No afirmo que haya pasado la Nochebuena solo. Afirmo algo más impreciso: que la soledad me pasó a mí.

La fecha —ese artificio que el calendario finge sagrado— fue apenas una excusa. La noche no fue distinta de otras, salvo por una sospecha: que yo no era el habitante de la casa sino su último recuerdo. El silencio no llegó después de las voces; llegó antes, como si las hubiera anticipado y abolido.

No hubo ausencia: hubo eliminación. Cada silla cumplió su función negativa. La mesa no esperaba nada; ya sabía. Comprendí entonces que la Navidad no celebra un nacimiento sino una repetición: la del hombre que cree estar solo y descubre, tarde o temprano, que es una cita que siempre se cumple consigo mismo.

Pensé —no sin cierta vergüenza metafísica— que quizá yo no estaba viviendo la Nochebuena sino leyéndola. Que alguien, en algún punto del tiempo, había escrito esta escena para demostrar que toda soledad es hereditaria. Que yo era apenas el lugar donde ese texto se verificaba.

Cuando dieron las doce, no ocurrió nada. Esa fue la revelación. El mundo siguió intacto, indiferente a mi vigilia, y yo entendí que la verdadera liturgia no exige fe ni compañía: exige continuidad.

Ahora cierro estas líneas con una cautela innecesaria. No porque termine la noche, sino porque sospecho que quien las lee —usted— no está leyendo: está cumpliendo la misma Nochebuena, en otra casa, en otro año, creyendo todavía que la soledad le pertenece.

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