Una extraña mansedumbre
invade mis manos,
se apropia de mis pensamientos,
se adormece en mi semblante cansado.
Las rosas se deshacen
en el florero antiguo;
cuatro pétalos mudos yacen
sobre amarillento crochet.
La noche bosteza perlados azabaches;
despliega sus destellos
en la techumbre azulosa del firmamento.
Desde el recuerdo se eleva tu voz
en cantinela febril,
en terrorífico canto,
en fantasmagórica ilusión.
Ni de la noche el manto,
ni la luna prometiendo sus encantos,
le devuelven a mi horizonte tu presencia.
Sólo queda la incomprensible oquedad
de tu ya no ser…
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