La cercanía de la muerte nos muestra los verdaderos rostros de las personas en vida
Hay quienes atraviesan la tormenta en silencio ajeno, mirando hacia otro lado mientras el mundo del otro se rompe. No sostienen, no nombran, no abrigan, y cuando el cuerpo ya es eco, cuando la despedida se vuelve irreversible, aparecen a gritar un cariño tardío que nunca supieron cuidar en vida.
Nunca miraron el río mientras corría. No preguntaron de dónde venía ni hacia dónde iba. Pero cuando llega al mar, cuando ya no existe regreso posible, se arrodillan en la orilla fingiendo que siempre supieron su nombre.
Ignoraron la llama mientras ardía, la dejaron sola consumiéndose y cuando solo quedan brasas, se acercan a soplar, a fingir calor, como si el fuego pudiera olvidar quién permitió que se apagara.
Jamás regaron el árbol. Nunca cuidaron sus raíces. Pero aparecen cuando ya está seco, abrazando el tronco como si el crujido de la madera rota pudiera confundirse con amor.
Pasan la vida siendo invierno, y cuando el otro se apaga, llegan disfrazados de primavera: flores prestadas, lágrimas tardías, gestos aprendidos demasiado tarde
Cuando el tiempo deja de ser un recurso infinito, las prioridades cambian drásticamente.
Se descubre quién está ahí por deber, quién por interés y quién por un amor incondicional que trasciende la comodidad.
«La muerte no nos hace ni mejores ni peores, simplemente nos quita los disfraces.»
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