Un Pajarito Me Lo Recordó

Un Pajarito Me Lo Recordó

Hector

23/12/2025

El hombre despertó y, aún con los ojos cerrados, sintió su primer pensamiento del día:

¿me levanto o me quedo aquí?

No había nada  detrás de la pregunta un poco de duda y pereza

Y ante la duda decidió no moverse. Esperaría a que algo pasara.

Esperaría una señal.

Mientras esperaba, su mente se llenó de pequeñas ideas que no lo movían a nada.

Pensó que había miles de cosas que podría estar haciendo, miles que “debería” hacer…

y aun así no se levantó.

Solo quedó observando.

A su alrededor, el día estaba naciendo.

La luz del sol se filtraba por la ventana y convertía el jardín en una pintura viva:

las hojas brillaban, el pasto parecía más verde,

y un filtro suave cubría el vidrio empañado, como si el mundo fuera un recuerdo luminoso.

Los pájaros despertaban uno tras otro,

y sus cantos eran como agujas abriendo la mañana.

Pero ninguna de esas maravillas respondió su duda.

Nada le dijo qué hacer.

Y entonces ocurrió.

Un pajarito pequeño, de canto claro, se acercó a la ventana

y tocó el vidrio con el pico: un golpe preciso, casi tímido.

El hombre abrió los ojos sorprendido.

Aquello era la señal que esperaba.

No sabia que tan rapido , pero llegó.

Sin pensar se incorporó y quedó sentado al borde de la cama.

Respiró profundo y sintió su cuerpo:

la sangre acomodándose en nuevas direcciones,

la barba cosquilleando levemente,

un hormigueo recorriéndole la piel como una caricia cálida.

Sonrió.

Se frotó los ojos.

Miró la ventana otra vez.

El sol, filtrado por el vidrio, le iluminaba la cara.

Ya estaba despierto.

Y en ese instante dejó de preguntarse qué hacer.

Porque ya lo estaba haciendo.

Se puso de pie y sintió la dicha tranquila de un nuevo día:

otro comienzo, otra oportunidad.

Agradeció a la vida en silencio —ni un dios, ni un sistema, ni una ley—

solo agradeció a la vida misma que lo movía sin esfuerzo.

Pero la duda regresó.

Ahora estaba frente a una decisión verdadera:

¿qué hacer con este día?

Y entonces, como si la mente fuera un pájaro torpe, llegó la tormenta:

recordó sus proyectos,

sus tareas pendientes,

las finanzas,

la comida de los perros,

la lista del supermercado,

las facturas,

los compromisos…

Todos esos pensamientos giraron dentro de su cabeza con la velocidad de un remolino,

arrastrándolo hacia adentro como si fuese una tormenta que aparece sin anuncio.

Su corazón se aceleró.

La alarma del reloj sonó.

El caos mental quiso tomar control.

Pero el hombre observó la tormenta como un espectador mira una película.

Respiró lento.

Sintió el cuerpo.

Y pensó:

esto también es otra señal!!  estoy vivo, y sonrío nuevamente.

Porque aunque el hombre no fuera filósofo, la vida lo era por él.

Se levantó, caminó hacia el lavamanos, dejó que el agua fría despertara su rostro,

y al mirarse pensó que algo había cambiado:

no había tomado ninguna decisión…

y sin embargo la vida lo había movido hasta allí.

En ese momento comprendió algo sin buscarlo:

El pajarito no era solo un pájaro.

Era el llamado de la vida.

Era la realidad golpeando la ventana de su conciencia para decirle:

levántate, respira, siente, actúa.

Ese pajarito podía ser cualquier cosa:

el sonido del agua cayendo en el baño,

el cuerpo pidiéndole levantarse,

un mensaje inesperado,

una responsabilidad que se asoma,

una necesidad de alguien más,

un impulso,

un pensamiento,

el viento moviendo una rama.

etc…..

Lo importante no era el pájaro.

Lo importante era el llamado.

Y entonces el hombre entendió —sin palabras— que la vida decide antes que él;

que él es, de algún modo, el instrumento a través del cual la vida se mueve.

No era pasividad.

Era atención.

Era acción cuando la vida lo pide.

Era obedecer al momento.

Era escuchar.

Mientras el agua resbalaba por su cara sintió paz.

Porque al fin comprendió que no necesitaba elegir cada cosa,

que a veces basta con estar presente,

con escuchar ese pajarito

que toca la ventana de la vida.

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