Eduardo Velasco- Crimen pasional

Cogió el estropajo abundante de espuma y comenzó a fregar los platos. Al fondo se oían las conversaciones de los clientes del restaurante. De pronto se sintió asaltado por una pesadez abrumadora. No deberías estar aquí, Marcial—le dijo una voz profunda que le metió mucho temor—, no deberías estar aquí, y lo sabes. Terminaron la toma y con mirada interrogante Marcial volvió la cabeza hacia Paco Lombardo. Él le hizo una señal dándole a entender que se podía ir a descansar mientras montaban el decorado para la siguiente escena. Marcial se secó las manos, se quitó el delantal y la ridícula pañoleta que llevaba su personaje. Se fue a su caravana a descansar.

Se dirigió hacia las carpas donde había café y bocadillos para los ayudantes. Sus pasos eran torpes y le dolía la cadera por el espacio tan incómodo donde había repetido diez veces la escena de la discusión con Marat, su compañero de reparto. Saludó a Margarita, una chica muy bondadosa y gran admiradora del gran Marcial Pedroza. No sabes cómo te admiro Marcial—le había dicho esa mañana cuando se anunció que el papel principal lo tenía él—, eres el mejor. Él le sonrió fingiendo alegría, tomó un vaso de café y se fue a descansar.

Tumbado en el incómodo sofá y bañado por un aire de energía lacerante dejó de reprimir sus pensamientos.

Joder, Marcial, ¿no te das cuenta de que vas a echar a perder tu carrera? ¿Cuánto te costó llegar hasta aquí? ¿Ya se te olvidó que juraste que jamás harías papeles estúpidos? ¿para qué necesitas hacer el ridículo? ¿Qué va a pasar cuando la gente vea al ganador del premio de la academia haciendo de lavaplatos? Pareces un sacamuertos, un racionista que trabaja por la sopa boba. Bueno, ya para, lo que yo haga es decisión mía y que la gente se vaya al carajo. Sí, de acuerdo, pero con este favorcito se va a terminar tu brillante trayectoria. Ya te veo otra vez luchando para que te den un buen papel en alguna película que merezca la pena. Bueno, y ¿eso qué? Le prometí a Luis que no le fallaría, sabes que le debo mucho. El Cabrera me salvó de la muerte. Bien, bien, Marcial, ya sabía que ibas a salir con eso de que la amistad es más importante que el dinero y la fama. Sin embargo, permíteme recordarte que Luis solo hizo lo que tenía que hacer, de haber estado otro de tus amigos en la misma situación, incluso tú, habría hecho lo mismo. Ya deja de molestarme y cállate, soy yo quien afrontará las consecuencias.

Se oyeron unos toquidos: “Marcial, te llama Paco, vamos a hacer la otra escena”.

Marcial estaba indeciso. Debía prepararse y entrar en el personaje, pero no lo lograba. Su voz interna salió de nuevo. Bueno, pues ya convéncete. No tienes opción. Piensa que eres un tipo convencional con necesidad de afecto y que has descubierto que no puedes tener relaciones con mujeres y que ese beso con Marat será solo una imagen, una serie de cuadros en un muermo y que a todo mundo se le olvidará. No sentirás nada y si de pronto surge la repulsión, quédate tieso y que sea Marat quien acapare pantalla. Déjate llevar. ¿Sabes? Ni de broma. Todo esto es una estupidez, no debí aceptar el rol. No tiene sentido. Sí, sé que le debo un favor a Luis, pero esto es demasiado. ¿Lo ves? Al final has recapacitado, coge tus cosas, discúlpate con Luis y mándale un cheque para que encuentre otro actor. Ya te había dicho desde el principio que solo querían aprovecharse de tu fama. Estuviste a punto de tirar tu carrera por la alcantarilla, mi buen.

Marcial se acercó a Lombardo y le explicó que no podía seguir, que renunciaba. Paco se puso fúrico, le comenzó a gritar y lo amenazó, pero de nada le sirvió. Los actores se quedaron de piedra al saber que Marcial se iba. Los rumores comenzaron a propagarse como un tufo desagradable que irritaba a todos. Marcial cogió sus pertenencias y se marchó.

Al día siguiente, el inspector Eduardo Velasco se presentó en la calle Roma. Lo recibió Nacho su ayudante.

—¿Qué tal, Nacho?

—Mal, inspector. Hemos encontrado a Marcial Pedroza asesinado. Según el forense murió ayer por la noche, a eso de las diez y media. Lo apuñalaron, fue una muerte rápida.

—Vaya, vaya. No será el actor de cine, ¿verdad? —miró con astucia a Nacho quien movió la cabeza afirmando y subiendo las cejas de forma exagerada—, ¿hay alguna pista, rastros, algo que nos pueda ayudar?

—No, inspector. Se han encontrado solo huellas de la casera y de Marcial. El asesino sabía lo que hacía.

—¿Tiene cuartada la casera?

—Sí inspector, estuvo con su hija y la vecina del tercero preparando una tarta de cumpleaños.

—Bien, tendremos que comenzar con las pesquisas. Déjame echarle un vistazo al escenario…

Velasco hizo una revisión minuciosa, puso atención en los libros y pertenencias del fallecido. Miró la posición del actor tumbado en el suelo, hizo sus anotaciones, le preguntó al forense lo que consideró importante, luego habló con los guardias que habían llegado primero al lugar y se fue.

—Nacho, tendremos que investigar todo lo relacionado con este desdichado. Dile a Marta que nos consiga toda la información.

—Sí, inspector.

—Bueno, me voy porque todavía estoy con lo del deceso de la viuda Montes…y creo que ya sé quién es el culpable.

—Lo llamaré en cuanto tenga algo, inspector.

—Gracias, Nacho. Hasta pronto.

El inspector Velasco se fue al restaurante donde trabajaba su amiga Rosa. Se sentó cerca de la barra y se concentró en su bistec con patatas. Hacía tiempo que no comía con tanta tranquilidad. La frecuencia con la que resolvía los crímenes le parecía un acto tan rutinario que ya ni siquiera se molestaba en aplicar sus métodos deductivos. Parecía que todo era tan banal que cualquier policía con un poco de experiencia resolvería los asuntos que le llegaban. Lo de la viuda estaba clarísimo, era un clásico, la ambición del amante lo había llevado a cometer el crimen y esa misma noche lo arrestaría en el aeropuerto. Velasco se empezó a reír con una alegría radiante. Como Rosa lo estaba mirando pensó que por fin el atractivo cincuentón se le declararía y juntos vivirían en un modesto piso con olor rancio de tabaco y comentarían las noches todas las fechorías de los delincuentes de la ciudad.

—¿Le traigo el postre, inspector?

—¡Hay Rosita de mi alma! Si yo pudiera y tú quisieras—le dijo todavía con ese aspecto alegre que lo hacía tan atractivo—, pero ¿quién se va a fijar en un tipo como yo?

—Pues debería decidirse ya, no lo voy a estar esperando toda la vida y por si no lo sabe, tengo una fila de pretendientes esperando el sí…—se dio la vuelta y caminó a la cocina con un cadereo que dejó a Velasco confrontándose con sus evasivas al matrimonio.

A Velasco le habrían dado la jubilación anticipada, incluso se lo habían propuesto ya, pero el hecho de verse ocioso, solo, y sin muchas metas que ponerse para sobrevivir, le causaba un estremecimiento que oprimía el bajo vientre. Esta Rosita se me va a marchitar si la dejo esperando, caray. Por qué me falta tanto la hombría a la hora de la verdad. Un día de estos algún patán se la lleva y me quedo mirando para la loma. Hay que ser muy bruto para no aprovechar la oportunidad. Y eso de los enemigos que me he echado encima, la falta de vocación de marido ejemplar y todas las excusas que me busco son pura inseguridad. No me siento a la altura de esa mujer, joder.

—Bueno, bueno, lo veo muy alegre inspector, ¿no será que se ha enamorado?

—¡Ay, Rosita de mi alma! Pues, la verdad es difícil de ocultar, sobre todo cuando es tan evidente…Lo que pasa es que…es que…yo…

—Otra vez le empezó el tartamudeo, ¿por qué no me lo pone por escrito y acabamos con la duda, ah? Escribir si sabrá, ¿no? ¿O me va a decir que también le tartamudea la mano?

Se echaron a reír con muchas ganas y salió el administrador a ver que se traía la camarera. Velasco se acercó a Rosa y le dijo al oído: “La invito mañana a cenar, pasó por usted, y ahora váyase porque ahí viene el energúmeno de su jefe”.

Pagó la cuenta le guiñó el ojo a Rosita y salió para saber algo sobre Marcial Pedroza- Al pasar por un estanco vio un periódico, lo compró y le echó una ojeada. Puso atención en una noticia. Era sobre la muerte de Marcial. Había información sobre la última película que lo había llevado al premio de la academia, sobre su tortuosa relación con su novia, sobre su trayectoria y salida del anonimato y unas cuantas líneas sobre la última película que estaba haciendo. Solo estaban los nombres de Luis Cabrera el productor y Paco Lombardo, un director emergente casi desconocido que solo había hecho tres cortometrajes. Velasco se fue a buscar una caseta telefónica y llamó a Marta.

—Hola, Martita, oye te tengo que pedir que me localices a un tal Paco Lombardo, director de cine emergente, y a Luis Cabrera, un promotor de cine de poca monta. ¿Me lo podrías tener mañana al mediodía? Te lo agradecería muchísimo.

—Buenas tardes, inspector, por supuesto. Cuente con eso. Oiga y quería decirle que Rico Casamayor estará hoy en el aeropuerto entre las nueve y once de la noche, se va a fugar con su novia, la vedete Sonia Palomero. Tienen billetes de la línea aérea Celeste fly. La policía ya está al tanto. No llegue tarde.

—Gracias, Martita. Te llamo después.

Velasco miró el reloj. Eran las cinco y media. Bueno, me da tiempo de echarme un duchazo y luego al aeropuerto. Cogió su coche, entró por la avenida Vallejo, cruzó la glorieta de Torquemada y aparcó su coche. Subió por la escalera y al llegar a su piso y comprobó que no hubiera nada fuera de lo habitual. Abrió la cerradura, encendió la luz, se tomó una copa de brandy y se fue a duchar. Salió vigoroso, de buen humor y se puso a leer unas páginas de una novela. Se quedó pensando en la trama y luego arqueó las cejas.

Se marchó a las siete y media de su casa, se subió al coche y se dirigió al aeropuerto. Llegó sin retraso, justo a tiempo para ver en el registro a Ricardo Casamayor y la hermosa Sonia Palomero. En persona la mujer era más impresionante que en las fotografías y las pantallas. Tenía una personalidad magnética que arrancaba los ojos a su paso. Era imposible no verla. Además, se vestía muy bien, con buen gusto, mezclando elegancia con excentricidad en su punto exacto. Velasco se imaginó a Rosita vestida de la misma forma. No, no había una gran diferencia, pero Sonia se movía como la diva que era, mientras Rosita mostraba más su simpleza, su naturalidad y eso la hacía una mujer común, una mujer guapa, pero nada más. Pues, aunque no sea como la Palomero, esa Rosita se tendrá que casar conmigo. Ya está decidido y nada de peros. Y al diablo con todo lo demás. Mañana se lo propongo, por mi madre que se lo propongo.

Velasco sacó la pistola y se acercó a Rico. El hombre estaba nervioso, pero controlaba bien la situación. Sonia, por el contrario, acostumbrada a viajar y ver mundo veía a la gente como enanos, sirvientes y empleados a su servicio. Daba órdenes y no toleraba las negativas. Cuando se acercó al mostrador Velasco, Sonia le decía a la encargada que tenían prioridad, que iban en primera clase y que no haría falta llamar a nadie para que la acompañaran a abordar. Rico puso los pasaportes en el mostrador y miró con gesto rudo a la encargada. En ese momento Velasco le puso la pistola en la espalda. Está bien, amigo, quedas arrestado por asesinato con alevosía. Tienes derecho acallar y etc., etc., etc. Rico trató de escabullirse, pero estaba rodeado de policías. Sonia armó un escándalo. Velasco le pidió que se tranquilizara y la apartó. Unos agentes la resguardaron hasta una patrulla y se la llevaron.

A la mañana siguiente Velasco despertó tarde. Se había quedado leyendo su libro, hizo sus habituales anotaciones, comentó en voz alta sus observaciones y en todo el proceso se tomó media botella de Johny Walker. Tenía resaca y un hueco en el estómago. Bajó a la cafetería de Don Lucio, pidió unos huevos con jamón, una cerveza y se fue a la comisaría.

—Buenos días inspector, le tenemos bastante información de Marcial Pedroza.

—Oh, gracias Marta, dame la carpeta, le echo un vistazo ahora mismo.

—Aquí tiene, inspector. Falta todavía el resultado de la autopsia, pero creo que no arrojará nada nuevo, ¿no cree?

Velasco se fue a leer el informe, hizo su croquis de implicados, antecedentes, circunstancias y posibles causas del crimen. Llamó a Nacho y se fueron a interrogar a Francisco Lombardo.

Lo encontraron discutiendo con su mujer en la calle. Su hijo de seis años miraba con indiferencia a la pareja de energúmenos que se deshacían por encontrar las palabras más hirientes. “Maldito, estúpido, fracasado de mierda, no vales una bicoca, en mala hora me fui a meter con un imbécil como tú”.

La aparición del inspector le ahogó las palabras a la mujer que gesticulaba, vociferaba y bailaba como en una riña del famoso boxeador Mohamed Alí.

—Perdone, ¿es usted Francisco Lombardo? —le preguntó Nacho obstruyendo a la mujer que estaba a punto de abofetearlo.

—¡Sí, soy yo! Y qué pasa, ¿eh? —contestó Paco muy alterado por la discusión

—Mire, Francisco, venimos por lo de la muerte de Marcial Pedroza, ¿lo recuerda?

—¡Yo no tengo que ver nada con eso!!Déjeme en paz! —contestó paco dándose la vuelta para irse.

—¡Eh, un momento, amigo! ¿A dónde cree que va? —le espetó Velasco cogiéndolo del brazo—Lo siento, pero tendrá que responder a algunas preguntas, soy el inspector de policía, Eduardo Velasco.

Paco Lombardo se tranquilizó un poco, le explicó su situación y contestó a todas las preguntas sin poder recobrar la calma. Al final tenía coartada y era necesario preguntarle a su ayudante Margarita si en verdad habían estado juntos en un hotel. Agregó que sería muy estúpido para matar a su gallina de los huevos de oro. Les dio una de sus tarjetas y se fue sin despedirse.

Nacho y el inspector se fueron a buscar a Luis Cabrera.

Llegaron a una casa de dos plantas en una zona al norte de la ciudad. Tocaron el timbre. Les abrió un hombre mayor encorvado y medio sordo.

—Buenas tardes, señor, queremos hablar con Luis Cabrera—le gritó Nacho muy cerca del oído.

—¡Ah!!Un momento!¡Luis, te buscan!

El anciano invitó a pasar al inspector y a Nacho, les sirvió un zumo de naranja y se fue a su habitación. En ese momento sonó el timbre. Salió el anciano de nuevo y se fue a abrir la puerta. Con mucha sorpresa Nacho miró al inspector diciéndole que el viejo estaba más sordo que una tapia, pero bien que oía el timbre de la puerta. Nacho se levantó y miró el cuarto del viejo. Volvió con una gran sonrisa. El muy cabrón tiene una lámpara que se enciende cada vez que tocan el timbre.

Apareció Luis Cabrera. Era alto y delgado, llevaba una barba tupida y unas gafas de botellón. Estaba despeinado y parecía alterado.

—Buenas, señores, ¿en qué puedo ayudarlos?

—Venimos por lo de Marcial, usted era su amigo, ¿no? —le respondió Nacho con una sonrisa astuta.

—Sí, es muy lamentable su muerte. Me ha jodido por completo. Era mi última esperanza para salir del atolladero y estiró la pata, el muy cabrón.

—¿Qué relación tenía con él? —le dijo Velasco mirándolo con mucha atención.

Luis se tumbó en un sillón. Estaba a punto de llorar y con voz entrecortada les contó todo sobre su amistad con lujo de detalle.

Una hora y media después Nacho y Velasco salieron sin hebra de donde coger.

—Estamos jodidos, Nacho. No tenemos más sospechosos por ahora. Al final, será un banal robo a mano armada, bien planeado, pero un simple atraco o una venganza ordinaria.

—No, inspector. Nos falta el otro actor, el que hacía de Marat. Se llama Rufino Andrade y vive a media hora de aquí.

—Bien, entonces busquémoslo. ¿Dónde lo podemos encontrar?

—Calle libertadores 35, depto 304.

—Pues, pa luego es tarde, mi querido Nacho.

Llegaron a un edificio de doce plantas. Llamaron por el portero automático, pero nadie les abrió. Esperaron a que alguien saliera y al abrirse la puerta apareció una mujer de unos cuarenta años.

—Perdone, la molestia señora, ¿vive aquí Rufino Andrade? El actor, ya sabe…—le dijo nacho muy amable.

—¿Actor, dice? Ese patán es una escoria. Sí, vive debajo de mi y no es precisamente un ser deseable, se lo juro.

—¿Por qué dice eso, señora?

—Pues, porque hace mucho ruido, mete a la primera zorra que se encuentra y luego se la pasa fornicando media noche. Eso de acostarse con quien sea no es pecado, pero este cabrón grita como si lo estuvieran castrando sabe. ¿Son de la policía?

—Sí, en efecto. Este es el inspector Velasco— Eduardo hizo un saludo galante inclinando la cabeza.

—Mira ¡Que bien!!Hasta han mandado un inspector!!Ya era hora! A ver si esta vez lo echan para siempre de aquí.

—No se preocupe, señora, haremos lo que sea necesario.

La mujer se fue con paso alegre. Nacho y el inspector subieron por la escalera. Llegaron al piso 304. La puerta tenía un forro de color marrón oscuro, tenía dos cerraduras y el ojo un poco bajo. Tocaron durante diez minutos y no abrió nadie. Bajaron y desde el coche esperaron hasta que el hambre los obligó a retirarse. Comieron en un restaurantillo que quedaba enfrente del edificio. No notaron la presencia del hombre que habían descrito los vecinos. Fortachón, con tipo de jugador de fútbol americano, muy moreno, vestido con ropa deportiva y andar zalamero muy fingido. Es adulador, el muy cabrón, pero detrás de su sonrisita siempre se nota el interés. Ese cabrón no da salto sin huarache. Tuvieron que montarle guardia.

Al final Velasco no pudo ir a cenar con Rosa. Le surgió un asunto urgente a la camarera. Con mucha fuerza de voluntad, rompiendo sus principios y echando por la borda sus prejuicios, Eduardo escribió una carta breve declarándose, pidiéndole a Rosita que se casara con él. Se sentía ridículo y, a pesar de que todo apuntaba en contra de su relación, se convenció de que su vida sería mejor al lado de esa mujer.

La investigación se detuvo. Velasco estaba en punto muerto. Los sospechosos tenían coartadas, no tenían móvil y jamás habrían tocado al hombre que los sacaría de pobres. Rufino seguía invisible. Ni los polis de guardia ni los agentes que se habían incorporado a la investigación sabían algo. Al Marat se lo había tragado la tierra. Habían pasado tres días sin que hubiera noticias del actor de segunda.

Velasco se despertó el viernes con una indigestión moral. La existencia le parecía absurda y el único deseo que lo motivó a seguir adelante fue la ilusión de Rosita. Esa noche recibiría la respuesta y se terminaría esa lucha de contradicciones que le quitaba más el sueño que las peores pesadillas. Lo llamaron con urgencia de la morgue. Había un hombre parecido a Rufino.

Cuando el inspector llegó, Nacho lo recibió con cara de pocos amigos. Se encaminaron a lugar donde estaba el fiambre, hablaron con el forense y supieron que el actor había sufrido un paro cardiaco en un hotelillo barato. La muerte lo había sorprendido con una sobredosis de viagra, alcohol y dos mujeres de la mala vida. Se encontró solo un carné de la sociedad de actores falsa con el nombre de Rufino Andrade. Se confirmó su identidad y se consiguió una orden de registro para investigar las causas de su fallecimiento. Velasco encontró el arma del crimen. Un puñal con empuñadura de piedra. Con un grabado oriental. Un arma bastante letal en manos expertas. Se declaró a Rufino culpable del asesinato de Marcial. En las actas figuraba Rufino como el asesino. Se había presentado como repartidor de Pizza, había asestado un golpe mortal en el pecho de su víctima, luego se había escabullido sin dejar rastro. Durante un tiempo no se presentó en su domicilio y al final lo encontraron en un hotel de mala muerte.

Velasco se puso su mejor traje y se presentó puntual a la cita con Rosa. Ella salió de su turno dos horas antes y al encontrarse con Eduardo le entregó su carta. Velasco se desconcertó. Rosa le indicó que leyera la respuesta y que no lo tomara muy a pecho. Se despidieron y Velasco se fue a tomar unas copas.

En el bar, el cantinero le hizo la conversación. Velasco estaba triste. Cuando le preguntó Ramón, sirviéndole la copa de whisky, el porqué de su desgracia, Velasco le extendió una nota que decía:

Lo siento inspector, lo esperé por mucho tiempo. El destino ha querido que sea otro hombre el merecedor de mi amor. Perdóneme.

Rosita.

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