Primero, abrazar

Primero, abrazar

Ula Mano

22/12/2025

Siempre pensé que no me parecería a ella. A mi madre. Que no hablaría con ese tono que te empuja contra la pared. Que no sisearía entre dientes, delante de otros:

—Pero bueno, ¿cuántas veces? Mírate.

Que no agarraría a nadie del codo con fuerza “para que se le quedara”. Yo iba a ser esa madre ideal: tranquila, capaz de explicar, con una paciencia infinita, como un multiservicio —24/7.

Salió… como salió.

***

Aquel día solo pasamos a por comida. “Solo” es esa palabra clave; después de ella, normalmente algo se tuerce. El zumbido del supermercado era un fondo conocido: chirridos de carros, el llanto de algún crío en el pasillo de al lado, una voz por megafonía enumerando ofertas como si leyera un mensaje de Año Nuevo. Yo empujaba el carro con una mano y, con la otra, repasaba la lista de la compra en el móvil.

—¿Puedo un yogur con dinosaurio? —me tiraba de la manga Tiago.

Cinco años, apenas más alto que la balda de los zumos, con una camiseta de cohete y una gorra eternamente torcida.

—Ya veremos —contesté en automático. La palabra-promesa universal que no significa nada.

Giramos hacia la leche. Estiré la mano para coger un brik, me reajusté el bolso en el hombro, recordé que también hacía falta queso, eché un vistazo a las etiquetas, multiplicando mentalmente, calculando el presupuesto. Me llevó treinta segundos. O cuarenta. Cuando volví a mirar hacia abajo… ya no estaba.

El carro, ahí. La megafonía con su espectáculo de descuentos, ahí. La leche, el queso, la lista en el móvil: todo en su sitio. Solo Tiago había desaparecido.

Al principio solo miré alrededor. Tranquila. ¿Adónde se iba a ir? Me asomé detrás del expositor de kéfires. Nada. Di un paso y noté que el suelo, de pronto, era como resbaladizo. Detrás de los zumos, no. En el pasillo de al lado, no. Junto a los caramelos, no. El corazón hizo ese movimiento que conozco demasiado bien: como un ascensor que sube suave y, de golpe, se desploma.

—Tiago —lo llamé. Mi voz intentó sonar animada, pero al final se le quebró, traidora. No hubo respuesta.

La gente pasaba, empujaba carros, discutía por la cola; el mundo seguía como si nada. Solo que dentro de mí ya empezaba a aullar una sirena, esa que solemos oír en historias ajenas: “Me giré un segundo…”. Dejé el carro en mitad del pasillo y aceleré. Ya no mirando: dando bandazos.

—¿No ha visto a un niño? Gorra azul, cinco años… —pregunté a una mujer con chaqueta verde.

—No —cortó, sin ni siquiera mirarme.

Las palmas me sudaban, el móvil pesaba en la mano. Se me metieron en la cabeza imágenes solas —una peor que la otra—: puertas, escaleras hacia un sótano, manos ajenas. Todas las noticias que alguna vez leí pensando “qué horror” se apretaron de pronto en un único nudo y se me quedaron clavadas en la garganta.

—Perdone… —atrapé la mirada de un cajero—. Se me ha… perdido mi hijo. Un niño. ¿Pueden anunciarlo?

Mi voz no era mía: demasiado baja y, a la vez, cortante. No quedaba ni un gramo de “madre ideal”: solo pánico desnudo, pegajoso.

La encargada me hizo unas preguntas que casi no escuché y, al minuto, por la megafonía sonó:

—Atención, en la sala de ventas se ha perdido un niño de cinco años con gorra azul…

Y ahí, con esa voz seca, un poco metálica, me cayó encima de verdad.

“He perdido a mi hijo”.

Esa frase se volvió la única. Ya no existían ni la leche, ni el presupuesto, ni el yogur con dinosaurio.

Me vi desde fuera: pálida, con la coleta deshecha, apretada en un nudo. Y vi a mi madre. A esa a la que juré no parecerme. Con la misma mirada. Con el mismo gesto de las manos —cuando ya no sabes qué agarrar: el aire, el bolso o tu propia cabeza.

Yo tenía seis años la primera vez que me perdí. El mercado era ruidoso, de verdad —no estos pasillos de plástico—, uno con olor a pescado, carne, eneldo. En una mano de mi madre, una bolsa grande. En la otra, yo.

—No te quedes atrás —dijo, mientras nos colábamos entre señoras con pollos.

—No me quedo atrás —me ofendí. Y, para demostrar que ya era “mayor”, me zafé para caminar sola.

En una curva me distrajo un cachorro: un copito blanco al final de una correa fina. Me paré un instante. La mano de mi madre resbaló. Un segundo… y ya no estaba.

Solo gente. Mucha gente, y mi madre no estaba.

Recuerdo que al principio no lo entendí. Di unos pasos hacia delante, segura de que enseguida vería esa espalda conocida con el abrigo gris. No la vi. Luego me giré… y tampoco. Por dentro algo tintineó y se hizo añicos, como una bola de Navidad de cristal.

—Mamá —la llamé.

El mercado se tragó mi voz.

No lloré enseguida. Volví hacia donde me parecía que acabábamos de estar. Luego hacia donde seguro que no habíamos estado. Luego otra vez. Mi madre no aparecía. El mundo se hacía más alto, más ruidoso, más peligroso.

Me encontró un policía. Se agachó a mi altura, me preguntó el nombre, me ofreció un caramelo que se me pegó al momento a los dedos sudados. Me llevó a una garita donde había un teléfono. Yo me senté en un taburete con las piernas colgando e intenté no llorar. Porque “no hay que quejarse, ya eres mayor”. Eso decía mi madre.

Cuando entró corriendo —sudada, con las mejillas rojas— alcancé a ver en sus ojos algo que no le había visto nunca. Ni siquiera cuando rompí un jarrón o estropeé un cuaderno. Miedo. Un miedo real, verde. Pero lo primero no fue alegría: fue otra cosa. Algo que se me quedó clavado durante años.

—¡¿Te has vuelto loca?! —me agarró de los hombros—. ¡Te dije que no te quedaras atrás!

Apretó tanto que luego me quedaron marcas rojas.

—¿Tú entiendes que te podrían…? —se cortó, miró al policía, apretó los labios—. ¡Pero cómo se te ocurre!

Yo la miraba pensando que era injusto. Que yo también tenía miedo, que yo también me había perdido, pero ahora la culpable, por alguna razón, era solo yo.

Y en algún sitio dentro, donde viven los juramentos de los niños, nació el primero:

“Nunca les voy a gritar así a mis hijos. Nunca”.

Cinco minutos después ya íbamos a casa. Mi madre me llevaba de la mano y repetía:

—Es que casi me vuelvo loca. ¿Tú lo entiendes? Casi me vuelvo loca.

Yo asentía. No entendía nada. Solo sentía los hombros doloridos bajo el abrigo y una ofensa que subía a la garganta en lugar de lágrimas.

***

En el supermercado, una voz infantil cortó el ruido como una alarma:

—¡Mamá!

Me giré tan de golpe que algo me crujió en el cuello. Thiago estaba junto a la estantería de las chocolatinas, apretando el yogur con dinosaurio. Ojos enormes, brillantes. El labio temblándole.

—¡¿Adónde te fuiste?! —se me escapó.

Demasiado alto. Demasiado brusco. Con ese mismo tono.

Él se encogió entero, como un cachorro asustado. Lo vi y entendí que, justo ahora, estaba haciendo lo que un día juré no hacer. Reproduciendo la voz de mi madre, su entonación, su miedo convertido en rabia. “Para”, me dije. Pero en voz alta ya sonó otra cosa:

—Yo… yo te estaba buscando. Me asusté muchísimo.

La voz se me partió en “asusté”. Me agaché para quedar a su altura, y solo entonces pude respirar.

—No puedes desaparecer así, ¿me oyes? No puedes. —Intenté hablar normal, pero me temblaban las manos—. Pensé que…

No pude terminar.

Thiago negó con la cabeza, como si tampoco quisiera oírlo.

—Solo… el dinosaurio estaba allí —susurró, apretando el yogur contra el pecho—. Dijiste “ya veremos”. Pues yo miré.

Ese era todo el delito. Hizo exactamente lo que yo, sin querer, le había permitido.

—Vale —dije, tragando saliva—. Hagamos esto.

Abrí los brazos.

—Primero nos abrazamos. Porque cuando uno tiene miedo, el otro está obligado a abrazarlo. Y después ya regañamos, ¿de acuerdo?

Él dudó un momento; luego dio un paso y hundió la frente en mi cuello. Yo lo apreté contra mí como si alguien intentara separarnos y mandarnos a dos extremos del mundo.

—Pensé que te habías ido —me dijo bajito, casi en la oreja.

Y eso resultó ser lo más aterrador. No mis fantasías de manos ajenas, sino una idea infantil: “Te fuiste”.

—Yo no me voy a ninguna parte —contesté en automático. Y solo después, con horror, entendí lo poco cierto que es eso. Todos nos vamos a algún sitio: al trabajo, a nuestros pensamientos, al móvil, a vidas ajenas. A veces… para siempre.

Llegamos a caja ya mano con mano. En el carro, además de la leche y el queso, iba el culpable de la fiesta: el yogur con un dinosaurio de sonrisa boba.

***

En casa, Tiago se durmió casi enseguida: el día había sido largo —el cole, el supermercado, el camino. Lo tapé, me quedé un momento sentada a su lado escuchando cómo respiraba y solo entonces cogí el móvil.

En la lista de contactos encontré “mamá” y le di a llamar; y de repente me pillé pensando: “Ojalá no lo coja”. Quería contarlo… y no quería a la vez. Como de niña: enseñar un dibujo, pero y si dicen “está torcido”.

Contestó al tercer tono.

—¿Sí?

La voz, un poco cansada, pero la misma.

—Hola —dije—. Soy yo.

—Hola, hija —contestó mi madre—. ¿Qué tal por ahí?

“Por ahí” en su boca siempre fue “tú y Tiago”. Nuestra vida pequeña, bajo su mirada.

Inspiré.

—Hoy… perdí a Tiago en el supermercado. Un par de minutos… pero lo perdí.

Al otro lado cayó un silencio.

—¿Cómo que lo perdiste? —la voz se tensó.

—Me distraje, se apartó. Luego lo anunciaron por megafonía… Apareció cerca de la caja con un yogur.

Mientras lo decía, las rodillas se me volvían blandas otra vez. Todo había terminado bien, pero el cuerpo no creía en la palabra “terminado”.

—Tonta —dijo mi madre muy bajo. Sin enfado. Más bien con algo parecido al alivio—. Te asustaste, ¿no?

—Hasta las náuseas —respondí, honesta.

Otra pausa. Y entonces mi madre habló diferente: no con su tono habitual de sentencia, sino despacio, como si partiera cada palabra por la mitad.

—¿Te acuerdas de cuando te perdiste en el mercado, con seis años?

Sonreí sin alegría.

—Eso no se olvida.

—Yo también pensé que me volvía loca —siguió ella—. Se me rompió el asa del bolso, me agaché un segundo para recogerlo… Me levanto y tú no estás. Gente, barullo, esos puestos de carne… Iba agarrando a cualquiera por la manga, ¿entiendes? Preguntando si habían visto a una niña con gorro azul. Me miraban como a una loca.

Le oía respirar. Más deprisa.

—Y luego… —se calló, y pensé que quizá ese trozo mi madre no se lo había contado nunca a nadie. A lo mejor ni a sí misma, en voz alta—. Luego me acordé de mi madre.

Mi abuela. La mujer que yo conocí dura y callada, con nudos en las manos y una mirada que “controlaba la situación” solo con estar.

—Ella tenía una hermana pequeña —dijo mi madre—. En la guerra. No llegaron a bajarla al refugio antiaéreo. Iban corriendo, empezó el pánico… Alguien agarró, alguien soltó… En fin: cuando entraron, la hermanita ya no estaba.

Me quedé callada. Esa historia no la sabía. No así.

—Mi madre vivió con eso toda la vida —continuó—. Y me repetía: “Al niño no lo sueltes de la mano. Ni un segundo. ¿Me oyes? Ni. Un. Segundo”.

Lo decía de tal manera que se me puso la piel de gallina. Asentí, aunque ella no lo viera.

—Y ahí estoy yo, en el mercado —dijo mi madre— con el bolso roto y su voz en la cabeza. Y una sola idea: “Soy igual de idiota que ella. También la solté”.

Calló un momento y luego soltó el aire:

—Cuando el policía te trajo, se me rompió algo por dentro. Quería comerte a besos, pero en la cabeza mi madre ya gritaba: “¡Díselo! ¡Que se acuerde! ¡Que nunca más lo haga!” Y yo lo dije…

—“¿Te has vuelto loca?” —completé yo.

—Sí —respondió, corto—. Y menos mal que solo eso.

Yo estaba sentada en el borde de la cama, mirando a Tiago. Dormía de lado, con las piernas recogidas, una mano agarrada a la esquina de la almohada. Postura de defensa de los niños: hacerse una bolita y agarrarse a algo.

—Yo me prometí entonces —dije bajito— que nunca les gritaría así a mis hijos.

—¿Y qué tal, lo cumpliste? —preguntó mi madre, sin burla.

—Hoy… no mucho.

Ella no se rió. No dijo: “¿Ves?”.

Solo suspiró.

—No va de gritar —dijo al cabo—. Va del miedo. El nuestro es así… familiar. Se hereda, como el apellido.

“La huella de los padres”, pensé. Solo que no en forma de sabiduría o recetas, sino en forma de frases cortas, quemantes, dichas justo cuando da miedo.

—Ya se puede parar —dije, testaruda—. No pasarlo más.

—Se puede —aceptó ella, inesperadamente—. Solo que es como sacar un hilo de una herida.

Sonreí con la comisura.

—Hablas como una terapeuta.

—La vejez no es una fiesta, pero a veces el cerebro se enciende —contestó. Y, de pronto, añadió muy bajito—: Si aquel día en el mercado alguien primero me hubiera abrazado…

Esa frase me pegó más fuerte que todo. De golpe vi a mi abuela con seis años. No como esa mujer severa de manos gastadas, sino como una niña pequeña, asustada, apretada entre adultos en una cola para el refugio. Y entendí que nuestros miedos son más viejos que nosotros. A veces por generaciones. A veces por una guerra.

—Mamá —dije—. Hoy he inventado una regla.

—¿Otra regla más? —se tensó ella, por costumbre.

—Primero abrazar —respondí—. Y luego ya regañar.

Del otro lado se hizo un silencio. Espeso, casi palpable.

—Buena regla —dijo por fin—. Lástima que se te haya ocurrido solo ahora.

—Todavía nos da tiempo —repliqué—. Yo tengo a Tiago, tú me tienes a mí.

Ella resopló.

—Tonta.

Esta vez “tonta” sonó como antes sonaba “mi niña”.

***

Esa noche Tiago se despertó de una pesadilla.

—Mamá, soñé que otra vez me perdía —sollozó—. Te llamaba y tú no me oías.

—Te oigo —y al instante me di cuenta de que repetía la frase de mi madre, solo que en presente.

Me tumbé con él, lo acerqué para que sintiera: aquí, al lado, vivo, caliente, suyo.

—Mira —dije—, pactemos: si de pronto no me ves, te quedas donde estás y gritas “mamá”. Y yo corro. Siempre. Aunque tenga miedo, vergüenza, aunque no tenga tiempo: igual corro, ¿vale?

—Vale —asintió, sorbiéndose la nariz.

—Y otra cosa. Si yo de pronto grito… —llené los pulmones— tú igual tienes derecho a abrazos. Aunque yo esté enfadada. Sobre todo si estoy enfadada.

Me miró muy serio, como solo miran los niños cuando entienden de pronto que su opinión también importa.

—O sea: primero abrazos y luego regañar.

—Exacto —confirmé.

—Entonces vale —dijo, importante, y hundió la nariz en mi hombro.

A los dos minutos volvió a dormirse, y yo me quedé escuchando su respiración; y en mi cabeza sonaron tres voces: la de mi abuela, la de mi madre, la mía.

Tres órdenes, tres miedos. Elegí la que quiero dejarle a mi hijo.

Primero, abrazar.

Lo demás ya no nos hace falta.

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