirección al conductor. En el camino fuimos sacando conjeturas del sitio donde iríamos a comenzar la noche. Sabíamos que la pasaríamos en muy buena compañía. Hermosas chicas que estaban dispuestas a cambiar placer por un poco o mucho dinero, pero lejos estuve de creer que me encontraría con ella.
—Sí que tienen gustos exigentes —exclamó el taxista al llegar.
En la entrada, dos grandes pilares de mármol adornan la entrada. La puerta de madera tallada grande y esplendorosa era custodiada por dos gigantes guardias vestidos de negro.
Nos dieron la bienvenida al sitio y la puerta se abrió en automático.
Una vez dentro, un camarero igual de elegante nos acompañó a una mesa. Donde se nos sirvió una copa de champagne a cada uno. Con su permiso, dijo el camarero, enseguida estará con ustedes una buena compañía y se alejó. Mis camaradas y yo nos acomodábamos en nuestros asientos y fue entonces que la vi. Ahora recuerdo ese día mientras trato de sacar esta angustia mediante la escritura, y el pecho se me llena de melancolía y, sin evitar la tristeza, se me escapa un suspiro…
La noche era virgen y mis compañeros se divertían como niños con sus damiselas; en cambio, Narcisa y yo nos dedicábamos a charlar, y tal vez a usted, amigo, quien está leyendo estas líneas, le parezca extraño, pero no sé cómo explicar el sentimiento que me nació al verla.
Se veía hermosa, su cabello enmarañado, su espalda semidesnuda en un vestido de encaje y un chal sobre sus hombros. Sus ojos grandes y luminosos hechizaban con una sola mirada; sus labios carnosos y rojos provocaban un beso después de cada palabra. Tontamente tomé la botella de champagne y le serví una copa; sentados frente a frente, dije que brindaba por esos días ajenos en que tal vez recorrimos juntos otra vida, otro momento. Alzando su copa y sin decir palabra, me aniquiló con su mirada peligrosa mientras mis compañeros y sus amigas se perdían rumbo a las habitaciones a saciarse del amor de una noche.
Porque estás aquí, pregunté sin miedos ni papujos. Mirándome, con ojos penetrantes, respondió. ¡Que, si no es aquí, entonces ¿dónde?
—Si no estoy aquí de puta, me muero de hambre dijo, y poniéndose de pie se alejó dejándome avergonzado, pensando que a lo mejor los tragos se me habían subido a la cabeza, y que por eso estaba preguntado de más.
Después de aquello no volvió y yo me quedé solo en compañía de la botella de champagne, maldiciendo mi suerte.
Al siguiente día desperté, necesitando saber de ella quién era en realidad. ¡Saber por qué una diosa como ella tenía la necesidad de ejercer de puta en un cabaret! Aquello me carcomía la mente y decidí volver a buscarla.
En la noche volví solo y me senté en la barra, pedí un trago y esperé a que apareciera. Una rubia despampanante se me acercó y, rosando su muslo en mi entrepierna, me ofreció compañía, pero yo no estaba más que por Narcisa y, sin perder tiempo, le pregunté por ella.
Con una sonrisa que demostraba más desgano que cordialidad, me dijo que no me impacientara, que no tardaba en aparecer, y dejándome a solas se fue, no sin antes advertirme de que tuviera cuidado, que Narcisa era un peligro para todo aquel que se le acercara más de la cuenta, que posiblemente terminaría desquiciado como otros que se atrevieron a fijarse en ella más de la cuenta. Yo le di una sonrisa a medias y me dije a mí mismo que eso no pasaría.
Ahora me doy cuenta de mi error.
No pasó mucho cuando la vi bajar por la escalera que daba al segundo nivel. Su vestido de color plata y ceñido al cuerpo daba la impresión de una luz propia. Un escote dejaba ver por entero el muslo y eso la hacía ver más deseable. Su cabello esta vez lacio y suelto me embriagó al instante. Cuando se acercó, sacó un cigarrillo y demandó fuego. Mi reflejo fue instantáneo y, mientras encendía su cigarrillo en mi lumbre, volví a preguntar sin tapujos quién realmente era.
—Una mujer me respondió.
Lo sé, balbuceé sonriendo de forma estúpida.
—Una mujer, una dama, una puta. ¿Quién quieres que sea? —dijo— y yo me sentí herido sin entender la razón.
—Soy todas —volvió a decir, llevándose el cigarrillo nuevamente a los labios.
Esta vez, nervioso, aclaré mi garganta con un sorbo de mi bebida y volví a hacer la misma pregunta.
¿Cuál es tu nombre?
—Narcisa. —Contestó sin seña de reproche.
¿Es ese tu verdadero nombre? O es el que utilizas aquí, pregunté, tratando de no sonar brusco.
—Jamás me cambiaría el nombre que me dieron mis padres —dijo llevando el cigarrillo otra vez a sus labios carnosos.
La invité a una mesa y caminó conmigo. Pedimos una botella y, mientras bebíamos, la distancia y los miedos de a poco desaparecían y dejaban espacio a las confesiones.
Ella me comentó que me reconoció casi de inmediato y yo, halagado, le daba un sorbo a mi bebida.
Hablamos de todo, aunque debo reconocer que al inicio ella supo dominar la conversación haciendo que la charla se centrara más en mí que en ella. Quería saber quién era, a qué me dedicaba y qué hacía en aquel sitio por segunda vez. Fue así como le comenté sobre mi trabajo como reportero y sobre el deseo de algún día escribir un libro en cuanto haya dado con la historia que debía ser contada, y fue ella quien me dio el tema al final de la velada.
Al principio, no sabía si lo decía en serio, o sus palabras eran los efectos del licor. Pensé en que podría escribir sobre ella, y como si me leyera el pensamiento —dijo que hay muchas cosas que le gustaría contarme, y dejando escapar algunas lágrimas, su mirada se perdió en la nada. Esa fue la primera vez que vi cómo sus ojos se apagaban en una expresión que acompañaba un «aquí no es conveniente».
Las manos me sudaban mientras esperaba a que llegara; habíamos quedado en vernos en la tarde en una cafetería del centro. Quizás solo lo dijo por cortesía, por diplomacia, por compromiso con su trabajo, pero ¿quién era yo para no creer que nos veríamos fuera? El corazón me latía a mil por hora. El reloj marcaba las once y ella no aparecía. Encendí un cigarrillo y, mientras maldecía mi mala estrella, la vi a lo lejos. Aunque había optado por unos jeans gastados, tenis blancos y grandes lentes de sol, se veía igual de hermosa. Yo, en cambio, vestía pantalón de casimir, camisa y corbata. Sintiéndome una vez más un idiota, me disculpé por mi refinería, pero ella no le dio importancia.
Al llegar, me pidió que nos sentáramos en un sitio más privado, pedimos dos cafés negros sin azúcar y comenzamos a desempolvar esta su pasado, a sacar sus sueños de niña, sus sueños de juventud, sus amores, sus desamores y, lo más importante, saber qué fue lo que la llevó a convertirse en una dama de la noche.
En aquella charla, Narcisa, café tras café, fue desprendiéndose de historias alegres y tristes que, mientras salían, iban transformándola en alguien ligero.
El aura como coraza que presentaba noche a noche en el cabaret poco a poco se iba desvaneciendo, dejando a la intemperie a una indefensa criatura, y aquello me llenaba de dolor, de sorpresa, de alegría. Al ir ella descascarando su dolor, vuelvo a angustiarme por recordar aquellas charlas que se extendieron por días. Sí, así es, aquella aventura de trabajo rutinario me llevó a centrarme en algo que creí más importante, y que ahora llevo como un amuleto o un castigo por no haber hecho caso a la advertencia de aquella rubia.
Aquella Narcisa del cabaret quedó enterrada por la dulzura e inocencia de una mujer que juró un día no vivir sus sueños, pero sí hacer vivir los de los demás, aunque eso les costara la tranquilidad y el desprecio de muchos…
FIN

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