La noche anterior
me dejó el espíritu cubierto de grietas.
No dudas pequeñas,
sino abismos abiertos,
de esos que no se cierran
aunque uno cierre los ojos.
Intenté olvidarlas.
No pude.
Las preguntas no duermen
cuando han probado la sangre.
Me sentí sumergido
en aguas sin fondo,
sin suelo donde apoyar la fe
ni superficie donde respirar consuelo.
Y aun así,
decidí avanzar.
No hacia respuestas,
sino hacia lo que no tiembla.
Elegí una senda severa:
apartarme de todo
aquello que admitiera
la más mínima sospecha,
tratar lo dudoso como ilusión,
lo probable como mentira elegante,
y seguir despojando
hasta encontrar una sola certeza,
o aceptar, si fuera necesario,
que nada lo es.
Bastaría una sola verdad,
un punto inmóvil,
como aquel apoyo imposible
que soñó el sabio
para mover la tierra entera.
Una sola cosa firme
y el mundo podría reordenarse.
Así que supuse el engaño total.
Que los colores mienten.
Que la memoria inventa.
Que el cuerpo es una historia mal contada.
Que la forma, el espacio, el movimiento
son sombras del pensamiento.
Entonces pregunté al vacío:
¿qué queda?
Tal vez nada.
Tal vez solo esto:
que no hay certeza alguna.
Pero incluso esa negación
resbaló entre mis manos.
Porque ¿qué soy yo
que niego?
¿Quién duda,
quién formula la sospecha?
Negué los sentidos.
Negué la carne.
Negué la figura humana
como quien quema un retrato
para ver si el rostro persiste.
Y sin embargo,
algo resistía.
Porque aunque un poder oscuro
—real o imaginado—
se dedicara a falsear el universo entero,
aunque cada pensamiento fuera una trampa,
el engaño exige un engañado.
Y si soy engañado,
soy.
Que me mientan todos,
menos eso.
Porque mientras pienso,
no puedo no existir.
Así nació una certeza desnuda,
sin ornamento ni refugio:
soy,
mientras pienso que soy.
No sé aún qué soy.
Pero soy.
Y esa verdad, mínima y feroz,
brilla más que todas las anteriores, más que todas las intocables, aunque innegables luminarias del firmamento.
Entonces me detuve.
No para descansar,
sino para no contaminar
esa claridad reciente
con antiguas definiciones.
Revisé lo que creí ser.
Un nombre.
Un cuerpo.
Una maquinaria de huesos y piel.
Un soplo invisible
al que llamé alma
porque no sabía qué otra cosa decir.
Creí que el cuerpo era evidente,
que se explicaba por si solo:
extensión, forma, lugar, contacto, movimiento.
Algo que ocupa espacio
y responde a fuerzas externas.
Pero ahora,
bajo la sospecha tajante,
ninguna de esas propiedades
me pertenece con certeza.
No puedo afirmar que camino.
No puedo afirmar que siento.
He sentido sueños
con más intensidad que la vigilia.
Solo una cosa no se disuelve:
pensar.
Dudar.
Afirmar.
Negar.
Desear.
Temer.
Imaginar incluso contra mi voluntad.
Eso soy.
Una actividad sin forma.
Un acto sin materia.
Una llama sin combustible visible.
No un cuerpo.
No un soplo.
No una ficción de la imaginación.
Porque imaginar
es dibujar contornos,
y yo no tengo contorno.
Lo comprendí al observar
un objeto simple:
un fragmento del mundo
aparentemente dócil.
Una materia cualquiera,
dulce, sólida, perfumada.
Algo que parece ofrecerse
a los sentidos.
Pero al cambiar el entorno,
todo en ella se transforma:
sabor, olor, figura, resistencia.
Y aun así,
decimos que sigue siendo lo mismo.
Entonces,
¿qué conocemos realmente?
No lo que vemos.
No lo que tocamos.
Sino lo que el entendimiento
reconoce más allá de las apariencias.
La materia no se revela a los ojos,
sino a la mente que inspecciona.
Y si esto es cierto para las cosas,
¿cuánto más lo será para mí?
Si reconozco un objeto
por una operación del espíritu,
con mayor razón me reconozco a mí mismo
por ese mismo acto.
No porque me vea.
No porque me sienta.
Sino porque pienso.
Incluso si todo es sueño.
Incluso si nunca despierto.
Incluso si cada sensación es falsa.
Pensar ocurre.
Y donde ocurre el pensar,
ocurro yo.
Así descubrí
que no hay conocimiento más cercano
que el del propio espíritu.
Y sin embargo,
qué difícil es soltar
la vieja creencia
de que lo externo es más real
que lo íntimo.
El lenguaje engaña.
Decimos “veo”
cuando en verdad juzgamos.
Decimos “conozco”
cuando solo repetimos.
Vemos figuras pasar
y las llamamos hombres,
aunque solo percibimos formas.
El juicio completa lo que los ojos no dan.
Así opera el espíritu:
no recibe el mundo,
lo interpreta.
Y en esa interpretación,
se revela a sí mismo.
He llegado,
sin saberlo del todo,
al punto que buscaba.
Ahora sé
que el cuerpo es pensado,
no tocado;
que la materia es comprendida,
no vista;
y que el espíritu
es lo más inmediato,
lo más cierto,
lo más difícil de aceptar.
Nada me es más cercano
que aquello que duda.
Nada más real
que lo que no ocupa espacio.
Me detengo aquí.
No por certeza absoluta,
sino para dejar que esta verdad
se imprima lentamente.
Porque las ideas antiguas
no mueren de inmediato.
Y el espíritu necesita tiempo
para aprender
que lo más invisible
es lo más verdadero.
OPINIONES Y COMENTARIOS