Un leve temblor causado por el viento sacude las hojas del árbol de sauce blanco. El agua del espejo refleja el cielo, parte de las extensas ramas y la incertidumbre dibujada en ese manso panorama. Silencio, las aves ya no se posan en las ramas del sauce, ni siquiera vuelan alrededor de estos bosques y no se atreven a beber de las aguas de este río, en ves de eso, prefieren volar hasta el otro lado de las montañas y beber de algún lugar lejano a este. Silencio, el viento susurra de manera que su voz es casi imperceptible para el oído del reflejo, se pasea por estos alrededores como lo hace Dios por este extenso universo, en silencio, observando, tocando lo creado solo para saber y sentir que todavía existe.
Una nota, dos notas, tres notas, cuatro notas, cinco notas y quizá la sexta sea para ti o quizá para mí. La enciclopedia de este universo no está lista para registrar las notas musicales que se crean entre las manos de Dios, porque mientras el toca, las galaxias salen despedidas de sus divinas manos como notas musicales se tratara. Una nota, dos notas, tres notas y quizá infinitas notas como infinito el baile del sauce blanco entre las manos del destino al que de ves en cuando yo para resumir le llamo; viento. En ocasiones me pregunto qué hago yo aquí sentado al filo de esta agua mansa, observando el enorme espejo que se crea en las superficies del río. Me veo yo mismo y no me reconozco porque mi ser yace muy lejos de aquí, caminando entre las rojizas montañas del atardecer náutico y sin embargo, otra parte de mi se queda aquí, contemplando la fabulosa creación que hay detrás de este enorme espejo. De ves en cuando quisiera sumergirme en esas aguas, ser parte del mundo que veo, pero tengo miedo, porque en la infinidad del tiempo el miedo es la única parada en la que la vida se suspende en un intangible pensamiento. Miedo y hasta Dios en ocasiones tiene miedo, miedo de dejar de tocar su infinita arpa, de dejar de crear aberraciones y que sus aberraciones le olviden en la infinidad de la conciencia.
Viene a mi un efímero pensamiento, quizá fui yo, me digo, recuerdo mis manos tocando la tierra, oliendo el agua, sintiendo el viento en mi piel y me veo descansado bajo la sombra del sauce blanco, charlando con los pájaros que en aquel tiempo venían hasta aquí. Sí, si fui yo, antes yo sostenía el interés, antes podía ser y hacer lo que el susurro del viento me decía y ahora ya no. Ahora mis manos se han olvidado de crear, ya no puedo tocar esas arpas infinitas, ya no puedo interceder por mi creación y no recuerdo la razón, solo siento una profunda nostalgia cada vez que observo el reflejo que crea el río.
Nombres, no tengo. El bien, el mal, el vacío, el infinito, todas aquellas magnificencias se han acabado en mí, ya no me quedan siquiera los suspiros para crear y ya ni el cansancio me visita. Lo creado por mí existe, crea y se extingue a si mismo. Mi mano, ni mi observación ya no es necesaria. Mis palabras y guía son todo lo que ellos no necesitan y así me olvidé de ellos. Si no fuera por este enorme espejo, jamás hubiera recordado que quizá fui yo su creador, que quizá seré yo su exterminador, porque para todo Dios, recordar a su creación es sinónimo de destrucción. Porque la creación de uno siempre es imperfecta y la imperfección solo se resuelve con destrucción. Destrucción, solo destrucción para la transformación o quizá no, después de todo, no recuerdo para que cree esta obra mía, no logro entender para qué fue, quizá quería distraerme o quizá quería encontrar algún significado, pero entiendo claramente que no me agrada lo que veo. No me agrada y ellos tampoco les agrada existir.
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