Liturgia del que duda

Durante estaciones enteras

habité pensamientos ajenos

como quien duerme

en una catedral heredada,

admirando vitrales

sin jamás rozar la piedra.

Todo estaba dispuesto:

las frases brillaban,

las creencias encajaban con elegancia,

y el mundo parecía firme

mientras nadie preguntara demasiado.

Pero el silencio,

ese animal nocturno,

tiene garras.

Y cada madrugada

algo arañaba desde el fondo

de lo que llamé certeza.

Comprendí,

no por lucidez sino por desgaste,

que mis convicciones

habían sido repetidas

antes de ser comprendidas,

y que mi fe

muchas veces

no había nacido de mi sangre.

Levanté significados

sobre palabras prestadas,

edifiqué destino

sobre suelo alquilado,

confundiendo hábito con verdad,

comodidad con raíz.

No quise restaurar ruinas.

No quise maquillar grietas.

Elegí el derrumbe.

Soltar el plano,

romper la brújula,

avanzar a tientas

hasta tocar el hueso real del alma.

Esperé años, creyendo que el tiempo

madura respuestas.

Pero el tiempo no responde:

exige presencia.

Y supe entonces

que postergar la pregunta

es mentirse con cortesía.

Me alejé del murmullo,

de las voces que se imitan,

de las ideas que se defienden solas

porque temen ser miradas.

Busqué la soledad

no como condena,

sino como ceremonia.

Allí me asigné un voto secreto:

dudar sin cinismo,

sospechar incluso de mi reflejo,

como quien invoca a un dios

sin garantías de ser escuchado.

No quise declarar falso al universo.

Eso sería vanidad.

Me bastó admitir

que nada era irrompible.

Porque lo que se quiebra

no merece obediencia ciega.

Descendí, entonces,

no hacia las hojas,

sino hacia lo subterráneo.

Porque cuando la raíz se estremece,

el árbol recuerda

que no es infinito.

Todo lo que llamé real

me llegó a través del cuerpo:

la temperatura del aire,

el peso de las cosas,

la presión del mundo

sobre la piel.

Pero los sentidos

son seductores antiguos,

y saben mentir

con ternura peligrosa.

Quien engaña una vez

no merece fe perpetua.

Aun así me dije:

hay evidencias irrenunciables:

esta forma,

estas manos,

esta voz interna que se nombra.

Pero ¿quién pronuncia ese nombre

cuando digo “yo”?

¿No existen hombres despiertos

coronados por delirios,

reinando sobre la ruina,

convencidos de su invulnerabilidad

mientras se deshacen?

Me aparté de esa imagen

no con burla,

sino con temor.

Porque si acepto su seguridad,

mi razón se disuelve.

Entonces regresaron los sueños.

Ese imperio impecable

donde todo parece firme

y nada sobrevive al alba.

Cuántas veces avancé confiado

sobre terrenos inexistentes.

Cuántas veces abracé presencias

que se evaporaron con la luz.

Y ahora, despierto,

¿qué prueba poseo

de no estar soñando con mayor detalle?

No existe marca definitiva.

No hay frontera inviolable.

La vigilia y el sueño

se entrelazan

como amantes que se rehúsan

a despedirse.

Ese vértigo,

ese escalofrío lúcido,

me murmura:

tal vez aún no despiertas.

Acepté la ficción.

Supuse que no había carne,

que el cuerpo era un rumor persistente,

que la forma era un relato mal transmitido.

Pero incluso el engaño

requiere materia verdadera.

Nada surge del vacío absoluto.

Toda quimera

está hecha de fragmentos reales.

Aunque el mundo sea escenario,

debe existir algo desnudo,

principios que no sueñan,

estructuras que no tiemblan.

Hay verdades insomnes.

El número no delira.

La forma no se pudre en la noche.

Aunque yo cese,

aunque todo colapse,

ciertas relaciones persisten:

heladas,

indiferentes,

eternas.

Pero incluso allí

se alza la última sombra.

¿Y si mi mente nació fracturada?

¿Y si el error no es caída,

sino diseño?

Si existe una bondad suprema,

¿por qué tolera el equívoco?

Y si no existe,

¿qué resguarda mi juicio

del abismo?

Llegué exhausto

a una revelación insoportable:

no hay creencia

que no merezca ser interrogada.

Suspendí mi fe.

No para extraviarme,

sino para sopesar el mundo

con manos limpias.

Pero la costumbre

es un conjuro delicado.

Las ideas viejas regresan,

acarician,

ofrecen descanso.

Creer en algo abriga de la agobiante incertidumbre.

Despertar quema.

Engañé entonces a mi mente:

llamé falsas

a mis antiguas verdades,

no para aniquilarlas,

sino para que dejaran de reinar.

Forjé una figura oscura en los rincones en donde la luz no impera:

no un dios radiante,

sino una inteligencia abisal,

un artesano del engaño

capaz de falsificarlo todo.

Bajo su mirada

todo se vuelve sospechoso:

el cielo,

la voz,

mi propio pulso.

Y aun así,

entre los restos,

algo resiste al caudal insometible del olvido.

Una decisión mínima:

no asentir por cansancio.

No rendirse por comodidad.

Pero qué arduo es sostener la vigilia.

Como el cautivo

que sueña libertad

y teme despertar,

yo también abrazo mis ilusiones.

Porque la verdad

no consuela de inmediato.

Exige.

Desnuda.

Temo abrir los ojos

y no hallar la luz que he soñado,

sino una noche más honda en su lugar,

un laberinto sin promesas.

Y, sin embargo, continúo.

Porque algo en mí reconoce

que sólo quien se atreve

a perder el mundo

comienza, al fin,

a encontrarse y a decretar con límpido verbo un universo primigenio.

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