Setecientos pedazos de metal

Setecientos pedazos de metal

Andrea Pereira

02/01/2026

—¿Qué compraste? —pregunta Sofía, con ambas manos en el volante, mirando a su hija
que revuelve la bolsa.
—Lo que me dijiste: pan y dos bebidas.
—Perfecto —dice y comienza a conducir.
—¿Sabés dónde estamos, má?
—Sí, en Maldonado. Todavía nos queda un rato para llegar a lo de tu tía.
—Sí, eso ya sé, pero ahí donde compré, en el almacén donde estuvimos… ¿sabés qué es
ahí? —pregunta la adolescente, dejando la bolsa en el asiento vacío detrás de ellas.
—No, Martina, no tengo idea, nunca andamos por acá.
—Pero, ¿te acordás cuando papá nos contó de la pena de muerte?
—Sí… justo mirá, ahí está sonando tu celular, debe ser tu padre.
Martina, entusiasmada, saca el celular de su bandolera de mezclilla y acepta la
videollamada.
—¿Cuánto les falta para llegar? —pregunta Matías apenas su hija presiona “responder”.
—No sé bien, pero dice mamá que falta un rato todavía.
—Alejandra hizo ensalada rusa, y cuando ustedes avisen que están a menos de una hora,
pongo la carne en el fuego.
—Dale, pá.
—Hola, Mati, justo hablábamos de vos —dice Sofía sonriendo, sin dejar de mirar la
carretera.
—Hola, amor. ¿De qué hablaban de mí? ¿Algo malo?
—No, papi. ¿Te acordás de cuando la otra noche nos contabas que les habías dicho a tus
alumnos que en Uruguay existió la pena de muerte?
—Claro, sí, hasta los primeros años del siglo veinte.
—Fui a comprar pan y las bebidas porque mamá se olvidó de traerlas de Montevideo, y
paramos en un almacén. Reconocí a la señora que me mostraste en el video; no me acuerdo
el nombre, pero era la señora de la familia del oro.
—¿La bisnieta de doña Luisa?

—Sí, pero no me atreví a preguntarle.
—No tengo idea de qué hablan —dice entre risas Sofía.
—Después me contás bien. Ahora voy a ayudar a mi hermana, las estamos esperando. No
se olviden de avisar para que ponga la carne.
—Dale, pá. —Martina le tira un beso a Matías; este le responde igual, y Sofía agrega un
“nos vemos pronto, amor” antes de que Martina corte la llamada.
—¿De qué señora del oro hablaban ustedes? —pregunta Sofía.
—Papá me contó que acá en Uruguay hubo pena de muerte, pero cuando llegó la
presidencia de Batlle y Ordóñez se terminó eso, y ahora no existe más.
—Eso me acuerdo, pero lo del oro no sé qué decís.
—La señora del almacén es esta —dice Martina, busca en YouTube, muestra la imagen, y
Sofía rápidamente mira y vuelve los ojos a la carretera. Entonces Martina continúa—: Su
bisabuela fue asesinada junto a su bisabuelo y un niño que criaban, creo, o que era hijo de
ellos… o empleado, no sé. Sé que tenía diez años el niño. Los mataron porque querían
setecientas monedas de oro que se suponía que el señor de la casa tenía. Nunca las
encontraron, pero los mataron a los tres, y el tío abuelo de la señora del almacén fue quien
descubrió a su familia asesinada.
—Qué horror, pobre hombre.
—Sí. Vos estabas con el Zoom del trabajo cuando papá me lo contó, por eso no oíste todo.
Pero los culpables fueron condenados a muerte y los mataron fusilados ahí, en Maldonado,
donde mataron a la familia. Nunca se encontró ese oro, pero quedó ese dolor siempre, de
que mataron a esa familia ahí justito donde pasamos. Bueno, no sé si justito ahí, pero ahí
mismo vive la bisnieta hoy en día.
—Fusilados… qué lindas historias te cuenta Matías.
—Pero, mamá, no son historias: es historia. Eso pasó en la vida real. En el colegio nunca lo
vimos. Si no me lo dice papá y no veo el video que te mostré, no sabía que hubo pena de
muerte en mi país.
—Debería seguir habiendo —opina, suspirando, Sofía.
—No, mamá, yo pienso que no. Al final de cuentas, la muerte no es castigo: es el final de la
vida. Y esa persona que hizo algo malo no aprende nada de lo que hizo. Es mejor el

encierro, que da tiempo a pensar, arrepentirse, aprender de lo que hiciste… y bueno,
también es castigo.
—Me cerrás la boca vos. En serio, ¿tenés doce años?
—Eso dijiste vos —responde riendo Martina, y agrega bromeando—: dijiste que nací el 27
de agosto hace doce años, y yo confío en tu palabra.
—Qué triste lo que me contaste. Porque eliminar a toda una familia solo por setecientos
pedazos de metal, ¿no?
—Es verdad. Los fusilaron ahí mismo, porque en esa época no tenían la misma prensa que
hoy. Entonces querían que el pueblo supiera que se cumplía con lo que se había dicho. Y
debe haber sido triste para la familia de los malos también, porque seguramente tenían
mamá o papá o hermanos, y los iban a matar con fecha y hora.
—Es difícil, sí. Es muy difícil.
—¿Cuánto falta para llegar a lo de la tía? —preguntó Martina tras varios minutos de
silencio, pensando en la bisabuela de la señora del almacén.
—Avisale a papá que estamos a un poco más de media hora.

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