LA REMERA

La noche ya había terminado hacía rato, pero seguíamos con sed. El pablo y yo habíamos andado dando vueltas por la zona del mercado de abastos desde temprano, recorriendo boliches.

El último (Anteúltimo en realidad) había sido Dorian Gray, un galpón blanco a donde una Barwoman conocida nos daba tragos gratis, por lo que había sido una jornada bien regada. Aun así, seguíamos con sed.

Cuando el local apagó luces y música, mientras salíamos hacia la vereda, el Pablo me dijo: – Quiero escuchar cuarteto un rato.

Eran más de las 6 de la mañana, no hacía falta seguir, pero para cumplir con mi compromiso de amigo, acepté la invitación. Total…

Cruzamos la costanera y llegamos a la zona de los bares que abren cuando los otros cierran.

Elegimos uno en donde algunas personas esperaban para entrar haciendo una fila corta, no eran más de 15. Sobre la puerta, un cartel de lona gastado y viejo, iluminado por algunos focos rojos y amarillos, en letra Comic Sans roja decía “AFTER, EL AFTER”.

Los vidrios del salón, pintados de colores retumbaban al ritmo del bajo Cuartetero. Desde la vereda podían verse los destellos de las luces.

– Debe estar hermoso! Dijo el Pablo mientras íbamos haciendo lugar en la fila, armada en su mayoría de varones sedientos igual que nosotros. Se prendió un pucho y empezó a hacer bailecitos chiquitos al lado mío, como entrando en calor, preparándose para coronar la madrugada de una noche que se estaba estirando, seguramente sin sentido.

Llegó nuestro turno para entrar y en la puerta, dos policías ya cansados y un poco enojados nos frenaron para cachearnos. Nos revisaron a cuerpo entero como si estuviéramos entrando a una cancha de fútbol. Pensé que era raro. Generalmente no nos palpaban para entrar a bares. Había algo que no estábamos entendiendo del todo. Éramos dos visitantes nuevos, inocentes, ignorantes. Estábamos conociendo las reglas del lugar. Entramos.

Era un salón rectangular iluminado de rojo y amarillo, con algunas mesas (La mayoría vacías) distribuidas sobre las orillas y una barra al fondo. Al lado de la barra, un baño mixto, separado por una cortina hecha con una sábana vieja, esas que se llenan de bolitas por el uso. Entraban y salían las mismas personas, todo el tiempo. El estado del lugar era el que tienen los boliches a las 6.30 de la mañana. Pisos pegajosos, barro, bebidas volcadas, pedazos de limón, gallos de saliva espumosos. Olor a cerveza tibia mezclada con humo, vasos de plástico a medios llenar con líquido marrón, sobre el cual flotaban cigarrillos apagados, chicles, más gallos. Calor, humedad. En el ambiente se sentía la tibieza de la tensión.
Las 6.30 de la mañana es un horario en el cual una noche puede terminar en paz, o volar en pedazos, todo depende de dos miradas que se crucen en un momento inoportuno.
Fuimos directamente a la barra a pedir un pote de un litro de ferné. El barman se dio cuenta de que no éramos caras conocidas, por lo que nos sirvió la bebida con una coca vieja, sin gas y poco hielo. No podíamos decir absolutamente nada, lo sabíamos. Nos sentamos en una de las mesas vacías. Eran de chapa pintada de amarillo, redondas, altas, rengas como todas las mesas de chapa, con dos banquetas de caño a sus costados. Apoyamos el ferné asqueroso al medio de la mesa y empezamos a tantear el asunto.

Canciones de cuarteto viejo enganchadas, retumbaban, era casi imposible hablar.

Algunos bailaban con las pocas mujeres que habían quedado, otros conversaban entre ellos, algunos más borrachos se sostenían sobre las columnas de cemento sin entender ni siquiera por qué estaban ahí. Otros entraban y salían del baño con el pelo mojado, la cara brillante, los ojos rojos.

Estábamos empezando a relajarnos cuando el flaco se apoyó en nuestra mesa. Tenía un metro 70 aproximadamente, el pelo morocho hasta los hombros con rulos increíblemente chiquitos y rizados. La cara lisa, pera puntiaguda bien afeitada al ras. Un piercing punta de flecha en una de sus cejas y del cuello le colgaba ajustado, un piolín negro, con una cruz de metal. Tenía puesta una remera a rayas horizontales, finitas, negras y violetas. Le quedaba grande y estaba húmeda, un poco por transpiración, un poco por el agua que le caía desde los rulos recién mojados en el baño.

– De donde son ustedes?, Maestro. Me preguntó estirando la mano.

– De Villa Dolores, pero vivimos acá. Le respondí mientras chocábamos los 5.

– Ahhhhhh! Yo tengo un hermano privado de la libertad en Villa Dolores, en la cárcel de barrio La Feria, me gritó al oído. La música parecía que apropósito había subido el volumen para que tuviéramos que hablar pegados uno al otro.                           

– Si! La conozco, he pasado por ahí. Me han contado que a esa cárcel llevan a los que tienen buena conducta. Comenté con el simple motivo de que la conversación pareciera agradable, común y corriente, espontánea.              

– Sí! Nosotros vamos a visitarlo seguido, a llevarle mercadería.Vamos y volvemos en el día….(Se hizo un segundo de silencio a donde supe que algo iba a pasar).

– Hermano, me encanta tu remera, la vamos a cambiar! Me dijo el flaco, mientras convertía el tono de su voz y achicaba la mirada. Me clavaba la vista a los ojos y se sobaba los puños cerrados. La tensión del ambiente pareció llegar a un punto de no retorno.

Todo se había convertido en un túnel que daba vueltas, a donde no se diferenciaba la música de las palabras, las luces de color me mareaban, un calor que comenzó en el estómago me subió por el pecho y me aceleró el pulso. Miraba al flaco y lo miraba al Pablo. Miraba a todos los que estaban alrededor. Eran como espectadores de un circo romano, esperando un final cantado.

Yo tenía puesta una remera negra lisa. No tenía nada de especial. No había motivos para querer cambiármela.

– Es nueva hermano! Me la regalaron para mi cumpleaños. Le dije con una falsa sonrisa, tratando de salvarme del asalto sin armas del cual estaba siendo víctima.

– Las vamos a cambiar. Me dijo abrazándome firme y pegando su pecho contra el mío. Sentí la humedad se su remera mojarme. El corazón de él, tranquilo, acostumbrado, sin prisa, latiendo sobre el mío, que parecía querer salir corriendo del esternón y gritar ayuda! Me muero!

Tomó un poco de distancia y se sacó la remera. Me la ofreció. El Pablo miraba la situación con la misma incertidumbre que yo. No existían respuestas válidas, no había nada para hacer, estábamos solos y entregados a lo que quisieran hacer de nosotros. Me paré de la silla, me saqué la remera y se la di. Me dio la suya. Se puso la mía.

– Ponetela hermano, a ver cómo te queda. Me dijo mientras sacaba con las manos, la mata de rulos mojados que le había quedado del lado de adentro del cuello. Di vuelta su remera para dejar las costuras hacía adentro y lentamente empecé a meter los brazos, la cabeza. Todo pasaba en cámara lenta. Podía sentir en detalle, el calor de un cuerpo ajeno, los olores, la humedad, el perfume mezclado con transpiración, el vino que se había volcado. Las carcajadas del resto viendo esta faena. Todo era agrio. Asomé la cabeza por el cuello, acomodé los brazos en las mangas. Sobre la espalda, la tela empapada pegándose a mi piel.

Ya no sentía miedo, ya no sentía bronca. Ya no sentía nada.

El flaco me abrazó de nuevo.

– Te queda cromada! Me dijo y se fue a la barra, donde lo esperaban el barman y otros más. La escena completa no duró más de dos minutos.

La persona que yo era cuando entré a ese bar ya no existía.

El Pablo tomó el último trago del ferné asqueroso, chistó la lengua, agarró la etiqueta de puchos y se la metió al bolsillo.

– Vamos a la bosta, ya es tarde, me dijo.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS