En sus ratos de silencio volvía siempre al mismo lugar. No era un recuerdo puntual, sino una sensación que regresaba con la paciencia del mar: sus ojos. Aparecían cuando bajaba la guardia, cuando el día aflojaba, cuando nadie la miraba. No eran solo ojos claros; había en ellos una transparencia peligrosa, una invitación muda. Mirarlos era acercarse a un borde donde algo podía comenzar… o desarmarse del todo.
Lo que él despertaba no tenía lógica. Bastaba una mirada sostenida un segundo de más para que una versión adolescente —impulsiva, torpe e increíblemente viva— se le escapara por dentro. El rubor le subía, la respiración se le desordenaba apenas, como si el cuerpo hubiera entendido algo antes que la cabeza. Le pasaba cuando decía algo simple, cuando era atento sin ningún esfuerzo, cuando lo veía concentrado, resolviendo… Y cuando la abrazaba, el espacio se contraía: ella quedaba pequeña, contenida, y lo demás —el ruido, el tiempo, las dudas, todo— se volvía irrelevante.
Durante un viaje, de esos que prometen claridad y regresan con más preguntas que certezas, encontró una piedra que la detuvo. No sabía de piedras ni de nombres, pero ese color la retuvo un buen rato: su color, le hacía recordar a algo, quizás a alguien. Tenía el color del mar reflejando las nubes en el agua.
—Ónix Cielo: Oscuro, profundo, protector. Ayuda a ordenar emociones intensas, esas que se esconden debajo de la piel y laten despacio.— Le contaba Susana, una mujer de pelo largo y blanco que vendía sus artesanías en el centro de Purmamarca.
La sostuvo entre los dedos y lo supo sin pensar. Quería que la tocara. Que la mirara. Que, al hacerlo, algo se le moviera por dentro, aunque no supiera bien qué ni por qué. Ella sabía que él estaba roto por amor, pero no le importaba. La guardó en el bolso con la sensación inquietante de estar construyendo algo sin planos. No sabía si era un puente, una excusa… o una tentación.
***
Esa misma noche, su vuelo partía de regreso a Buenos Aires.
El avión descendía y la ciudad encendía sus luces como luciérnagas en pleno descampado. Ella miró por la ventanilla y sonrió, lenta, consciente de su propio latido. Algunos cielos —pensó— no están arriba, están en la forma en que alguien te mira. Y él, con esos ojos de horizonte imposible, le había devuelto algo que creía dormido: el deseo de ser mirada así.
Al pisar tierra, el aire conocido le resultó extraño, como si hubiera vuelto distinta. Los días siguientes pasaron con normalidad: mensajes breves, silencios cargados, esa sensación persistente de que algo estaba por ocurrir. No lo apuraron. Ninguno lo hizo. Pero el cuerpo, terco, ya iba llegando antes.
Cuando finalmente se vieron, no hubo sorpresa.
Hubo tensión, como si ese encuentro hubiera estado viajando con ella todo el tiempo, acomodándose despacio para llegar justo ahí.
Un abrazo esperado y fuerte. Breve, como si supieran que alguien más estuviera presenciando ese momento. Ella le pidió que cerrara los ojos y extendiera una mano, él hizo caso y al momento de ver qué había en su palma, ella se adelantó diciéndole:
—Soy buena armando cielos, espero te guste.
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