— Y la mierda en el plato se creyó comida —le suelto al cocinero en la fila del comedor mientras me sirve una suela con vocación de filete.

—¿A ti qué carajo te pasa, Millán? Tú sí que traes siempre una cara de mierda y no te digo nada. Ya verás cuando venga la Tormenta —me devuelve, cómo no, la famosa amenaza.

«Ya verás cuando venga la Tormenta». Eso dicen todos ahora, panda de lunáticos. Así llevan años avisando. Un rato después, estoy en la mesa de la oficina. Tengo tantas columnas de impresos por revisar que parece la vieja Acrópolis de Atenas, solo que, en este caso, la ruina será mía y no de la empresa si no termino pronto con ello. Con una pensión que pagar a mi exmujer y a un hijo que me odia, no puedo permitirme cometer errores en la oficina.

El cielo está cada vez más nublado. Solo es un día más, me digo, pero la gente empieza a levantarse de sus mesas. Desatienden su trabajo, van de aquí para allá parloteando, están nerviosos. En medio de este puñetero caos está mi mesa, alumbrada por un flexo de luz amarillenta y por la poca cordura que aún queda en esta empresa. Así no hay dios que se concentre. A ver cómo vamos a sacar a flote los nuevos contratos si a todos les entra el canguelo cada vez que van a caer cuatro gotas.

—Millán, ¿no tienes a nadie a quien llamar? ¿Cómo puedes estar ahí plantado? —la administrativa me mira con una mezcla de compasión y desdén.

Levanto la mirada sobre el cristal de las gafas, pero me ahorro la respuesta. Todos están histéricos, pensando que se va a repetir la Tormenta del 52. Como si no tuviera otra cosa que hacer que llamar a toda la gente a la que le importo un carajo. Cada vez que los meteorólogos salen hablando de la Tormenta, las empresas de telefonía se frotan las manos. Maldita sea.

Ha empezado la llovizna y con ella los idiotas agolpados en la ventana, los abrazos apresurados, los que se santiguan incluso. Solo es un día más, me digo otra vez. ¿No se dan cuenta de que están besando a personas innecesarias? 

Necesito atravesar el pasillo para llegar al despacho del jefe y que firme algunos documentos. Me lo encuentro tapando el auricular del teléfono y su boca con la mano derecha. Me quedo discretamente en la entrada, con la mirada distraída, haciendo ver que no escucho. El ventanal de la sala da a la avenida. Tras las gotas estampadas en el cristal, un sinfín de almas en hileras de coches, con sus luces rojas, exigen con el claxon mayor premura.

—Lo de ayer fue una discusión sin más, no vas a desaparecer para mí, eres lo más impor… —el jefe me mira con fastidio—. Te llamo enseguida, Elena. —Cuelga y se lleva la mano a una frente perlada de sudor. Se toma unos segundos y suspira. —Por Dios, Millán, ¿es necesario esto ahora?

Pongo sobre su mesa los documentos. Imprime con su mano una firma apática y deformada, la peor que he visto en años. Me dice que esta vez va en serio, que la lluvia no es una simple tormenta, que le ha llamado un amigo del ministerio para decirle que tome las medidas oportunas. Por un momento me hace dudar. Pienso en mi hijo. Solo es un día más, me repito como un mantra. El jefe se excusa. Tiene que pensar un discurso, dice, que se quede en el recuerdo de todos.

Salgo de su despacho algo ensimismado. En su puerta hay una fila de idiotas haciendo cola. Lo que tiene que hacer un currante para que el jefe no te olvide, río por dentro. El ambiente ha conseguido crispar mis nervios. Siento ganas de orinar. En el baño, el comercial y la de Recursos Humanos se pegan el lote. Se veía venir. Ni siquiera se molestan en cerrar la puerta. Ella le agarra el pelo y lo estruja en su puño, obligándole a mirarla, como si fuera a plantarle un mapa en los morros para que no olvide el camino de vuelta. Él, a su vez, la embiste con vigor, como si pudiera estamparle un sello de propiedad en el mismísimo cuello del útero.

Yo tengo que conformarme con el único alivio de vaciar la vejiga. Hace años que toqué por última vez el cuerpo de una mujer y fue pagando. Dudo que ella recuerde siquiera mi cara. Aunque le dejé propina, no pude levantar la mirada de pura vergüenza como sentí. Dejo de pensar en esas tonterías. En vista de que todo el mundo ha decidido colapsar por unos chubascos de nada, empiezo a guardar en el maletín los informes para seguir trabajando en casa. Aquí no hay nada que hacer.

El resplandor de un rayo se anticipa unos segundos antes de su sonora entrada. El atronador ruido interrumpe las primeras palabras del discurso apresurado del jefe. Un grito colectivo le sigue. La luz se va durante un instante. Me resulta muy complicado esta vez no impregnarme de la histeria colectiva. Ni pienses en llamarle, me digo. Mientras oigo voces pidiendo la calma, me marcho sin despedirme, dando la espalda al gentío.

La calle ofrece un espectáculo aún peor. El escaparate de la tienda de electrodomésticos muestra en sus televisores unos dibujos animados con simpáticos esqueletos danzando al son de alguna música. Las hojas de un periódico se estampan en mis tobillos arrastradas por el viento. Alguien aporrea el cristal de una cabina telefónica pidiendo su turno y un taxista ha dejado a su cliente sentado en el asiento trasero cuando ha salido del vehículo corriendo. En el callejón hay un vagabundo sentado. Cruzando la calle juraría haberlo visto… ¿parpadear? Su silueta aparecía y desaparecía de forma intermitente. Esta gente me está volviendo loco. Todo parece una película alrededor, una película de muy mal gusto.

Entro en la tienda con cautela, sin saludar y sin dejar el paraguas en la entrada. Los neones parpadean. El tendero parece forcejear con otro hombre. Se disputan una botella o algo robado, no sé. Empiezo a temer por mi integridad física. Esto se está yendo totalmente de las manos. Solo quiero una bolsa de pienso para Nimbo. El pobre debe estar hambriento.

Me encorvo para que los expositores de los pasillos me sirvan de escondite. Esgrimiendo mi paraguas, me hago con uno de los pocos sacos que quedan. De vuelta hacia la salida, los dos hombres han perdido el equilibrio peleando y acaban precipitándose contra el estante de los licores. Aprovechando el estruendo, comienzo a correr sin mirar atrás.

En la avenida no aminoro la marcha. No estoy tan lejos del viejo piso que heredé de mis padres. Hay una mujer parando el tráfico, plantada en mitad de la carretera. Grita su nombre y apellidos como una auténtica energúmena. —¡Soy Aurelia Guzmán! ¡Soy Aurelia Guzmán! —Eso parece que dice. Joder, Aurelia. Yo a usted la habré olvidado al girar la esquina.

Ya queda poco. Puedo vislumbrar mi portal en la bocacalle. Teniendo en cuenta mi bajo estado de forma, acabo haciendo el mayor sprint de mi vida. En el rellano de la escalera, cojo aire cerrando la puerta tras de mí. Apoyo las manos en mis rodillas, incapaz de avanzar sin darme un momento de respiro. El ventanuco de la estancia deja entrar una luz de tono ocre, un poco cenicienta. La vecina del primero ha abierto su puerta.

—¡Millán! Le daba por desaparecido. Dígame, por favor, que va a intentar llamarle —la vieja del demonio me lo dice casi rogando, como si fuera asunto suyo. Como se nota que está más sola que ella misma. Nimbo se anticipa en la respuesta y ladra desde el cuarto piso, resonando en la escalera.

El cansancio y la tensión acumulada acaban por hacerme contestar de malas formas. Lo que me faltaba. Me ladeo, ignorando sus palabras, para dejarla atrás y seguir subiendo los peldaños. Nimbo me recibe impaciente. Sí, sí, lo primero es lo primero. Lleno su plato en la cocina, le acaricio mientras da cuenta de su ración como si no hubiera un mañana. El vendaval se hace notar en el golpeteo de las ventanas. La luz en el ambiente es cada vez más ocre, más oscura, más intensa.

Como si no tuviera elección, me encuentro de bruces con el teléfono de casa, con su cable enrollado, sus teclas gastadas… ¿y el piloto del contestador? Apagado, cómo no. No hay mensajes. Asiento en silencio y suspiro. Qué esperabas.

Un rugido ensordecedor me saca del ensimismamiento. Me asomo por la ventana, sin poder dar crédito a lo que veo. Hay una enorme columna de puntos blancos, un tornado, una especie de desagüe en la atmósfera. Espera. ¿Qué narices es lo que veo? Miles de fotos revolotean violentamente en el cielo de la ciudad, como un huracán de recuerdos que se estampa en los cristales.

[…]

Dicen que aquel día muchos nombres desaparecieron del listín telefónico, un número considerable de lápidas enmudecieron o perdieron sentido y la policía buscaba desaparecidos sin retratos robot. En cuanto a mí, apenas noté la diferencia. Creo que Nimbo lamía mi mano cuando la Tormenta azotaba la ciudad. Seguiría con esto, pero tengo informes que terminar.

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