Diciembre 26
13:01 p. m.
La importancia de tener una terraza.
Este es mi tercer intento por ordenar correctamente las palabras de este ‘ensayo’ (?), así que he decidido escribirlo de manera espontánea, es decir, sin calcular, hacerlo de la manera más orgánica posible.
Terraza, más allá del concepto que tenemos de esa palabra como “espacio físico” quiero proponer… o quizá: exponer, mi propio concepto para alcanzar una definición más amplia, en primer lugar tenemos que interiorizar que tener una terraza es tener un espacio físico/mental/espiritual y un conector con uno mismo, con los demás y, en suma, con el mundo. ¿Dónde surgen las ideas más transformadoras? Supongo que depende de a quién se lo preguntes, pero en mi caso yo las he tenido mirando hacia al cielo, ese hermoso lugar tan distante y vivo, a veces poblado de sol, otras veces de estrellas, me recuerda lo diminuto que soy en comparación con lo que hay afuera del planeta, ¿el cielo sabrá que lo miro? No lo sé pero sí sé que cuando lo observo, es decir, cuando genuina y auténticamente coloco mi visión en el cielo es como si proyectara los latidos de mi corazón y que éstos resonaran en el espacio. Hola universo me llamo Jorge Andrés y estoy vivo por si me escuchas. Entrando en materia, la terraza es además un pequeñísimo escalón –pero por más pequeño que sea, un escalón es un escalón-, lo que significa que nos proporciona una superficie elevada… ¿Para qué? Para mirar hacia arriba, al cielo.
La cuestión es que un niño (como lo fui yo alguna vez y como lo fueron quienes lleguen a leer esto –en el caso de que me haya decidido por publicar este ensayo-) necesita obligatoriamente explorar, darse la oportunidad de formar su propia idea sobre sí y sobre lo que lo rodea, yo recuerdo muy claramente que mi actividad favorita era ir a la terraza, el pequeño yo era un ser tan maravilloso y fascinante realmente… Te amo Andrés niño… la terraza era el lugar en el que yo (ese niño) podía ser yo (él mismo) de la manera más real posible, la terraza de la casa de mis abuelitos fue, entre otras cosas: mi barco; mi laboratorio; mi fuerte de guerra; mi casa propia; mi cancha; mi guarida; etc.
Y en cada casa que he vivido mi lugar preferido ha sido siempre la terraza, porque en ella puedo pensar, caminar, despejarme, moverme, contemplar que la vida si bien es finita es también hermosa y es mi obligación aprovechar el tiempo que dura esta experiencia. En la terraza vive una energía reveladora, saludas a gatos que se pasean por los tejados, miras a personas en sus propias terrazas, recibiendo sol, ejercitándose, bebiendo una cerveza, jugando con sus hijos, hablando con su esposa, ves a personas cuidando a sus plantas, a sus huertos urbanos o ves a alguien que sólo busca un momento de desconexión, lejos de pantallas, lejos de problemas.
En esta ciudad estamos obligados a vivir con el pie en el acelerador. Quito, aunque nos pese admitir, es una ciudad sumamente caótica, el ritmo de vida es muy acelerado y eso tarde o temprano termina por abrumar a cualquiera y, justo por esa razón un acto de reafirmarse con uno mismo es rescatar momentos de introspección, momentos en los que frenamos y decidimos activamente hacer una pausa, eso es lo que nos mantiene siendo personas y no simples máquinas.
Tú que me lees ¿Alguna vez te has sentido sola/solo? ¿Verdad que sí?
Yo también y todos realmente porque todos hemos vivido ciertas cosas, cosas que no hablamos con cualquier persona, ahora, tú que me lees ¿Te has sentido cómoda o cómodo con la soledad? Francamente yo sí, quien me conoce sabe que algo muy mío es ese impulso por descubrir, por explorar, si algo he conservado de mi etapa infantil es la curiosidad que me despierta el mundo, la curiosidad que me despierto respecto a mí, es algo increíble asombrarse por uno mismo, yo por ejemplo, descubrí que tengo un sol interior. Tú que me lees sal un rato a la terraza y descubre tu propio sol interior, siente que todo el mundo está a tu alcance con toda su extensión y magnitud en ese momento de soledad, verás que en esos minutos a solas dialogarás contigo y mirando hacia el cielo o al horizonte o mirando a dos pájaros que vuelan uno cerca del otro, entre ellos te mirarás a ti, tú vives en todo porque eres el todo experimentándose.
Todo el mundo tiene o debería tener un refugio pero también un lugar para crear, para amar, para vivir; yo en la terraza he creado una forma de vivir y he amado mi ser y a lo seres que comparten el tiempo de sus días conmigo, en la terraza tu compañía es el cielo, el viento, el calor del sol o la alegría de la lluvia o la unión de ambas, las estrellas, el sonido de los árboles, pero sobre todo tú.
Hubo noches y días en los que sentí que el mundo se desmoronaba así que subí a la terraza para cerciorarme de que así era y no, sin embargo, yo seguía ahí, vivo y con ganas de comerme el mundo. Poco se habla de lo íntimo que es un atardecer de verano, escuchando música y sentir como algo en tu interior brilla y te abraza y no hay mejor lugar para vivir esa experiencia que la terraza; una terraza no es sólo un espacio para que un niño juegue sino para que se interese por el mundo y por él mismo, una terraza no es sólo un lugar para fumar sino un sitio en el que te permites soltar tus armas y, en consecuencia, ser amable contigo mismo, una terraza no es un lugar donde cuelgas ropa sino el momento que compartes con tu familia en las primeras horas de un domingo, una terraza no se limita a ser un lugar en el que dos personas van a besarse después (o durante) una fiesta sino un instante en el que dos, a solas, se muestran, se miran y comparten un poco de su tiempo y no hay nada más valioso que el tiempo (aunque no exista); una terraza es un medio para transformarse, para ordenar la mente y tomarse el atrevimiento de ser uno mismo.
Tú que me lees, descubre tu propia terraza a lo mejor ahí encuentras tu razón de ser en el mundo, y si no… al menos vas a tomar aire y tendrás una vista hermosa.
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