Dicen los antiguos que ningún hombre escapa a su destino.
Que los dioses, cuando quieren probar la fortaleza de un mortal, no lo enfrentan a la fuerza, sino a la obediencia.
Y aquel 29 de marzo de 1981, en Jacarepaguá, los dioses del automovilismo bajaron la mirada, sobre un argentino para medir la fortaleza de su alma.
Sobre el asfalto ondulante de Jacarepaguá, el cielo brasileño amaneció pesado, gris y amenazante. Era el 29 de marzo de 1981 y el mundo aún no sabía que ese día sería señalado para siempre como la jornada en que un argentino, de carácter silencioso, pero temple de acero, se impuso ante la furia del clima y la voluntad de un equipo entero. Ese día, Carlos Reutemann decidió correr contra todos.
Las nubes se abrieron con ganas de intimidar, y la lluvia comenzó a caer con una intensidad capaz de desarmar la fe de cualquier piloto, Pero Lole no era un piloto cualquiera. Su mirada, fría como el hielo mostraba lo que pocos hasta ese entonces comprendían, lo que pocos presentian , así no, otra carrera como la de Long Beach no, si Jones quiere ganar que sea con huevos, íntimamente Lole sabía que esas aguas traían caos… pero también oportunidad.
La carrera comenzó como un combate entre titanes, los grandes. Todos, Patrese, Piquet, Jones, Villeneuve, danzaban al borde del desastre. El agarre era una quimera, la visibilidad un lujo, y cada curva una amenaza de naufragio. Jacarepaguá se había transformado en una trampa mortal. Pero ahí, entre el spray y la incertidumbre, un Williams blanco y verde avanzaba con la serenidad de un barco perfecto en medio del temporal, con el ímpetu de un rompe hielo abriéndose camino entre el caos, firme, preciso.
Reutemann volaba. No manejaba: sentía. Cada corrección con el volante era un poema breve, un trazo firme sobre un lienzo hermoso,cada aceleración a fondo una declaración de guerra a la física, a Jones y a su equipo. Su auto parecía una bailarina de patín artístico, danzaba de un lado a otro con precisión, con determinación pero siempre regresaba sumiso a las manos de su piloto.
Y entonces llegó la encrucijada.
El equipo, desde boxes, levantó el cartel fatídico:
Jones-Reut.
Reutemann debía dejar pasar a su compañero, el campeón del mundo.
La orden era clara. Pero Lole… Lole tenía otros planes.
Carlos relojeó el cartel, tragó saliva, se aferró con más fuerzas al volante de su Williams y negó con la cabeza. ESO SERIA BAJARME LOS PANTALONES decía Y YO LA VERDAD NO ACOSTUMBRO.
En una mezcla feroz de orgullo, justicia deportiva y un deseo íntimo que venía madurando desde hace años, tomó la decisión que marcaría su leyenda: no aflojar.
No levantar.
No entregar aquello que estaba ganando con sangre, sudor y talento puro.
La lluvia lo golpeaba, como si quisiera asustarlo ordenándole que levanté . Pero Reutemann seguía firme. El auto patinaba, mordía, escupía agua… pero siempre volvía, dócil, a su línea perfecta.
La bandera a cuadros cayó finalmente sobre él como una corona.
Había resistido la tormenta.
Había dominado la pista.
Había desobedecido al poder.
Había ganado con una mezcla de valentía y rebeldía que pocas veces se ve en la Fórmula 1 moderna.
Y así, bajo la lluvia torrencial de Brasil, Carlos Reutemann firmó una de las victorias más épicas de la historia del automovilismo argentino. No fue solo una carrera. Fue un acto de carácter. Una rebelión justa. Un rugido silencioso de un piloto que prefería callar, pero que cuando hablaba con el volante, hacía temblar al mundo.
Ese día, la tormenta fue suya.
Ese día, Lole fue eterno.
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