Tratado sobre lo que permanece

Tratado sobre lo que permanece

Alejandro Salazar

27/12/2025

La noche anterior

me dejó el espíritu cubierto de grietas.

No dudas pequeñas,

sino abismos abiertos,

de esos que no se cierran

aunque uno cierre los ojos.

Intenté olvidarlas.

No pude.

Las preguntas no duermen

cuando han probado la sangre.

Me sentí sumergido

en aguas sin fondo,

sin suelo donde apoyar la fe

ni superficie donde respirar consuelo.

Y aun así,

decidí avanzar.

No hacia respuestas,

sino hacia lo que no tiembla.

Elegí una senda severa:

apartarme de todo

aquello que admitiera

la más mínima sospecha,

tratar lo dudoso como ilusión,

lo probable como mentira elegante,

y seguir despojando

hasta encontrar una sola certeza,

o aceptar, si fuera necesario,

que nada lo es.

Bastaría una sola verdad,

un punto inmóvil,

como aquel apoyo imposible

que soñó el sabio

para mover la tierra entera.

Una sola cosa firme

y el mundo podría reordenarse.

Así que supuse el engaño total.

Que los colores mienten.

Que la memoria inventa.

Que el cuerpo es una historia mal contada.

Que la forma, el espacio, el movimiento

son sombras del pensamiento.

Entonces pregunté al vacío:

¿qué queda?

Tal vez nada.

Tal vez solo esto:

que no hay certeza alguna.

Pero incluso esa negación

resbaló entre mis manos.

Porque ¿qué soy yo

que niego?

¿Quién duda,

quién formula la sospecha?

Negué los sentidos.

Negué la carne.

Negué la figura humana

como quien quema un retrato

para ver si el rostro persiste.

Y sin embargo,

algo resistía.

Porque aunque un poder oscuro

—real o imaginado—

se dedicara a falsear el universo entero,

aunque cada pensamiento fuera una trampa,

el engaño exige un engañado.

Y si soy engañado,

soy.

Que me mientan todos,

menos eso.

Porque mientras pienso,

no puedo no existir.

Así nació una certeza desnuda,

sin ornamento ni refugio:

soy,

mientras pienso que soy.

No sé aún qué soy.

Pero soy.

Y esa verdad, mínima y feroz,

brilla más que todas las anteriores, más que todas las intocables, aunque innegables luminarias del firmamento.

Entonces me detuve.

No para descansar,

sino para no contaminar

esa claridad reciente

con antiguas definiciones.

Revisé lo que creí ser.

Un nombre.

Un cuerpo.

Una maquinaria de huesos y piel.

Un soplo invisible

al que llamé alma

porque no sabía qué otra cosa decir.

Creí que el cuerpo era evidente,

que se explicaba por si solo:

extensión, forma, lugar, contacto, movimiento.

Algo que ocupa espacio

y responde a fuerzas externas.

Pero ahora,

bajo la sospecha tajante,

ninguna de esas propiedades

me pertenece con certeza.

No puedo afirmar que camino.

No puedo afirmar que siento.

He sentido sueños

con más intensidad que la vigilia.

Solo una cosa no se disuelve:

pensar.

Dudar.

Afirmar.

Negar.

Desear.

Temer.

Imaginar incluso contra mi voluntad.

Eso soy.

Una actividad sin forma.

Un acto sin materia.

Una llama sin combustible visible.

No un cuerpo.

No un soplo.

No una ficción de la imaginación.

Porque imaginar

es dibujar contornos,

y yo no tengo contorno.

Lo comprendí al observar

un objeto simple:

un fragmento del mundo

aparentemente dócil.

Una materia cualquiera,

dulce, sólida, perfumada.

Algo que parece ofrecerse

a los sentidos.

Pero al cambiar el entorno,

todo en ella se transforma:

sabor, olor, figura, resistencia.

Y aun así,

decimos que sigue siendo lo mismo.

Entonces,

¿qué conocemos realmente?

No lo que vemos.

No lo que tocamos.

Sino lo que el entendimiento

reconoce más allá de las apariencias.

La materia no se revela a los ojos,

sino a la mente que inspecciona.

Y si esto es cierto para las cosas,

¿cuánto más lo será para mí?

Si reconozco un objeto

por una operación del espíritu,

con mayor razón me reconozco a mí mismo

por ese mismo acto.

No porque me vea.

No porque me sienta.

Sino porque pienso.

Incluso si todo es sueño.

Incluso si nunca despierto.

Incluso si cada sensación es falsa.

Pensar ocurre.

Y donde ocurre el pensar,

ocurro yo.

Así descubrí

que no hay conocimiento más cercano

que el del propio espíritu.

Y sin embargo,

qué difícil es soltar

la vieja creencia

de que lo externo es más real

que lo íntimo.

El lenguaje engaña.

Decimos “veo”

cuando en verdad juzgamos.

Decimos “conozco”

cuando solo repetimos.

Vemos figuras pasar

y las llamamos hombres,

aunque solo percibimos formas.

El juicio completa lo que los ojos no dan.

Así opera el espíritu:

no recibe el mundo,

lo interpreta.

Y en esa interpretación,

se revela a sí mismo.

He llegado,

sin saberlo del todo,

al punto que buscaba.

Ahora sé

que el cuerpo es pensado,

no tocado;

que la materia es comprendida,

no vista;

y que el espíritu

es lo más inmediato,

lo más cierto,

lo más difícil de aceptar.

Nada me es más cercano

que aquello que duda.

Nada más real

que lo que no ocupa espacio.

Me detengo aquí.

No por certeza absoluta,

sino para dejar que esta verdad

se imprima lentamente.

Porque las ideas antiguas

no mueren de inmediato.

Y el espíritu necesita tiempo

para aprender

que lo más invisible

es lo más verdadero.

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