Si hay algo en que estoy de acuerdo, es que los imprevistos hacen a la vida muy variada. Si nuestras vivencias tendrían lógica racional, nos aburriríamos de la vida a los 5 años de haber nacido.

Es por esto que el pasajero de este colectivo nunca olvidará lo que vivió ese día.

Estaba desesperado, la noche anterior el dolor de muelas había terminado con la poca paciencia que tenía y encima tenía que esperar el colectivo que ya llevaba 20 minutos de atraso.

Es imposible pensar y reflexionar para que pase el tiempo con un dolor tan intenso. Cuando la desesperación estaba en su punto máximo, por fin apareció el bendito colectivo de la línea 2 que me llevaría al dentista.

Como era de esperarse, el chofer del colectivo ni respondió a mi saludo, y sólo atinó a sonreírse. Estando ya parado dentro de la unidad le pregunté si aceptaba la tarjeta “Viaje” y me respondió de forma lacónica –“no ves que la máquina está rota”-. Lo miré con cara de pocos amigos y me ubiqué en el fondo y desde allí pude apreciar que realmente la máquina ticketeadora estaba rota y algo mojada.

Ya sentado, recorrí el micro con la vista y vi caras desoladas y tristes, pero lo más llamativo es que todos tenían el pelo húmedo y sus vestimentas estaban manchadas, con algo que a mi entender era barro. También me llamó la atención que varias ventanillas estaban astilladas, como que habían intentado romperlas unas cuantas veces.

El trayecto que recorrí fue muy silencioso, nadie hablaba y ni había subido a la unidad, la cual despedía un hedor a agua podrida que inundaba el aire. Ya cerca de mi destino, me paré y recorrí parte del micro para tocar el timbre y bajarme en la próxima parada. En ese momento, una mano me sujetó fuertemente el brazo. Era una joven de aproximadamente 25 años, con un bebé en brazos. Algo sorprendido le pregunté –¿qué pasa?- y la respuesta fue más desconcertante aún –disfrutá la vida, aprovechala– dicho eso se sonrió y siguió meciendo a su bebé. Al lado de ella, una señora se sonreía y asentía con la cabeza.

Después de ese breve momento, algo inquietante por cierto, el colectivo paró y bajé tranquilamente para dirigirme al consultorio.

Habiendo llegado al dentista, la secretaria me dijo que el doctor estaba atrasado, pero que en unos minutos más me atendía. –no hay drama- le respondí. Aún sin salir del asombro por lo que me dijo esa joven en el colectivo, la secretaria me contó algo espeluznante: Una unidad de la línea 2 había caído al río hace media hora y nadie se había salvado de la tragedia.

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