Duerme,
que el mundo no aprendió a cerrar los puños
ni a decir la verdad sin escupir sangre.

Duerme,
que ahí afuera siguen contando el precio de los nombres,
vendiendo la ternura al peso,
y llamando normal
a lo que duele.

Robe se fue una noche
en la que nadie estaba preparado para el silencio.
Se llevó la voz rota,
las verdades dichas a gritos,
y dejó la herida abierta
para que no olvidáramos.

Duerme,
que los monstruos no tienen colmillos:
tienen trajes, contratos, banderas,
y manos limpias de culpa.

Que hay quien odia sin motivo,
quien miente por costumbre,
quien roba sueños
y no siente nada cuando cae un cuerpo.

Robe lo sabía.
Por eso cantaba como quien avisa,
como quien arrulla a un niño
mientras le explica
que el miedo es real
pero la dignidad también.

Hoy su ausencia pesa
como pesan las verdades no dichas.
Pero en cada verso torcido,
en cada garganta que se rompe al cantar,
sigue vivo el fuego
que no pudieron comprar.

Duerme.
Que aunque él se haya ido,
todavía hay canciones
que nos despiertan.

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