El escritor del lector escritor

El escritor del lector escritor

Hugo Solschak

20/12/2025

“Él” era implacable.

Yo lo sabía.

“Nada le detiene en su misión”, decían todos los que alguna vez le conocieron.

Ahora se repetía esa misma frase en mi cabeza.

Una y otra vez.

Acto I

Corrí con física desesperación con el maletín esposado a mi muñeca, entrechocando con el gentío. Llevaba el terror marcado en mis ojos, como si la misma muerte contara las horas frente a mí.

  • ¡Eh, más cuidado hombre! ¡Mira por donde vas!

Oí gritos tras de mí; había dejado atrás un pasillo de personas enfurecidas por mi torpe y desesperada carrera. Seguí corriendo.

Me encontraba en la estación de Atocha, en plena hora punta de la mañana. El encuentro con “Él” se celebraría a las 12:00 tras su llegada, en la puerta de salida de pasajeros.

<< tiene que haberse caído, seguro que está por aquí >> dije entrecortadamente sin aire, como si las palabras me apoyaran en un indefendible error.

El corazón me latía al ritmo del frenético “dum dum” de los trenes al pasar por encima de los raíles, las piernas ardían con el aceite de motor quemado fluyendo por mis venas, y en un intento de adelantar en la carrera al tiempo, tropecé bajando las escaleras que conectaban con la planta de trenes, cayendo de bruces al suelo. El cuerpo dejó de responder.

Levanté la mirada; el gigantesco reloj de la estación frente de mí decía: las 11:45, el tiempo se agota. Si alguna vez el fracaso tuvo forma, fui yo, sin duda.

Dejé que la adrenalina hiciera el trabajo sucio, levantado poco a poco cada una de las partes de mi delgado cuerpo, dolorosamente, hasta quedar de pie.

“¿Estás bien muchacho?” “Has tenido una caída muy fea, deberías sentarte” dijo el anciano que acababa de acercarse para ayudarme.

“Estoy bien” pensé. Eso quería decirle al viejo porque parecía un poco asustado, pero no pude. Abrí la boca, articulé algo ininteligible: huía mi voz. Miré la hora de nuevo: las 11:49, tic-tac.

Abandoné el lugar como lo acababa de hacer mi voz, sin decir nada al hombre. Cogí rápidamente el maletín que colgaba de mi muñeca y corrí hacia el primer lugar que vi, cojeando de una pierna. Quería huir. Entré en una cafetería, respiré hondo y me senté.

Acto II

La cabeza me daba mil vueltas, la prisa se sentía como una soga apretada en el cuello, y el ambiente acelerado de la cafetería me envolvía: la ruidosa máquina exprés del café, que me recordaba la presión a la que estaba sometido; los anuncios por megafonía, que indicaban la llegada del próximo tren declarando la guerra a contrarreloj por encontrar el disco duro perdido, y el murmullo de la gente con sus respectivos cafés danzando en sus manos, señalando que el tiempo no esperaba por mí.

Abrí el portátil que llevaba en el maletín, ahora con la pantalla partida en dos.

Buscaba una copia de los documentos del disco duro que acababa de perder en un sinfín de pestañas abiertas, y que de poco servirían.

No daba con la copia -Se ha deshecho de todas las pruebas, no hay cabos sueltos, ¡Mierda!-. << Si no se produce la entrega, yo seré otro cabo suelto >>. Volvían a anunciar la llegada del tren; me quedaban diez minutos antes de producirse el encuentro. Debía tomar una decisión rápido: ¿me presentaría ante “Él” con las manos vacías o huiría en busca de redención? Estaba muy tenso, los pensamientos brotaban como burbujas bajo el agua, rápidos y nerviosos, que buscan encontrar una salida a la superficie. El escenario bochornoso me ahogaba, empezaba a marearme y la presión se sentía físicamente circulando por mis venas. Apreté párpados y dientes, estaba apunto de reventar, y sin más, algo se partió en dos dentro de mí: se sintió como un pequeño Big Bang.

Acto III

De pronto todo a mi alrededor estaba adquiriendo un aspecto muy extraño, prácticamente distorsionado. El entorno se volvía de un color sombrío y la cafetería empezó a verse extrañamente encogida, las paredes se arrastraban hacia mí, la gente cada vez me apretaba más. La silla tambaleaba muy inestable, sentí un vértigo en el estómago y finalmente, caí de ella. Sentí como si cayera directo a un pozo profundamente oscuro, y entre tanto vacío, un universo paralelo se presentó ante mí.

El silencio apareció imponente entre la oscuridad, no hubo ni el más mínimo ruido. El entorno se envolvía en inmensa soledad, mi cuerpo suspendía en la nada, sin gravedad, sólo yo ante el vacío.

En la lejanía un punto azul se hacía progresivamente grande; ¿acaso se acercaba él a mí, o yo a él? No entendía nada. El cosquilleo en mi estómago no había cesado, se intensificó hasta llegar a mi garganta. Esa sensación de vértigo ya la había experimentado en otra ocasión: en mi infancia, subido en aquella gran noria, pues aquel parque de atracciones hacía de mi punto de apoyo algo efímero, y entonces dependía de él, más fuerte que mis propias leyes físicas. Ésa sensación de vértigo sólo podía indicar una cosa: mi cuerpo viajaba arrastrado a gran velocidad. << Ésto no me gusta >>. No sabría explicar si realmente el que viajaba era mi cuerpo o mi alma, pero lo que sentí fue real; estaba siendo arrastrado por la gravedad de algo más grande que yo, gigantesco. Pronto lo ví en mis narices, el gran y majestuoso planeta, y en un instante, como si yo fuera una pequeña pieza de un mosaico, me detuvo frente a él. Quedé atónito. Sin palabras. Aún con los músculos en tensión, di la orden a mi cerebro de relajar el cuerpo. A medida que entraba en estado de calma, pude observar la grandeza de lo que sucedía allí dentro, en el punto azul.

Todo allí sucedía muy rápido, pero lo ví: un continente se desencajaba para formar pequeños trozos de éste, apareció vida en ellos, y nubes iban y venían frenéticamente por encima. Seguía acercándome; ahora los seres con vida eran inteligentes, los pequeños trozos de continente tenían nombre, en ellos había países y en su interior se veían ciudades derrumbándose y reconstruyéndose en nombre de ciencia y de Dios: todo estaba delicadamente medido. Seguí acercándome hasta detenerme en un individuo. El ritmo de aquél micro clima parecía ir más lento. Cuanto más pequeño e insignificante aparenta su contenido, más delicado y dependiente se ve algo tan grande y significativo.

Pronto tuve en mis manos el control de ese individuo, siendo yo parte de la narración. Así pues, lo definí en un entorno, le puse nombre y le di un trabajo como becario. Seguí escribiéndole. Mantuve un buen ritmo narrativo y de repente, sin esperarlo, carecí de substancia; me detuve abrumado por la duda que le acababa de surgir al personaje.

<< Ésto es insignificante, debo seguir>>. Pero ahora el personaje esperaba detenido ante el momento más importante de su vida. No quiso girar, y las piezas del engranaje narrativo se atascaron. No pude seguir la historia, él me impedía seguir. << ¿A qué esperas? ¡Decídete insecto! Deja que continúe, ¡no eres tan importante!>> Me irrité << ¡Qué necio, no eres más que una hormiga!>>.

Ante mi frustración no hubo más respuesta que materia y espacio. Sabía que no era importante, pero sin él no podía seguir. Seguía detenido. Le esperé, sin tener respuesta alguna. Seguí esperando…

<< Ahora lo entiendo >>. Le otorgué ése minúsculo trozo de responsabilidad. << Ésto depende de él >>. Daba igual lo que hiciera, lo único que debía hacer el personaje era tomar una decisión, yo haría el resto, sin juzgar, tuviera que contar o no con su presencia en la historia.

Ese microsistema parecía empequeñecerse, ahora formando un macrosistema, hasta quedar en un punto azul, grandioso en sí mismo, pero un punto a fin y al cabo.

De nuevo aquel vértigo dentro de mí: me alejaba repentinamente a gran velocidad. Ahora el grandioso punto azul se perdía en la lejanía, y otra vez me encontré envuelto en oscuridad.

Miré de lado a lado: Nada. Sólo 6 paredes me cubrían de negro. Entre tanta soledad, apareció un punto de luz. Cerré los ojos, a lo lejos escuchaba acercarse el murmullo de la gente, la máquina exprés haciendo el café y las tazas apoyándose en el plato. Abrí los ojos y levanté la mirada. Allí estaba yo de nuevo, sentado en la cafetería, con el ordenador delante.

– ¡¿Qué me acaba de pasar?!-.

Me puse los dedos al cuello, el corazón latía a toda prisa. << un ataque de nervios, debe haberme bajado la tensión >>.

Me reincorporé en la silla, respiré hondo y allí lo encontré escrito, un documento a medio terminar: un texto aparecido de la nada, una historia con personajes a medias, que revelaba intenciones, deseos y sueños y con la última palabra escrita en mayúscula: ¿FIN?

Acto IV

No entendí muy bien si lo que acababa de pasar fue real o fruto de mi imaginación, pero en todo caso, en mi experiencia lo fue. Miré la hora en el portátil: las 11:49. Cerré la pantalla. Me levanté de la mesa, cogí el maletín atado a mi muñeca y me dirigí a la puerta. No salí; me quedé pensando con la puerta a medio abrir, me giré para ver la hora: el reloj de pared de la cafetería seguía marcando las 11:49 desde que llegué. << Parece que el tiempo no ha avanzado >> . Volví la mirada al frente, cogí aire profundo, abrí la puerta con una decisión tomada y salí de la cafetería.

Caminé en dirección a la puerta de llegadas de la estación. El encuentro se celebraría a las 12:00. No supe muy bien lo que pasaría, pero finalmente me decidí: yo era la pieza que haría girar el reloj, sin saber por qué, sin saber por quién, sin razón de ciencia ni religión. Ahora no corría, sólo caminaba con dirección: caminar era mi función, como habría hecho una hormiga que cumple un cometido.

El hombre de la barra me vió marchar a lo lejos, haciéndome cada vez más pequeño << ¿o quizás siempre lo fui? >> y lo último que recuerdo de él fue algo que creí haber oído a mis espaldas, sin mucha certeza: “no te preocupes muchacho, alguien leerá tu historia a medias e imaginará el resto por tí en este final abierto, tú sólo continua”.                                                                 

                                                                ¿FIN?

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS