MI PRIMERA CITA CON JUAN

MI PRIMERA CITA CON JUAN

Andrea Pereira

02/01/2026

Siempre me gustó Juan. Desde los catorce, cuando pasaba frente a mi casa y fingía no verme.

Hoy me escribe. Dice que al fin llegó el día.

Me maquillo con cuidado. El espejo devuelve un rostro que parece contento; no sé si es el mío, pero

me sonríe.

Elijo el vestido azul —el que guarda la forma de mi cuerpo aunque ya no sea el mismo— y salgo.

Él me espera. Está igual. Ni una arruga, ni una cana. Su voz suena como la recuerdo: limpia, segura.

Dice que también pensaba en mí desde hace años. Que fue tonto por callar tanto tiempo.

Me toma la mano.

Siento su piel tibia, real, tan real que me cuesta respirar.

Viene el mozo.

Pido dos cafés.

El hombre dice algo, pero su voz se disuelve. Juan sonríe y eso basta.

El mozo vuelve, deja la bandeja, y por un instante lo noto incómodo. Tal vez nos mira con envidia.

Seguimos hablando. No recuerdo las palabras, solo el sonido suave de su risa.

—¡Juliana! —una voz me rompe la escena, áspera, impaciente—. ¿Otra vez?

Es Nadia, mi hermana.

No entiendo por qué me mira así, ni por qué pide disculpas al mozo, ni por qué me toma tan fuerte

del brazo.

Le digo que no me avergüence delante de Juan.

Ella no contesta. Solo me arrastra, chasquea la lengua, susurra el nombre de mi amor y ni siquiera

lo mira.

El aire afuera es pesado.

Me mete en el coche y cierra la puerta.

Escucho la voz de mi cuñado: —¿Ya pasó?—. El ruido del motor tapa la respuesta de Nadia.

Pero no pasó. Nada pasa.

Entonces grito.

No por Nadia, ni por su marido, ni por la vergüenza de haber sido arrastrada como una niña a mis

cuarenta y cinco.

Grito porque el mozo habla con alguien y evita mirar hacia el auto que arranca conmigo dentro.

Porque hay dos tazas sobre la mesa y solo una silla vacía.

Porque el café se enfría y, en el vapor, por un instante, Juan me mira.

Y sé que lo hace… aunque nadie más lo vea.

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